Gobierno de la ciudad de Buenos Aires
Hospital Neuropsiquiátrico
"Dr. José Tiburcio Borda"
Laboratorio de Investigaciones Electroneurobiológicas
y
Revista
Electroneurobiología
ISSN: ONLINE 1850-1826 - PRINT 0328-0446


por
Juan Huarte de San Juan
Contacto /
correspondence: Vixit (ca. 1529 – ca. 1588)
con una
Noticia preliminar, por Mariela Szirko
Electroneurobiología 1996; 3 (2), pp. 1-322; URL http://electroneubio.secyt.gov.ar/index2.htm
Copyright © Electroneurobiología 1996. Este trabajo
es un artículo de acceso público; su copia exacta y redistribución por
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Received: June 17, 1996 – Accepted: July 30, 1996
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Noticia preliminar: El organicismo del Examen de ingenios para las
ciencias (que hoy más bien describiríamos como Examinación de talentos para las carreras profesionales), de 1575, con
sus tesis neuropsicológicas y psicofisiológicas sobre el nexo psicofísico y las
relaciones mente-cuerpo, se anticipa a la línea de Locke, Hume, los sensualistas, y frenologistas como el
mismo Gall (quien, como es sabido, reconoce expresamente su deuda con Huarte de
San Juan) en reducir al psiquismo a sus contenidos mentales derivados del
cerebro y presentar a estos contenidos mentales como una serie de módulos
diferenciados, especializados para representar y operar en diferentes dominios
empíricos. No ya, pues, el psiquismo, existencialidad o alma, sino su capacidad
operativa – el ingenio o talento – brinda materia a la obra de Huarte. Y los
talentos o ingenios resultan así modularmente compuestos, lo que hace posible
su variación y les brinda particular ajuste a una u otra carrera profesional: esto
es, a operar especialmente ora sobre uno, ora sobre otro sector de la
experiencia.
Pero cuenta Mario Méndez Bejarano
(1857-1931), en su § IX titulado Los
naturalistas, del Cap. 14 ("El Siglo de Oro") de su Historia de la filosofía en España hasta el
siglo XX (1927), "que no han sido Huarte y el Bachiller Sabuco los
primeros que, adelantándose a la ciencia extranjera, pusieron en el cerebro el
órgano material de la inteligencia, y explicaron la diferencia de ingenios por
la diversidad de temperamentos. Fuentes lo había escrito mucho antes que ellos,
llevándoles de ventaja su más profunda concepción, pues les supera al pensar
que no son las potencias anímicas dependientes del organismo, sino su
ejercicio, adelantándose al célebre símil de Leibniz… con otro más
adecuado." En efecto, como Méndez aclara algo después (p. 241-243), el
sevillano Alonso de Fuentes,
nacido en 1515, en su obra Summa de Philosophia natural impresa en 1545
y traducida al italiano como Le sei giornate, "desenvuelve la
relación de los sentidos con el alma, de la de ésta con el cuerpo y del
entendimiento con la razón, manteniendo estas notables afirmaciones: «Estos
sentidos, señor, son del ánima, porque de derecho debe ella ser salva o
condenada por ellos; pero decimos que son corporales porque obran en el cuerpo»
". Pero la interacción no agota el nexo psicofísico. Respecto a la relación
del cuerpo con el alma, Méndez Bejarano transcribe este diálogo escrito por Alonso de Fuentes:
"VANDALIO
El alma, como dizes, no está sobre el cuerpo puesta, ni menos está mezclada, ni
con el cuerpo compuesta; mas está pinta con él, pero porque preguntáis que
quién lo hace ayuntar y le hace amar al cuerpo, podría dezir que dios, mas
porque me demandáis razón natural, en esto abive el entendimiento, dios ha
puesto tanto amor y concordia en cualquier alma, que cualquier son de vihuela o
de cualquier instrumento por todo extremo le agradan y los ama, y esto es lo
que nos quiso mostrar aquel divino platón cuando dixo que dios hizo ánima de
acordamientos de música.
Y respecto de la del entendimiento con la razón, dice:
ETRUSCO
Ya sé que la opinión nasce del seso
Y que desta opinión la razón nasce;
Mas que el entendimiento, como dixo,
De la razón nasca, no lo sé."
Y agrega Méndez Bejarano:
"Alonso de Fuentes … piensa … que el alma no está puesta sobre el cuerpo,
ni mezclada ni compuesta con él, sino junta, y junta por el amor." Con
platónica accidentalidad, agregaríamos.
Salteemos, en esta breve referencia a algunos naturalistas ibéricos
coetáneos de Huarte, al sensualista
Gómez Pereira (1500 – m. después de 1567; Gómez, tal vez vale la pena aclarar,
es nombre de pila, no patronímico), quien
defendía el automatismo e insensibilidad de los
irracionales – a los que conceptuaba seres que no pasan de máquinas muy bien
montadas: los brutos no sienten ni por sí se mueven – afirmando que el
animal no puede sentir (porque, con criterio sensualista, si sintiese, juzgaría
y si juzgase, raciocinaría, en cuyo caso no sería irracional); y de quien
Menéndez y Pelayo dijera « En Psicología experimental, Gómez Pereira está, a
no dudarlo, más adelantado que la filosofía de su tiempo, más que la del siglo
XVII, más que Bacon, más que Descartes ». Salteemos, también, los ochocientos folios que, en el
intento de reducir psicología a fisiología, defienden la localización cerebral de las facultades
intelectuales en la única obra del bachiller
Miguel Sabuco y Álvarez (1522 - m. circa
1600), cuya escritura revela formado juicio y madura experiencia, y salteemos asimismo su superchería en atribuir
tal obra a una hija de veinticinco años, Oliva Sabuco, atareada esposa casada
desde los dieciocho y tal vez ya madre. En esta misma línea naturalista
leeremos aquí a Juan Huarte de San Juan (circa
1529 – circa 1588), médico y filósofo
de origen navarro, nacido de familia hidalga en San Juan del Pie del Puerto (Saint Jean-Pied-de-Port), villa de la
Baja Navarra, en aquellos tiempos española y actualmente francesa.
Estudió Huarte medicina en la Universidad de Alcalá de Henares (1553-1559)
y antes de 1564 se casó con Águeda de Velasco, con la cual tuvo seis hijos. El
rey Felipe II le nombró médico vitalicio en la ciudad de Baeza en 1566, donde
ejerció su magisterio a partir de 1571 y fue conocido como el doctor San Juan,
mientras vivía en la cercana villa de Linares. Debe su fama al Examen de
ingenios para las ciencias (lo que, como ya se mencionó, hoy quizás diríamos Examinación de talentos para las carreras profesionales), tratado que alcanzó amplia difusión
en Europa y América y se destaca entre las obras precursoras de la ciencia de
la Modernidad – en especial de la neuropsicología – por su actitud científica y
la búsqueda de un método para el examen descriptivo de los fenómenos psíquicos.
Con esta obra Huarte se propuso mejorar la sociedad por medio de una
adecuada educación y aprovechamiento laboral de sus individuos, según sus
aptitudes físicas e intelectuales. A tal fin estudió los diferentes
temperamentos humanos (según la consagrada teoría de los humores) e indicó qué
oficios o estudios cada uno podría desempeñar mejor. Metodológicamente
desarrolló una sistematización enciclopédica y de clasificación de los saberes,
formulando en modo precursor estudios neurobiológicos y líneas luego propias de
la medicina y psicología médica, la psicopatología y la psicología diferencial,
la eugenesia, la psicología general, la psicología del desarrollo, la
psicología educativa y psicopedagogía, la orientación escolar, la selección
profesional y vocacional, la psicología social, la teoría política, la doctrina
del Estado – que habría de organizarse ubicando a cada individuo en base a la
determinación de sus capacidades – y (en una breve sección) hasta de la
grafología. Méndez Bejarano advierte (p. 248) que, en la perspectiva
naturalista de establecer en la materia el principio de toda diversidad de lo
real de modo de sujetar en ello lo psíquico a la materia, Huarte de San Juan
exagera la doctrina hasta dar ciertos consejos a los padres para que los hijos
salgan varones y nazcan ingeniosos.
Aunque Méndez avisa que "En
pos de dos proemios, extensísimo y dividido en dos partes el segundo,
desarrolla su doctrina en diez y ocho capítulos (quince en la primera edición)
y cinco artículos más, empedrando el texto con inagotable copia de sentencias
latinas", la importancia de esta obra para la historia de la medicina y la
psicología es considerada extraordinaria. Tanto, que la psicología española, por especial acuerdo
de los decanos de sus Facultades, erigió en 1983 a Juan Huarte de San Juan como
su patrono, y eligió por fiesta el 23 de febrero, aniversario de la publicación
(ver el pie de imprenta al final) de la primera edición de esta obra.
Es posible ver en el Examen de
ingenios el germen de dos grandes obras de Miguel de Cervantes, El
ingenioso hidalgo Don Quijote
de la Mancha y El licenciado Vidriera; lo de "ingenioso hidalgo" y muchas otras
ideas allí expuestas provienen de los conceptos de Huarte de San Juan. Los cuatro
componentes que pide Sancho al ventero para hacer el "salutísimo bálsamo",
romero, aceite, sal y vino, se corresponden con los cuatro humores que según la
teoría de Hipócrates (460 aC - 377 aC), recogida por Galeno (130 - 216) y que
sobrevivió hasta el mismo siglo XVII, componían la estructura orgánica del ser
humano: la sangre, afín al elemento aire y enlazada al temperamento
sanguíneo; la bilis negra (atrabilis), afín al elemento tierra y enlazada
al temperamento melancólico; la bilis amarilla, afín al fuego y enlazada
al temperamento colérico; y la flema, afín al agua y enlazada al
temperamento flemático; las que expone Huarte. Es notable su influencia en la
elaboración del perfil psicológico que Cervantes hace del ingenioso hidalgo, como lo muestra un acucioso observador positivista, amigo de Simarro,
Lombroso e Ingenieros, el penitenciarista y criminólogo Rafael Salillas y
Panzano (Un gran inspirador de Cervantes:
El doctor Juan Huarte y su Examen de Ingenios, Imp. Eduardo Arias, Lib.
Gral. de V. Suárez, Madrid, 1905), mostrando cómo la obra cervantina integra
literalmente varios fragmentos de Huarte. Como se leerá, Huarte de San Juan
dice ingenioso a alguien “temperamental”, con algo de “ocurrente”
y no lejos de “extravagante”. Esta perspectiva permea toda la fisiología
de Cervantes, eximio nosógrafo, cuyo padre Rodrigo fue cirujano-barbero, su
hermana Andrea ejerció como enfermera, y él mismo fue habilísimo en caracterizar
la enfermedad mental. De ahí que nadie menos que Thomas Sydenham dijera al
poeta Richard Blackmore que, para aprender medicina, leyese el Quijote (Samuel Johnson, Preface a Blackmore). En perspectiva
humoral, se entendía que un individuo estaba sano mientras mantenía el equilibrio
entre los cuatro humores y sus cualidades
primarias; eso aseguraba su buena complexión física. Cuando el equilibrio humoral
se perturbaba, sobrevenía una enfermedad específica. Tal desequilibrio podía
provenir de la forma de vida y el tipo de trabajo, la alimentación sólida o la
bebida, la actividad erótica o intelectual, y daba lugar a sustancias nocivas
llamadas pecantes, que debían eliminarse
para la curación. El tratamiento se basaba en el principio de contraria contrariis, esto es, en la
creencía de que lo contrario remediaba
su opuesto. Cada humor era o bien caliente,
o frío, o húmedo o seco; los médicos pues prescribían medicinas frías para las
enfermedades calientes y remedios secos contra las húmedas. Esta era la fisiología
que la obra de Huarte de San Juan, debido a intuiciones ajenas a ella, ponía en
relación con el psiquismo o, mejor dicho – sin esperar a Locke – ya en relación bastante exclusiva con sus contenidos
mentales.
Su difusión en España fue muy
pronta. Se la tradujo rápidamente al francés, inglés e italiano, con gran éxito
por toda Europa: por ejemplo en francés ya se publicó en 1580 y se ofrecieron
diez reediciones en los primeros cuarenta años, prosiguiendo luego regularmente
otros dos siglos. Aunque en muchos países circuló sin dificultades, su
observación por la Inquisición en Portugal en 1581 y en España en 1583 llevó a
una nueva edición corregida, la de 1594, cuyos elementos se agregan en el texto
que sigue. Los cambios no fueron severos y brindaron publicidad adicional a la
obra en la Península. Substituyóse con los nuevos capítulos I, II y V el viejo
capítulo VII ("Donde se muestra que
aunque el ánima racional ha menester el temperamento de las cuatro calidades
primeras, así para estar en el cuerpo como para discurrir y raciocinar, que no
por eso se infiere que es corruptible y mortal", que se leerá abajo) y
rectificáronse las expresiones sobre la asignación de gracias divinas según las
disposiciones corpóreas y facultades naturales del recipiendario, un retrato
del temperamento de Jesús de Nazaret como sujeto a las leyes naturales, las
condiciones físicas de los milagros, las restricciones que el temperamento
puede imponer al libre arbitrio, y la inteligencia de los brutos, todo lo cual
puede leerse en lo que sigue. De paso, el advertido autor subdividió
convenientemente el capítulo XV en que terminaba la primera edición en los seis
capítulos XVII a XXII de la segunda, y añadió un tercer proemio. Se ha dicho
que venganza y envidia promovieron el cuestionamiento, que a fin de cuentas no
resultó muy dañoso, tras cinco ediciones españolas y la aprobación eclesiástica
que se leerá; pero en realidad existía materia doctrinalmente conflictiva. Ya
las tesis que hacen depender por completo
al talento de la fisiología (complexión humoral y órgano cerebral) parecían
impugnables.
¿Y cuáles son las tesis de Juan
Huarte de San Juan? De este modo las expone Méndez Bejarano (pp. 250-251):
"Comienza por estudiar qué es ingenio y cuántas diferencias se hallan de
él en la especie humana, así como de hombres inhábiles para la ciencia; pondera
el influjo del temperamento; establece las condiciones del cerebro «para que el
ánima racional pueda hacer con él sus razones y silogismos»; añade que las tres
almas (vegetativa, sensitiva y racional) son sabias per se y que las
diferencias de ingenio dependen de tres solas calidades, calor, sequedad y
humedad, sin que por eso se infiera la mortalidad del alma; explica la ciencia
correspondiente a cada ingenio y a cada facultad anímica; y la manera de
engendrar hijos sabios. Declara las señales para conocer el grado de calor y
sequedad de cada hombre, «qué mujer con qué hombre se ha de casar para que
pueda concebir, las diligencias que se han de hacer para que salgan varones y
no hembras», y para que salgan ingeniosos y sabios, así como para conservarles
el ingenio, terminando con ardiente protesta de ortodoxia católica." Señala
Méndez que para Huarte la diferencia y desconcierto entre los juicios que sobre
un tema forman muchas personas proviene, en su sentir, de no hallarse los
cuerpos en una perfecta temperatura, y prosigue:
"La variedad de ingenios «no
nace, pues, del ánima racional, porque en todas las edades es la misma, sin
haber recibido en sus fuerzas y substancia ninguna alteración, sino que en cada
edad tiene el hombre vario temperamento y contraria disposición, por razón de
la cual hace el ánima unas obras en la puericia, otras en la juventud y otras
en la vejez, de donde tomamos argumento evidente, que, pues una misma ánima
hace contrarias obras en un mismo cuerpo, por tener en cada edad distinto
temperamento, que cuando de muchachos, el uno es hábil y el otro necio, que han
de tener cada uno temperamento diferente del otro, al cual por ser principio de
todas las obras del ánima racional, llamaron los Médicos y Filósofos naturaleza, de la cual significación se
verifica propiamente aquella sentencia: Natura facit habilem.». No
exigua porción de las observaciones de Huarte sobre la variedad de ingenios y
estudios que a cada uno convienen, están cimentadas en la conocida obra De
Disciplinis, de Vives. Profesa Huarte con los naturalistas la inferioridad
intelectual de las mujeres e insiste en la tesis «porque las hembras por razón
de la frialdad y humedad de su sexo, no pueden alcanzar ingenio profundo». «Y que según la diferencia de
ingenio que cada uno tiene, se infunda una ciencia y no otra, o más o menos de
cada cual, es cosa que se deja entender en el mismo ejemplo de nuestros
primeros padres; porque llenando Dios a ambos de sabiduría, es conclusión
averiguada que le cupo menos a Eva. Por la cual razón … se atrevió el Demonio a
engañarla; y no osó tentar al varón temiendo su mucha sabiduría. La razón de
esto es (como adelante probaremos) que la compostura natural que la mujer tiene
en el celebro no es capaz de muchos ingenios, ni de mucha sabiduría.»
Este libro … está inspirado en De
Placitis Hippocratis et Platonis, debido al inmortal Claudio Galeno, de
cuyas obras se había hecho ediciones en Venecia desde 1490 y numerosas
versiones latinas en París, Leyden, Londres, Venecia y Basilea antes de la
publicación del Examen de Ingenios. Huarte se presenta como complementador
y perfeccionador del médico y filósofo de Pérgamo que hasta en la Ética hizo
depender las cualidades morales del temperamento y condiciones
fisiológicas."
Un ingrediente platonista
conservado en las doctrinas de Huarte, y que Noam Chomsky ha destacado, es la
semoviencia o potencia creativa y generante, que Chomsky valora como
antecedente de la lingüística cartesiana (Chomsky evalúa como posible que
Descartes hubiera estudiado a Huarte) pero en realidad pone un obstáculo al
mecanicismo. Por cierto el talento o ingenio no puede pasarse sin
innovatividad, sobre todo al suplir creativamente solución para situaciones
inauditas; pero, al parecer, el ilustre profesor de Massachusetts ha leído aquí
demasiado de su propia teoría. Sin duda Huarte – y tampoco Chomsky – no
distingue expresamente entre la autoactividad que pone iniciativas y genera así
series causales realmente nuevas, y la que tan sólo continúa series causales
exteriores. No están precisamente solos en esa confusión: de ordinario
distínguese un coche a caballo de un coche a motor llamando a este último
'automóvil', cuando en realidad es al revés: el único que se mueve a sí mismo
(y tira del coche) es el equino, o bien el conductor humano del mal denominado
'automóvil'. El motor simplemente continúa, mecanicamente, las series causales
que hace millones de años originaron el combustible fósil; y las
existencialidades o psiquismos, que inauguran semovientemente series
causal-eficientes nuevas, se encuentran siempre y únicamente en rupturas de la
eficiencia causal. Pero, siendo esa confusión común, Chomsky cree que Huarte
habla de 'moverse a sí mismo' cuando este en realidad habla de ser movido por
las circunstancias anatómico-temperamentales, tal como el combustible fósil
opera en el automotor.
Huarte de San Juan, pese a su
platonismo, en realidad elude hablar de la voluntad impulsante, en el sentido
de semoviencia o moverse a sí mismo como en Las
Leyes X: Huarte habla notoriamente poco de 'voluntad'. Su descripción pone
en el escenario practicamente tan solo las tres facultades representacionales
del psiquismo: memoria, entendimiento e imaginativa. Estas quedan tras
descartar “por inútil para todas las obras del alma racional” a una cuarta
cualidad galénica (frialdad) que sólo ocasionalmente se había asociado con la
volición. Es como si esta facultad volitiva, al igual que la frialdad entre las
cualidades, constituyeran residuos ininteligibles para su sistema. En la
primera edición la voluntad apenas se menciona, y en la edición expurgada, tal
vez precisamente por eso, se menciona unas cuantas veces más, sin que empero
prime jamás sobre las circunstancias corpóreas y templeanímicas. Para Huarte de
San Juan, digno precursor del cognitivismo, la voluntad no toma iniciativas – y
según su doctrina parece imposible que pudiera hacerlo.
Mariela Szirko

por
Juan Huarte de San Juan

·
Licencia para Castilla, de la
edición de 1575
·
Aprobación del Consejo de Aragón
·
Licencia para Aragón, de la edición
de 1575
·
Aprobación
·
Texto de la portada de 1594
·
Privilegio de la edición de 1594
·
Tasa
· Proemio
· Segundo proemio
· Prosíguese el segundo proemio (1594)
· Capítulo I (1594)
Donde se
declara qué cosa es ingenio y cuántas diferencias se hallan de él en la especie
humana
· Capítulo II (1594)
Donde se
declara las diferencias que hay de hombres inhábiles para las ciencias
· Capítulo I (III de 1594)
Donde se prueba
por un ejemplo que si el muchacho no tiene el ingenio y habilidad que pide la
ciencia que quiere estudiar, por demás es oírla de buenos maestros, tener
muchos libros, ni trabajar en ellos toda la vida
· Capítulo II (IV de 1594)
Donde se
declara que Naturaleza es la que hace al muchacho hábil para aprender
· Capítulo V (1594)
Donde se
declara lo mucho que puede el temperamento para hacer al hombre prudente y de
buenas costumbres
· Capítulo III (VI de 1594)
Donde se
declara qué parte del cuerpo ha de estar bien templada para que el muchacho
tenga habilidad
· Capítulo IV (VII de 1594)
Donde se
muestra que el ánima vegetativa, sensitiva y racional son sabias sin ser
enseñadas de nadie, teniendo el temperamento conveniente que piden sus obras
· Capítulo V (VIII de 1594)
Donde se prueba
que de solas tres calidades, calor, humidad y sequedad, salen todas las
diferencias de ingenios que hay en el hombre
· Capítulo VI (IX de 1594)
Donde se ponen
algunas dudas y argumentos contra la doctrina del capítulo pasado y la
respuesta dellos
· Capítulo VII
Donde se
muestra que aunque el ánima racional ha menester el temperamento de las cuatro
calidades primeras, así para estar en el cuerpo como para discurrir y
raciocinar, que no por eso se infiere que es corruptible y mortal
· Capítulo VIII (X de 1594)
Donde se da a
cada diferencia de ingenio la ciencia que le responde en particular y se le
quita la que es repugnante y contraria
· Capítulo IX (XI de 1594)
Donde se prueba
que la elocuencia y policía en hablar no puede estar en los hombres de grande
entendimiento
· Capítulo X (XII de 1594)
Donde se prueba
que la teórica de la teología pertenece al entendimiento y el predicar, que es
su práctica, a la imaginativa
· Capítulo XI (XIII de 1594)
Donde se prueba
que la teórica de las leyes pertenece a la memoria; y el abogar y juzgar, que
es su práctica, al entendimiento; y el gobernar una república, a la imaginativa
· Capítulo XII (XIV de 1594)
Donde se prueba
que la teórica de la medicina, parte della pertenece a la memoria y parte al
entendimiento, y la práctica, a la imaginativa
· Capítulo XIII (XV de 1594)
Donde se
declara a qué diferencia de habilidad pertenece el arte militar, y con qué
señales se ha de conocer el hombre que alcanzare esta manera de ingenio
· Capítulo XIV (XVI de 1594)
Donde se
declara a qué diferencia de habilidad pertenece el oficio de rey, y qué señales
ha de tener el que tuviere esta manera de ingenio
· Capítulo XV (XVII-XXII de 1594)
Donde se trae
la manera cómo los padres han de engendrar los hijos sabios y del ingenio que
requieren las letras. Es capítulo notable
§
(Parte I) (XVII de 1594)
§
(XVIII de 1594)
Con qué señales
se conoce en qué grado de calor y sequedad está cada hombre
§
(XIX de 1594)
Qué mujer con
qué hombre se ha de casar para que pueda concebir
§
(Parte II) (XX de 1594)
Qué diligencias
se han de hacer para que salgan varones y no hembras
§
(Parte III) (XXI de 1594)
Qué diligencias
se han de hacer para que los hijos salgan ingeniosos y sabios
§
(Parte IV) (XXII de 1594)
Qué diligencias
se han de hacer para conservar el ingenio a los niños después de estar formados
y nacidos
· (Digresión sobre el fuego)
· (Digresión sobre la sal)
· (Digresión sobre el árbol vedado del Paraíso)

Juan Huarte de San Juan

Por cuanto por parte de vos, el
doctor Juan Huarte de San Juan, vecino de la ciudad de Baeza, nos fue fecha
relación diciendo que vos habíades compuesto un libro intitulado Examen de
ingenios para las ciencias, donde se muestra la diferencia de habilidades
que hay en los hombres y el género de letras que a cada uno responden en
particular, suplicándonos lo mandásemos ver y examinar, y daros licencia para
lo poder imprimir, y previlegio por veinte años o como la nuestra merced fuese.
Lo cual visto por los del nuestro Consejo, y como por su mandado se hicieron
las diligencias que la premática por nos nuevamente fecha sobre la impresión de
los libros dispone, y por haceros bien y merced, fue acordado que debíamos
mandar dar esta nuestra cédula en la dicha razón, y nos tuvímoslo por bien. Y
por la presente os damos licencia y facultad para que por tiempo de diez años,
que corran y se cuenten desde el día de la fecha de esta nuestra cédula, vos o
la persona que vuestro poder hobiere, podáis imprimir y vender el dicho libro que
de suso se hace mención. Y por la presente damos licencia y facultad a
cualquier impresor de estos nuestros reinos que vos nombráredes, para que por
esta vez lo puedan imprimir, con que después de impreso, antes que se venda, lo
traigáis al nuestro Consejo juntamente con el original que en él se vio, que va
rubricado y firmado al cabo de Pedro de Mármol, nuestro secretario de Cámara,
de los que en el nuestro Consejo residen, para que se corrija con él, y se tase
al precio que por cada volumen hobiéredes de haber. Y mandamos que, durante el
dicho tiempo, persona alguna sin vuestra licencia no lo pueda imprimir ni
vender, so pena que el que lo imprimiere o vendiere haya perdido y pierda todos
y cualesquier libros y moldes que de él tuviere o vendiere en estos nuestros
reinos, y mandamos a los del nuestro Consejo, presidente y oidores de las
nuestras Audiencias, alcaldes, alguaciles de la nuestra casa, Corte y
cancillería, y a todos los corregidores, asistentes, gobernadores, alcaldes
mayores y ordinarios, y otros jueces y justicias cualesquier, de todas las
ciudades, villas y lugares de los nuestros reinos y señoríos, así a los que
agora son como a los que serán de aquí adelante, que vos guarden y cumplan esta
nuestra cédula y merced que ansí vos hacemos, contra el tenor y forma della, ni
de lo en ella contenido, vos no vayan ni pasen ni consientan ir ni pasar por
alguna manera, so pena de la nuestra merced y de diez mil maravedís para la
nuestra Cámara. Fecha en Madrid. A veinte y cinco días del mes de abril de mil
y quinientos y setenta y cuatro años
Por mandado de su Majestad
Antonio de Eraso
Por orden y mandado de los señores
del Consejo real de la sacra Corona de Aragón, he visto y examinado el libro
intitulado Examen de ingenios para las ciencias, compuesto por el
doctor Juan Huarte navarro, natural de San Juan del Pie del Puerto. Paréceme
obra católica, en que el autor muestra singular ingenio inventivo, y ejercitado
en sutil filosofía natural. Su argumento es exquisito entre todos los que yo he
visto y oído en su género. Y, si se probase, sería sin duda de importante
utilidad a la república. Tengo por provechoso el haberlo reducido a tales
términos, que los ingenios puedan ejercitarse, y descubrir algunos secretos
naturales, de los que el autor ofrece. Paréceme que se le debe dar licencia
para imprimirlo, etc. Esto me parece, debajo de otro mejor juicio a que me
remito. En Madrid, agosto once de 1574 años.
He visto este libro, y su doctrina
toda es católica, sin cosa que sea contraria a la fe de nuestra madre la santa
Iglesia de Roma. Sin esto, es doctrina de grande y nuevo ingenio, fundada y
sacada de la mejor filosofía que puede enseñarse. Toca algunos lugares de
Escritura muy grave y eruditamente declarados. Su principal argumento es tan
necesario de considerar de todos los padres de familia, que si siguiesen lo que
este libro advierte, la Iglesia, la república y las familias ternían singulares
ministros y sujetos ímportantísimos. Esto me parece, salvo mejor juicio.
NOS DON FILIPE, por la gracia de
Dios Rey de Castilla, de Aragón, de las dos Sicilias, de Hierusalem, de
Hungría, de Dalmacia, de Croacia, de León, de Navarra, de Granada, de Toledo,
de Valencia, de Galicia, de las Mallorcas, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba,
de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarbes, de Algecira, de Gibraltar, de
las Islas de Canaria, de las islas Indias, y tierra firme del Mar Océano.
Archiduque de Austria, Duque de Borgoña, de Bravante y de Milán, Conde de
Barcelona, de Flandes y de Tirol, señor de Vizcaya y Molina, Duque de Atenas y
Neopatria, Conde de Rosellón y Cerdania, Marqués de Oristan y Goceano. Por
cuanto por parte de vos, el doctor Juan Huarte de San Juan, del lugar de San
Juan del Pie del Puerto de dicho nuestro Reino de Navarra, nos ha sido fecha
relación diciendo que vos habíades compuesto un libro intitulado Examen de
ingenios para las ciencias, el cual es de mucho provecho, y que lo deseáis
imprimir y llevar a vender los impresos a los reinos y señoríos de nuestra
Corona de Aragón, suplicándonos muy humildemente os mandásemos dar licencia
para ello, por tiempo de diez años, con prohibición que ningún otro lo pueda
hacer, sino vos o la persona que vuestro poder hobiere. E nos teniendo respecto
al fruto y provecho que del dicho libro se puede sacar, y a los gastos y costas
que habéis sostenido y se os ofrecen en hacer la dicha impresión, y que ha sido
visto y reconocido y aprobado por nuestro mandado, habemos tenido por bien
condecender a vuestra suplicación por la manera infraescrita. Por ende con
tenor de las presentes, de nuestra cierta ciencia y Real autoridad, damos
licencia, premiso y facultad a vos, el dicho doctor Juan Huarte, y a la persona
o personas que vuestro poder hobieren, que podáis imprimir, o hacer imprimir,
al impresor o impresores que quisiéredes el dicho libro arriba intitulado, en
cualesquier ciudades, villas y lugares de los dichos nuestros reinos y señoríos
de la Corona de Aragón, y vender en ellos, ansí los impresos fuera como los que
haréis en ellos, prohibiendo según que con las presentes prohibimos y vedamos
que ninguna otra persona lo pueda imprimir, ni hacer imprimir, ni vender, ni
llevar los impresos de otras partes a vender en los dichos reinos y señoríos,
sino vos o quien vuestro poder hobiere, por tiempo de los dichos diez años, que
empiecen a correr desde el día de la data de las presentes en adelante, so pena
de doscientos florines de oro de Aragón y perdimiento de moldes y libros,
divididera en tres partes iguales, una a nuestros reales cofres, otra para vos,
el dicho doctor Huarte, y otra al acusador. Con esto, empero, que los libros
que hiciéredes imprimir, del día presente en adelante, no los podáis vender
hasta que hayáis traído a este nuestro sacro, supremo, Real Consejo, que cabe
nos reside, el libro que nos habéis presentado, y está rubricado, y a la fin de
él firmado de mano de Pedro Franquesa, escribano de mandamiento infrascrito,
juntamente con otro de la nueva impresión, para que se vea y compruebe si la
dicha nueva impresión estará conforme al dicho libro que se nos ha presentado,
y está rubricado por el dicho Pedro Franquesa como arriba se dice. Mandando con
el mismo tenor de las presentes, de la dicha nuestra cierta ciencia y real
autoridad, a cualesquier lugartenientes, capitanes generales, canceller,
vicecanceller, regentes la cancillería, regentes el oficio y portantes veces de
general, gobernador, alguaciles, porteros, vergueros y otros cualesquier
oficiales y ministros nuestros, mayores y menores, en los dichos nuestros
reinos y señoríos de la Corona de Aragón, constituidos y constituideros, y a
sus lugartenientes y regentes los dichos oficios, so incorrimiento de nuestra
ira e indignación, y pena de mil florines de oro de Aragón, de los bienes del
que lo contrario hiciere exigideros, y a nuestros reales cofres aplicaderos,
que la presente nuestra licencia y prohibición, todo lo en ella contenido, os
tengan, guarden y observen tener, guardar y observar, hagan sin contradicción
ni dar lugar ni permitir que sea hecho lo contrario en manera alguna, si
nuestra gracia les es cara, y demás de nuestra ira e indignación en la pena
susodicha desean no incurrir. En testimonio de lo cual, mandamos despachar las
presentes, con nuestro sello real común en el dorso, selladas. Data en la
nuestra villa de Madrid a quince días del mes de agosto. Año del nacimiento de
Nuestro Señor, mil quinientos setenta y cuatro.
Por cuanto por parte de vos, Luis
Huarte de San Juan, hijo legítimo del doctor Juan Huarte de San Juan, natural
de la villa de San Juan del Pie del Puerto (ya difuncto) nos ha sido fecha
relación: que el dicho doctor, vuestro padre, había compuesto y ordenado un
libro intitulado Examen de ingenios, el cual había sido impreso una
vez y visto por el Santo Oficio, y con algunas enmiendas que había hecho había
mandado que anduviese, y al presente no se hallaba ninguno y era pedido de
mucha gente; y por ser libro de mucho ingenio, útil y provechoso a la
república, nos suplicastes os mandásemos dar licencia para le poder imprimir,
atento el mucho trabajo que el dicho vuestro padre había pasado en enmendallo y
ponello en la perfección que ahora le presentábades; y que las enmiendas que
estaban fechas eran conforme al mandato del Catálogo último que los del Consejo
de la Inquisición habían publicado; y porque no teníades otra cosa ni bienes
que os hobiesen quedado del dicho vuestro padre, os diésemos nuestra cédula y
privilegio de prorrogación, de que por nos la primera vez había sido al dicho
vuestro padre concedido, o como la nuestra merced fuese. Lo cual visto por los
del nuestro Consejo, por cuanto en el dicho libro se hicieron las diligencias
que la premática por nos fecha sobre la impresión de los dichos libros dispone,
fue acordado que debíamos de mandar dar esta nuestra cédula para vos en la
dicha razón, e nos tuvímoslo por bien. Por la cual, por os hacer bien y merced,
os damos licencia y facultad para que por tiempo de seis años primeros siguientes,
que corren y se cuentan desde el día de la data desta nuestra cédula, vos o la
persona que vuestro poder hobiere, y no otra alguna, podáis imprimir y vender
el dicho libro intitulado Examen de ingenios, con todas las enmiendas
que en él hay fechas que de suso se hace mención en todos nuestros reinos de
Castilla, por el original que en el nuestro Consejo se ha visto, que va
rubricado y firmado al cabo de Miguel de Ondarza Zavala, nuestro escribano de
Cámara de los que residen en nuestro consejo; con que antes que se venda lo
traigáis ante ellos juntamente con el original, para que se vea si la dicha
impresión está conforme a él, o traigáis fe en pública forma, en cómo por
corrector por vos nombrado se vio y corrigió la dicha impresión por el original.
Y mandamos al impresor que así imprimiere el dicho libro, no imprima el
principio y primer pliego, ni entregue más de solo un libro con el original al
autor o persona a cuya costa se imprimiere, ni otra alguna para efecto de la
dicha corrección y tasa hasta que primero el dicho libro esté corregido y
tasado por los del nuestro Consejo; y estando ansí, y no de otra manera, pueda
imprimir el dicho principio y primer pliego, y en él seguidamente ponga esta
nuestra licencia y privilegio, y la aprobación y tasa, so pena de caer e
incurrir en las penas contenidas en la dicha premática y leyes de nuestros
reinos. Y mandamos que durante el dicho tiempo persona alguna sin vuestra
licencia no lo pueda imprimir ni vender, so pena que el que lo imprimiere haya
perdido y pierda todos y cualesquiera libros, moldes y aparejos que los dichos
libros tuviere, y más incurra en pena de cincuenta mil maravedís por cada vez
que lo contrario hiciere; la cual dicha pena sea la tercia parte para la
nuestra Cámara, y la otra tercia parte para la persona que lo denunciare, y la
otra tercia parte para el juez que lo sentenciare. Y mandamos a los del nuestro
Consejo, presidente y oidores de las nuestras Audiencias, alcaldes, alguaciles
de la nuestra casa y Corte y cancillerías, y a todos los corregidores,
asistentes, gobernadores, alcaldes mayores y ordinarios, y otros jueces y
justicias cualesquier, de todas las ciudades, villas y lugares destos nuestros
reinos y señoríos, así a los que ahora son como a los que serán de aquí
adelante, os guarden y cumplan esta nuestra cédula y merced que ansí vos
hacemos; y contra el tenor y forma della y de lo en ella contenido, no vais ni
paséis ni consintáis ir ni pasar por alguna manera, so pena de la nuestra
merced y de diez mil maravedís para la nuestra Cámara. Fecha en Valladolid. A
seis días del mes de julio de mil y quinientos y noventa y dos años.
Por mandato del rey nuestro señor
Don Luis de Salazar
Yo, Miguel de Ondarza Zavala,
escribano de Cámara del rey nuestro señor, de los que residen en su Consejo,
doy fe que, habiéndose presentado ante los señores del dicho Consejo, por parte
de Juan Andrea Guarnero, vecino de la ciudad de Baeza, un libro intitulado Examen
de ingenios, que con licencia de los señores del dicho Consejo se ha
impreso, le tasaron a tres maravedís cada pliego del dicho libro, y a este
precio y no a más mandaron se venda, y que esta tasa se ponga al fin de cada un
libro. Y para que dello conste, de pedimento de Juan Orozco Carvajal, en nombre
del dicho Juan Andrea Guarnero, di el presente, que es fecho en la villa de
Madrid, a diez y ocho días del mes de julio de mil y quinientos y noventa y
cuatro años, y en fe dello lo firmé de mi nombre. Miguel de Ondarza Zavala.
DE INGENIOS
PARA LAS SCIENClAS
EN EL QVAL EL LECTOR HALLA-
rá la manera de su ingenio, para
escoger la sciencia en que
mas
â de aprouechar. Y la differencia de habi-
lidades
que ay en los hombres: y el gene-
ro
de letras y artes que à cada uno
responde
en particular.
Compuesto
por el Doctor Juan Huarte de
sant
Juan. Agora nueuamente enmenda
do
por el mismo Autor, y añadidas
muchas
cosas curiosas, y
prouechosas.
Dirigido
à la C.R.M. del Rey don Phelippe nuestro
señor.
Cuyo ingenio se declara, exemplificando
las
reglas y preceptos desta
doctrina.
Con
nueuo Previlegio del Rey N.S.
Impresso
en Baeça. En casa de Juan Baptista
de
Montoya. Año de. 1594 .

A la Majestad del rey don Filipe, nuestro señor
Para que las
obras de los artífices tuviesen la perfección que convenía al uso de la
república, me pareció, Católica Real Majestad, que se había de establecer una
ley: que el carpintero no hiciese obra tocante al oficio del labrador, ni el
tejedor del arquitecto, ni el jusrisperito curase, ni el médico abogase; sino
que cada uno ejercitase sola aquel arte para la cual tenía talento natural, y
dejase las demás. Porque, considerando cuán corto y limitado es el ingenio del
hombre para una cosa y no más, tuve siempre entendido que ninguno podía saber
dos artes con perfección sin que en la una faltase. Y, porque no errase en
elegir la que a su natural estaba mejor, había de haber diputados en la
república, hombres de gran prudencia y saber, que en la tierna edad
descubriesen a cada uno su ingenio, haciéndole estudiar por fuerza la ciencia
que le convenía, y no dejarlo a su elección. De lo cual resultaría en vuestros
estados y señoríos haber los mayores artífices del mundo y las obras de mayor
perfección, no más de por juntar el arte con naturaleza.
Esto mesmo quisiera yo que hicieran las Academias de vuestros reinos; que,
pues no consienten que el estudiante pase a otra facultad no estando en la
lengua latina perito, que tuvieran también examinadores para saber si el que
quiere estudiar dialéctica, filosofía, medicina, teología o leyes tiene el
ingenio que cada una de estas ciencias ha menester. Porque si no, fuera del
daño que este tal hará después en la república usando su arte mal sabida, es
lástima ver a un hombre trabajar y quebrarse la cabeza en cosa que es imposible
salir con ella. Por no hacer hoy día esta diligencia, han destruido la
cristiana religión los que no tenían ingenio para teología, y echan a perder la
salud de los hombres los que son inhábiles para medicina, y la jurispericia no
tiene la perfección que pudiera por no saber a qué potencia racional pertenece
el uso y buena interpretación de las leyes.
Todos los filósofos antiguos hallaron por experiencia que donde no hay
naturaleza que disponga al hombre a saber, por demás es trabajar en las reglas
del arte. Pero ninguno ha dicho con distinción ni claridad qué naturaleza es la
que hace al hombre hábil para una ciencia y para otra incapaz, ni cuántas
diferencias de ingenio se hallan en la especie humana, ni qué artes y ciencias
responden a cada uno en particular, ni con qué señales se había de conocer, que
era lo que más importaba. Estas cuatro cosas, aunque parecen imposibles,
contienen la materia sobre que se ha de tratar, fuera de otras muchas que se
tocan al propósito de esta doctrina, con intento que los padres curiosos tengan
arte y manera para descubrir el ingenio a sus hijos, y sepan aplicar a cada uno
la ciencia en que más ha de aprovechar. Que es un aviso que Galeno cuenta
haberle dado un demonio a su padre, al cual le aconsejó, estando durmiendo, que
hiciese estudiar a su hijo medicina, porque para esta ciencia tenía ingenio
único y singular.
De lo cual entenderá vuestra Majestad cuánto importa a la república que
haya en ella esta elección y examen de ingenios para las ciencias; pues de
estudiar Galeno medicina resultó tanta salud a los enfermos de su tiempo, y
para los venideros dejó tantos remedios escritos. Y si como Baldo (aquel
ilustre varón en derecho) estudió medicina y la usó, pasara adelante con ella,
fuera un médico vulgar (como ya realmente lo era por faltarle la diferencia de
ingenio que esta ciencia ha menester) y las leyes perdieran una de las mayores
habilidades de hombre que para su declaración se podía hallar.
Queriendo, pues, reducir a arte esta nueva manera de filosofar, y probarla
en algunos ingenios, luego me ocurrió el de vuestra Majestad por ser más
notorio, de quien todo el mundo se admira viendo un príncipe de tanto saber y
prudencia. Del cual aquí no se puede tratar sin hacer fealdad en la obra. El
penúltimo capítulo es su conveniente lugar, donde vuestra Majestad verá la manera
de su ingenio y el arte y letras con que había de aprovechar a la república si,
como es rey y señor nuestro por naturaleza, fuera un hombre particular. Vale.
Al lector
Cuando Platón
quería enseñar alguna doctrina grave, sutil y apartada de la vulgar opinión,
escogía de sus discípulos los que a él le parecían de más delicado ingenio y a
sólo éstos decía su parecer, sabiendo por experiencia que enseñar cosas
delicadas a hombres de bajo entendimiento era gastar el tiempo en vano y echar
a perder la doctrina.
Lo segundo que hacía, después de la elección, era prevenirlos con algunos
presupuestos claros y verdaderos, y que no estuviesen lejos de la conclusión.
Porque los dichos y sentencias que de improviso se publican contra lo que el
vulgo tiene persuadido no sirven de más, al principio no haciéndose tal
prevención, que alborotar el auditorio y enojarle, de manera que viene a perder
la pía afección y aborrecer la doctrina.
Esta manera de proceder quisiera yo poder guardar contigo, curioso lector,
si hubiera forma para poderte primero tratar y descubrir a mis solas el talento
de tu ingenio; porque, si fuera tal cual convenía a esta doctrina, apartándote
de los ingenios comunes, en secreto te dijera sentencias tan nuevas y
particulares cual jamás pensaste que podían caer en la imaginación de los
hombres.
Pero como no se puede hacer, habiendo de salir en público para todos esta
obra, no es posible dejar de alborotarte. Porque si tu ingenio es de los
comunes y vulgares, bien sé que estás persuadido que el número de las ciencias
y su perfección ha muchos días que por los antiguos está ya cumplido, movido
con una vana razón: que, pues ellos no hallaron más que decir, argumento es que
no hay otra novedad en las cosas. Y si por ventura tienes tal opinión no pases de
aquí, ni leas más adelante; porque te dará pena ver probado cuán miserable
diferencia de ingenio te cupo. Pero si eres discreto, bien compuesto y sufrido,
decirte he tres conclusiones muy verdaderas, aunque por su novedad son dignas
de grande admiración.
La primera es que, de muchas diferencias de ingenio que hay en la especie
humana, sola una te puede, con eminencia, caber; si no es que Naturaleza, como
muy poderosa, al tiempo que te formó echó todo el resto de sus fuerzas en
juntar solas dos, o tres; o, por no poder más, te dejó estulto y privado de
todas.
La segunda, que a cada diferencia de ingenio le responde, en eminencia,
sola una ciencia y no más; de tal condición, que, si no aciertas a elegir la
que responde a tu habilidad natural, ternás de las otras gran remisión, aunque
trabajes días y noches.
La tercera, que después de haber entendido cuál es la ciencia que a tu
ingenio más le responde, te queda otra dificultad mayor por averiguar; y es si
tu habilidad es más acomodada a la práctica que a la teórica, porque estas dos
partes, en cualquier género de letras que sea, son tan opuestas entre sí y
piden tan diferentes ingenios, que la una a la otra se remiten como si fueran
verdaderos contrarios.
Duras sentencias son, yo lo confieso. Pero otra cosa tienen de más
dificultad y aspereza: que de ellas no hay a quien apelar ni poder decir de
agravios. Porque siendo Dios el autor de Naturaleza, y viendo que ésta no da a
cada hombre más que una diferencia de ingenio, como atrás dije, por la
oposición o dificultad que de juntarlas hay, se acomoda con ella; y, de las
ciencias que gratuitamente reparte entre los hombres, por maravilla da más que
una en grado eminente. Divisiones vero gratiarum sunt,
idem autem Spiritus; et divisiones ministrationum sunt, idem autem Dominus, et
divisiones operationum sunt, idem vero Deus qui operatur omnia in omnibus.
Unicuique autem datur ministratio Spiritus ad utilitatem: alii quidem datur per
Spiritum sermo sapientiae, alii autem sermo scientiae secundum eumdem Spiritum;
alteri fides in eodem Spiritu, alii gratia sanitatum in uno Spiritu, alii
operatio virtutum, alii prophetia, alii discretio Spirituum, alii genera
linguarum, alii in interpretatio sermonum. Haec autem omnia operatur unus atque
idem Spiritus dividens singulis prout vult.
Este repartimiento de ciencias yo no dudo sino que le hace Dios teniendo
cuenta con el ingenio y natural disposición de cada uno. Porque los talentos
que repartió por san Mateo, dice el mismo Evangelista que los dio unicuique secundum propiam virtutem. Y pensar que estas
ciencias sobrenaturales no piden ciertas disposiciones en el sujeto antes que
se infunda, es error muy grande.
Porque cuando Dios formó a Adán y a Eva es cierto que, primero que los
llenase de sabiduría, les organizó el celebro de tal manera que la pudiesen
recibir con suavidad y fuese cómodo instrumento para con ella poder discurrir y
raciocinar. Y así lo dice la divina Escritura: ...et cor
dedit illis excogitandi, et disciplina intellectus replevit illos.
Y que, según la diferencia de ingenio que cada uno tiene, se infunda una
ciencia y no otra, o más o menos de cada cual de ellas, es cosa que se deja
entender en el mesmo ejemplo de nuestros primeros padres; porque, llenándolos
Dios a ambos de sabiduría, es conclusión averiguada que le cupo menos a Eva,
por la cual razón dicen los teólogos que se atrevió el demonio a engañarla y no
osó tentar al varón temiendo su mucha sabiduría. La razón de esto es, como
adelante probaremos, que la compostura natural que la mujer tiene en el celebro
no es capaz de mucho ingenio ni de mucha sabiduría.
En las sustancias angélicas hallaremos también la mesma cuenta y razón.
Porque, para dar Dios a un ángel más grados de gloria y más subidos dones, le
da primero más delicada naturaleza, y preguntado a los teólogos de qué sirva
esta naturaleza tan delicada, dicen que el ángel que tiene más subido
entendimiento y mejor natural se convierte con más facilidad a Dios y usa del
don con más eficacia; y que lo mesmo acontece en los hombres.
De aquí se infiere claramente que, pues hay elección de ingenios para las
ciencias sobrenaturales, y que no cualquiera diferencia de habilidad es cómodo
instrumento para ellas, que las letras humanas con más razón la pedirán, pues
las han de aprender los hombres con las fuerzas de su ingenio.
Saber, pues, distinguir y conocer estas diferencias naturales del ingenio
humano, y aplicar con arte a cada una la ciencia en que más ha de aprovechar es
el intento desta mi obra. Si saliere con él como lo tengo propuesto, daremos a
Dios la gloria de ello, pues de su mano viene lo bueno y acertado. Y si no,
bien sabes, discreto lector, que es imposible inventar un arte y poderla
perficionar; porque son tan largas y espaciosas las ciencias humanas, que no
basta la vida de un hombre a hallarlas y darles la perfección que han de tener.
Harto hace el primer inventor en apuntar algunos principios notables, para que
los que después sucedieren, con esta simiente, tengan ocasión de ensanchar el
arte y ponerla en la cuenta y razón que es necesaria.
Aludiendo a esto Aristóteles, dice que los errores de los que primero
comenzaron a filosofar se han de tener en gran veneración; porque, como sea tan
dificultoso el inventar cosas nuevas y tan fácil añadir a lo que ya está dicho
y tratado, las faltas del primero no merecen, por esta razón, por ser muy
reprehendidas, ni al que añade se le debe dar mucha alabanza.
Yo bien confieso que esta mi obra no se puede escapar de algunos errores,
por ser la materia tan delicada y donde no había camino abierto para poderla
tratar. Pero si fueren en materia donde el entendimiento tiene lugar de opinar,
en tal caso te ruego, ingenioso lector, antes que des tu decreto, leas primero
toda la obra y averigües cuál es la manera de tu ingenio; y si en ella hallares
alguna cosa que a tu parecer no esté bien dicha, mira con cuidado las razones
que contra ella más fuerza te hacen, y si no las supieres soltar, torna a leer
el undécimo capítulo, que en él hallarás la respuesta que pueden tener. Vale.
y dase la razón por qué
los hombres son de diferentes pareceres en los juicios que hacen
Una duda me ha
traído fatigado el ingenio muchos días ha, y pensando, curioso lector, que su
respuesta era muy oculta al juicio y sentido de los hombres, lo había siempre
disimulado; hasta que ya, molestado de ocurrirme tantas veces a la imaginación,
propuse en mí de saber su razón natural aunque me costase cualquiera trabajo. Y
es de dónde puede nacer que, siendo todos los hombres de una especie
indivisible y las potencias del ánima racional (memoria, entendimiento y
voluntad) de igual perfección en todos, y, lo que más aumenta la dificultad,
que, siendo el entendimiento potencia espiritual y apartada de los órganos del
cuerpo, con todo eso vemos por experiencia que, si mil hombres se juntan para
juzgar y dar su parecer sobre una mesma dificultad, cada uno hace juicio
diferente y particular, sin concentarse con los demás. Por donde se dijo:
mille hominum species et rerum
discolor usus:
velle
suum cuique est, nec voto vivitur uno.
Ningún filósofo
antiguo ni moderno, que yo haya visto, ha tocado esta dificultad, asombrados, a
mi ver, de su gran oscuridad, aunque todos los veo querellosos del vario juicio
y apetito de los hombres. Por donde me fue forzado echar el discurso a volar y
aprovecharme de la investigación, como en otras dificultades mayores que no han
tenido primer movedor.
Y discurriendo, hallé por mi cuenta que en la compostura particular de los
hombres hay una causa natural que involuntariamente los inclina a diversos pareceres;
y que no es odio, ni pasión, ni ser los hombres detractores y amigos de
contradecir, como piensan los que escriben cartas nuncupatorias a sus
Mecenates, pidiéndoles contra ellos ayuda y favor. Pero cuál fuese esta causa
en particular, y de qué principios puede nacer, aquí estuvo el dolor y trabajo.
Para lo cual es de saber que fue antigua opinión de algunos médicos graves
que todos los hombres que vivimos en regiones destempladas estamos actualmente
enfermos y con alguna lesión, aunque por habernos engendrado y nacido con ella
y no haber gozado de otra mejor templanza, no lo sentimos. Pero advirtiendo en
las obras depravadas que hacen nuestras potencias y en los descontentos que
cada hora pasan por nosotros sin saber de qué ni por qué, hallaremos claramente
que no hay hombre que pueda decir con verdad que está sin achaque ni dolor.
Todos los médicos afirman que la perfecta salud del hombre restriba en una
conmoderación de las cuatro calidades primeras, donde el calor no excede a la
frialdad, ni la humidad a la sequedad, de la cual declinando, es imposible que
pueda hacer tan bien sus obras como antes solía. Y está la razón muy clara:
porque si con la perfecta temperatura hace el hombre sus obras con perfección,
forzosamente con la destemplanza, que es su contrario, las ha de hacer con
alguna falta y lesión. Pero, para conservar aquella perfecta sanidad, es
necesario que los cielos influyan siempre unas mesmas calidades; y que no haya
invierno, estío ni otoño; y que el hombre no discurra por tantas edades; y que
los movimientos del cuerpo y del ánima sean siempre uniformes: el velar y
dormir, las comidas y bebida, todo templado y correspondiente a la conservación
de esta buena temperatura. Todo lo cual es caso imposible, así al arte de
medicina como a Naturaleza.
Sólo Dios lo pudo hacer con Adán, poniéndolo en el Paraíso terrenal y
dándole a comer del árbol de la vida, cuya propriedad era conservar al hombre
en el punto perfecto de sanidad en que fue criado. Pero viviendo los hombres en
regiones destempladas, sujetas a tales mudanzas del aire, al invierno, estío y
otoño, y pasando por tantas edades, cada una de su temperatura, y comiendo unos
manjares fríos y otros calientes, forzosamente se ha de destemplar el hombre y
perder cada hora la buena templanza de las primeras calidades. De lo cual es
evidente argumento ver que todos cuantos hombres se engendran nacen unos
flemáticos y otros sanguinos, unos coléricos y otros melancólicos, y por gran
maravilla uno templado, y a éste no le dura la buena temperatura un momento sin
alterarse.
A estos médicos reprehende Galeno diciendo que hablan con mucho rigor.
Porque la sanidad de los hombres no consiste en un punto indivisible, sino que
tiene anchura y latitud; y que las primeras calidades pueden declinar del
perfecto temperamento sin caer luego en enfermedad. Los flemáticos se apartan
notablemente por frialdad y humidad, y los coléricos por calor y sequedad; y
todos viven sanos y sin achaque ni dolor. Y aunque es verdad que éstos no hacen
tan perfectas obras como los templados, pero pasan con ellas sin notable lesión
y sin llamar al médico que se les corrija; por la cual razón, el arte las
guarda y conserva como disposiciones naturales. Aunque, con esto, confiesa
Galeno que son destemplanzas viciosas y que se han de tratar como si fueran
enfermedades, aplicando a cada una sus calidades contrarias para reducirlas, si
fuese posible, a la perfecta sanidad donde no hay dolores ni achaques. De lo
cual es evidente argumento ver que nunca Naturaleza, con sus irritaciones y apetitos,
trata de conservar al destemplado con causas semejantes, sino siempre procura
reducirle con contrarios, como si estuviese enfermo. Y, así, vemos que el
colérico aborrece el estío y se huelga con el invierno, el vino le abrasa y con
el agua se amansa. Que es lo que dijo Hipócrates: calidae
naturae cui est, aquae potus et refrigeratio.
Pero para el fin que yo pretendo, impertinente es que estas destemplanzas
sean enfermedades, como dijeron aquellos médicos antiguos, o sanidades
imperfectas, como confiesa Galeno, porque de la una y de la otra opinión se
infiere claramente lo que yo quiero probar, y es que, por razón de las
destemplanzas que los hombres padecen, y por no tener entera su composición
natural, están inclinados a gustos y apetitos contrarios, no solamente en la
irascible y concupiscible, pero también en la parte racional. Lo cual se ve
claramente discurriendo por todas las facultades que gobiernan al hombre
destemplado. El que es colérico, según las potencias naturales, desea alimentos
fríos y húmidos; y el flemático, calientes y secos. El colérico, según la
potencia generativa, se pierde por mujeres; y el flemático las aborrece. El
colérico, según la irascible, adora en la honra, en la vanagloria, imperio y
mando, y ser a todos superior; y el flemático estima más hartarse de dormir que
todos los señoríos del mundo. Y donde se echa también de ver los varios
apetitos de los hombres es entre los mesmos coléricos, flemáticos, sanguinos y
melancólicos, por razón de las muchas diferencias que hay de cólera, flema y
melancolía.
Pero, para que más claro se entienda que las varias destemplanzas y
enfermedades que los hombres padecen es la causa total de hacer varios juicios
en lo que toca a la parte racional, será bien poner ejemplo en las potencias
exteriores; porque lo que fuere de ellas, será también de las interiores.
Todos los filósofos naturales convienen en que las potencias con que se ha
de hacer algún conocimiento han de estar sanas y limpias de las calidades del
objeto que han de conocer, so pena que harán juicios varios y todos falsos.
Finjamos, pues, cuatro hombres enfermos en la compostura de la potencia visiva,
y que el uno tenga en el humor cristalino una gota de sangre empapada, y otro
de cólera, y otro de flema, y otro de melancolía. Si a éstos, no sabiendo ellos
de su enfermedad, les pusiésemos delante un pedazo de paño azul para que
juzgasen del color verdadero que tenía, es cierto que el primero diría que era
colorado, y el segundo amarillo, y el tercero blanco, y el cuarto negro. Y todos
lo jurarían, y se reirían unos de otros como que erraban en cosa tan manifiesta
y notoria. Y si estas cuatro gotas de humores las pasásemos a la lengua y les
diésemos a beber un jarro de agua, el uno diría que era dulce, el otro amarga,
el otro salada y el otro aceda.
Veis aquí cuatro juicios diferentes en dos potencias por razón de tener
cada una su enfermedad; y ninguna atinó a la verdad. La mesma razón y
proporción tienen las potencias interiores con sus objetos. Y si no, pasemos
aquellos cuatro humores en mayor cantidad al celebro, de manera que le
inflamen; y veremos mil diferencias de locuras y disparates, por donde se dijo:
cada loco con su tema. Los que no llegan a tanta enfermedad parece que
están en su juicio y que dicen y hacen cosas convenientes; pero realmente
disparan, sino que no se echa de ver por la mansedumbre con que algunos
proceden.
Los médicos de ninguna señal se aprovechan tanto para conocer y entender
si un hombre está sano o enfermo como mirarle a las obras que hace. Si éstas
son buenas y sanas, es cierto que tiene salud; y si lesas y dañadas,
infaliblemente está enfermo. En este argumento se fundó aquel gran filósofo
Demócrito abderita cuando le probó a Hipócrates que el hombre dende que nace
hasta que muere no es otra cosa más que una perpetua enfermedad según las obras
racionales; y, así, le dijo: Totus homo ex nativitate
morbus est: dum educatur, inutilis est et alienum auxlium implorat: dum
crescit, protervus, insipiens, paedagogo opus habens; dum in vigore est, audax
est; dum decrescit, miserabilis, ubi labores suos recolit ac jactat... Ex
maternis enim uteri inquinamentis talis prodiit. De la cual sentencia se
admiró Hipócrates y, pareciéndole que era muy verdadera, se dejó concluir y por
tal la contó a su amigo Damageto. Y tornándolo a visitar (gustando de su
sabiduría) dice que le preguntó la razón y causa de su continua risa (viéndole
reír y burlar de todos los hombres del mundo), a lo cual le respondió la
sentencia que sigue: Numquid universum mundum aegrotare
non animadvertis? Alii canes emunt, alii equos, aliis volunt multis imperare,
nec sibi ipsis imperare possunt; uxores ducunt quas paulo post eiiciunt; amant,
deinde odio habent; cum magna cupiditate liberos generant, deinde adulto
eiicunt. Quae est illa vana ac absurda diligentia, nihil ab insania differens?
Bellum intestinum gerunt quietem non amplectentes; reges deponunt, alios
subrogant; occidunt homines; terram fodientes argentum quaerunt. Y, así,
procedió muy a larga contando los varios apetitos de los hombres y las locuras
que hacen y dicen por razón de estar todos enfermos. Y concluyendo, le dijo que
este mundo no era más que una casa de locos, cuya vida era una comedia graciosa
representada para hacer reír a los hombres; y que ésta era la causa de que se
reía tanto. Lo cual oído por Hipócrates, dijo públicamente a los abderitas: Non insanit Democritus, sed super omnia sapit et nos
sapientiores efficit.
Si los hombres fuéramos todos templados y viviéramos en regiones templadas
y usáramos de alimentos templados, todos (aunque no siempre, pero por la mayor
parte) tuviéramos unos mesmos conceptos, unos mesmos apetitos y antojos; y si
alguno tomara la mano a razonar y dar su parecer en alguna dificultad, todos de
la mesma manera casi a una mano la firmaran de su nombre. Pero viviendo como
vivimos en regiones destempladas y con tantas desórdenes en el comer y beber,
con tantas pasiones y cuidados del ánima y tan continuas alteraciones del
cielo, no es posible dejar de estar enfermos, o por lo menos destemplados. Y
como no enfermamos todos con un mesmo género de enfermedad, no seguimos
comúnmente todos una mesma opinión, ni tenemos comúnmente un mesmo apetito y
antojo, sino cada uno el suyo conforme a la destemplanza que padece.
Con esta filosofía viene muy bien aquella parábola de san Lucas que dice: Homo quidem descendebat ab Ierusalem in Iericho, et incidit in
latrones; qui etiam despoliaverunt eum et, plagis impositis, abierunt semivivo
relicto. La cual declaran algunos autores diciendo que aquel hombre así
llagado representa la naturaleza humana después del pecado; porque antes lo
había Dios criado perfectísimo en la compostura y temperamento que naturalmente
se debía a su especie, y le había dado muchas gracias y dones sobrenaturales
para mayor perfección suya. Especialmente le dio la justicia original, con la
cual alcanzó el hombre toda la salud y concierto que en su compostura se podía
desear; y, así, la llama san Agustín sanitas naturae,
porque de ella resultaba el armonía y concierto del hombre sujetando la porción
inferior a la superior y la superior a Dios. Todo lo cual perdió en el punto
que pecó; porque luego le despojaron de lo gratuito, y en lo natural quedó
herido y llagado. Y si no, miremos a sus descendientes cómo están y qué obras
hacen; y se entenderá claramente que no pueden proceder sino de hombres
enfermos y llagados: a lo menos, de su libre albedrío está determinado que
después del pecado quedó medio muerto y sin las fuerzas que solía tener. Porque
en pecando Adán, luego le echaron del Paraíso terrenal (lugar templadísimo) y
lo privaron del árbol de la vida y de los demás amparos que había para
conservarle su buena compostura. La vida que comenzó a tener fue de mucho
trabajo, durmiendo por los suelos al frío y al sereno y al calor. La región
donde habitaba era destemplada, y las comidas y bebidas, contrarias a su salud.
Él andaría descalzo y mal vestido, sudando y trabajando para ganar de comer,
sin casa ni abrigo, vagando de región en región. Un hombre que se había criado
en tanto contento y regalo con tal vida forzosamente había de enfermar y
destemplarse; y, así, no le quedó órgano ni instrumento corporal que no
estuviese destemplado, sin poder obrar con la suavidad que antes solía. Y con
tal destemplanza conoció a su mujer y engendró tan mal hombre como Caín, de tan
mal ingenio, malicioso, soberbio, duro, áspero, desvergonzado, envidioso,
indevoto y mal acondicionado. Y, así, comenzó a comunicar a sus descendientes
esta mala salud y desorden; porque la enfermedad que tienen los padres al
tiempo del engendrar, esa misma (dicen los médicos) sacan sus hijos después de
nacidos.
Pero una dificultad grande se ofrece en esta doctrina y pide no cualquiera
solución. Y es: si todos los hombres estamos enfermos y destemplados como lo
hemos probado y de cada destemplanza nace juicio particular ¿qué remedio
tenemos para conocer cuál dice la verdad de tantos como opinan? Porque, si
aquellos cuatro hombres erraron en el juicio y conocimiento que hicieron del
paño azul, por tener cada uno su enfermedad particular en la vista, lo mesmo
podría acontecer en otros cuatro si cada uno tuviese su particular destemplanza
en el celebro; y, así, quedaría la verdad ocultada, o ninguno la alcanzaría por
estar todos enfermos y destemplados.
A esto se responde que la sabiduría humana es incierta y caduca por la
razón que hemos dicho. Pero, fuera desto, es de saber que nunca acontece
enfermedad en el hombre que, debilitando una potencia, por razón de ella no se
fortifique la contraria o la que pide contrario temperamento; como si el celebro
templado se destemplase por humidad, es cierto que crecería la memoria y
faltaría el entendimiento, como adelante probaremos; y por sequedad, subiría el
entendimiento y bajaría la memoria. Y, así, en las obras tocantes al
entendimiento, mucho más sabría un hombre de seco celebro, que un muy sano y
templado; y en las obras de la memoria, mucho más alcanza un destemplado por
humidad, que el hombre más templado del mundo. Porque, según la opinión de los
médicos, en muchas obras exceden los destemplados a los templados; por donde
dijo Platón que por maravilla se halla hombre de muy subido ingenio que no
pique algo en manía (que es una destemplanza caliente y seca del celebro).
De manera que hay destemplanza y enfermedad determinada para cierto género
de sabiduría, y repugnante para las demás; y, así, es necesario que el hombre
sepa qué enfermedad es la suya y qué destemplanza, y a qué ciencia responde en
particular (que es el tema de este libro); porque con ésta alcanzará la verdad
y con las demás hará juicios disparados.
Los hombres templados, como adelante probaremos, tienen capacidad para
todas las ciencias con cierta mediocridad sin aventajarse mucho en ellas. Pero
los destemplados, para una y no más; a la cual si se dan con certidumbre, y la
estudian con diligencia y cuidado, harán maravillas en ella; y si la yerran,
sabrán muy poquito en las demás. De lo cual es evidente argumento ver por las
historias que cada ciencia se inventó en la región destemplada que le cupo
acomodada a su invención.
Si Adán y todos sus descendientes vivieran en el Paraíso terrenal, de
ninguna arte mecánica ni ciencia de las que ahora se leen en las escuelas
tuviera necesidad, ni hasta el día de hoy se hubieran inventado ni puesto en
práctica. Porque, andando desnudos y descalzos, no eran necesarios sastres,
calceteros, zapateros, cardadores, tejedores, carpinteros ni domificadores;
porque en el Paraíso terrenal no había de llover, ni correr aires fríos ni
calientes de que se hubieran de guardar. También no hubiera esta teología escolástica
y positiva, a lo menos tan extendida como ahora tenemos; porque no pecando
Adán, no naciera Jesucristo, de cuya encarnación, muerte y vida, y del pecado
original y el reparo que tuvo, está compuesta esta Facultad. Menos hubiera
jurispericia; porque para el justo no son necesarias leyes ni derecho: todas
las cosas fueran comunes y no hubiera mío ni tuyo, que es la ocasión de los
pleitos y del reñir. La medicina fuera ciencia impertinente; porque los hombres
fueran inmortales, no sujetos a corrupción ni alteración que les causara
enfermedad: comieran todos de aquel árbol de la vida cuya propiedad era
repartirles siempre mejor húmido radical que antes tenían.
En pecando Adán, luego tuvieron principio práctico todas las artes y
ciencias que hemos dicho, porque todas fueron menester para remediar su miseria
y necesidad. La primera que comenzó en el Paraíso terrenal fue la jurispericia,
donde se substanció un proceso por el mismo orden judicial que ahora tenemos,
citando la parte, y poniéndole su acusación, y respondiendo el reo, con la
sentencia y condenación del juez. La segunda fue la teología; porque cuando
dijo Dios a la serpiente et ipsa conteret caput tuum,
entendió Adán, como hombre que tenía el entendimiento lleno de ciencias
infusas, que para su remedio el Verbo divino había de encarnar en el vientre
virginal de una mujer, y que ésta con su buen parto había de poner debajo sus
pies al demonio con todo su imperio; en la cual fe y creencia se salvó. Tras la
teología salió luego el arte militar, porque en el camino por donde Adán iba a
comer del árbol de la vida fabricó Dios un presidio, donde puso un querubín
armado para que le impidiese el paso. Tras el arte militar salió luego la
medicina; porque, en pecando Adán, se hizo mortal y corruptible y sujeto a mil
enfermedades y dolores.
Todas estas ciencias y artes tuvieron su principio práctico aquí, y
después se perficionaron y aumentaron cada una en la región destemplada que le
cupo, naciendo en ella hombres de ingenio y habilidad acomodada a su invención.
Y así concluyo, curioso lector, confesando llanamente que yo estoy enfermo y
destemplado (y que tú lo podrás estar también), pues nací en tal región; y que
nos podría acontescer lo mesmo que a aquellos cuatro hombres, que, siendo el
paño azul, el uno juró que era colorado, el otro blanco, el otro amarillo y el
otro negro, y ninguno acertó por la lesión particular que cada uno tenía en su
vista.
Donde se declara qué
cosa es ingenio y cuántas diferencias se hallan de él en la especie humana
Precepto es de
Platón (el cual obliga a todos los que escriben y enseñan) comenzar la doctrina
por la difinición del sujeto cuya naturaleza, diferencia y propiedades queremos
saber y entender. Dase por esta vía gusto al que la ha de aprender, y el que
escribe no se derrama a cuestiones impertinentes, ni deja de tocar aquellas que
son necesarias para que la obra salga con toda la perfección que ha de tener. Y
es la causa que la difinición es un tema tan fecundo y concertado, que apenas
se halla paso ni contemplación en la ciencia ni en el método con que se ha
proceder, que no esté en él apuntado. Por donde es cierto que no se puede bien
proceder en ningún género de sabiduría no comenzando de aquí.
Y pues el sujeto total de esta obra es el ingenio y habilidad de los hombres,
razón será, por lo dicho, que sepamos su difinición y qué es lo que contiene en
su esencia; porque, sabida y entendida como conviene, habremos hallado el
verdadero medio para hacer demostración de esta nueva doctrina.
Y porque el nombre, como dice Platón, est
instrumentum docendi discernendique rerum substantia, es de saber que
este nombre, ingenio, desciende de uno de estos tres verbos latinos: gigno, ingigno, ingenero; y de este último parece que
tiene más clara su descendencia, atento a las muchas letras y sílabas que de él
vemos que toma, y lo que de su significación diremos después.
La razón en que se fundaron los primeros que lo inventaron no debió ser
liviana; porque saber imaginar los nombres con la consonancia y buen sonido que
piden las cosas nuevamente halladas es obra (dice Platón) de hombres heroicos y
de alta consideración. Como pareció en la invención de este nombre, ingenio,
que para descubrirla fue menester una contemplación muy delicada y llena de
filosofía natural. En la cual discurriendo, hallaron que había en el hombre dos
potencias generativas: una común con los brutos animales y plantas, y otra
participante con las sustancias espirituales, Dios y los ángeles. De la primera
no hay que tratar por ser tan manifiesta y notoria; la segunda es la que tiene
alguna dificultad, por no ser sus partos y manera de engendrar al vulgo tan
conocidos.
Pero hablando con los filósofos naturales, ellos bien saben que el
entendimiento es potencia generativa y que se empreña y pare, y que tiene hijos
y nietos, y una partera (dice Platón) que le ayuda a parir. Porque de la manera
que en la primera generación el animal o planta da ser real y sustantífico a su
hijo, no lo tiniendo antes de la generación, así el entendimiento tiene virtud
y fuerzas naturales de producir y parir dentro de sí un hijo, al cual llaman
los filósofos naturales noticia o concepto, que es verbum mentis. Y no sólo es lenguaje y doctrina recebida
de los filósofos naturales decir que el entendimiento es potencia generativa y
llamar hijo a lo que ésta produce; pero aun hablando la Escritura de
la generación del Verbo divino, usa de los mesmos términos de padre y de hijo y
de engendrar y parir: Nondum erant abyssi, et ego iam concepta eram... Et
ante omnes colles, ego parturiebar. Y, así, es cierto que de la fecundidad
del entendimiento del Padre tuvo el Verbo divino su eternal generación: eructavit con meum verbum bonum. Y no sólo él, pero aun
todo lo visible e invisible contenido en el universo, se halló producido por
esta mesma potencia; en tanto que viendo y considerando los filósofos naturales
la gran fecundidad que Dios tenía en su entendimiento, lo llamaron Genio,
que por antonomasia quiere decir el grande engendrador.
El ánima racional y las demás sustancias espirituales, puesto caso que
también se llaman genios por ser fecundas en producir y engendrar conceptos
tocantes a ciencia y sabiduría, pero su entendimiento no tiene en los partos
que hace tanta virtud y fuerzas que les pueda dar ser real y sustantífico fuera
de sí, como en las generaciones que Dios hizo. Sólo llega la fecundidad de
éstas a producir dentro de su memoria un accidente que, cuando va muy bien
engendrado, no es más que una figura y retrato de aquello que queremos saber y
entender; no como la generación del Verbo divino, donde el engendrado salió consubstantialis Patri y las demás cosas que parió
respondieron afuera con el ser real y sustantífico que ahora las vemos. Pero
las generaciones que el hombre hace con su entendimiento, si son de cosas
artificiales, no luego toman el ser que han de tener, antes para sacar perfecta
la idea con que se han de fabricar es menester fingir primero mil rayas en el
aire y componer muchos modelos y últimamente poner las manos para que tomen el
ser que han de tener, y las más veces salen erradas. Lo mesmo acontece en las
demás generaciones que el hombre hace para entender las cosas naturales como
ellas son en sí; donde la imagen que el entendimiento concibe de ellas, por
maravilla sale de la primera contemplación con el vivo que la cosa tiene; y
para pintar una figura tal y tan buena como ella está en su original, es
menester juntar infinitos ingenios y que pasen muchos años, y con todo eso
conciben mil disparates.
Supuesta, pues, esta doctrina, es ahora de saber que las artes y ciencias
que aprenden los hombres son unas imágenes y figuras que los ingenios
engendraron dentro de su memoria, las cuales representan al vivo la natural
compostura que tiene el sujeto cuya es la ciencia que el hombre quiere
aprender: como la medicina no fue más en el entendimiento de Hipócrates y
Galeno que un dibujo que contrahace al natural la compostura verdadera del
hombre, con sus causas y achaques de enfermar y sanar; y la jurispericia es
otra figura, donde está representada la verdadera forma de la justicia con que
se guarda y conserva la policía humana y viven los hombres en paz. Por donde es
cierto que si el que aprende oyendo la doctrina de un buen maestro, no pudiere
pintar en su memoria otra figura tal y tan buena como es la que le van
diciendo, que sin duda es estéril y que no se puede empreñar ni parir, si no
son disparates y monstruos.
Y esto baste en cuanto al nombre ingenio, el cual desciende de
este verbo ingenero, que quiere decir engendrar
dentro de sí una figura entera y verdadera que represente al vivo la naturaleza
del sujeto cuya es la ciencia que se aprende.
Cicerón difinió el ingenio diciendo: docilitas et
memoria quae fere uno ingenii nomine appellantur, en las cuales palabras
siguió la opinión de la gente popular que se contenta con ver sus hijos
disciplinables y con docilidad para ser enseñados de otros, y con memoria que
retenga y guarde las figuras que el entendimiento ha concebido. Al cual
propósito dijo Aristóteles que el oído y la memoria se habían de juntar para
aprovechar en las ciencias.
Pero, realmente, esta definición es muy corta y no comprende todas las
diferencias de ingenio que hay; porque esta palabra, docilitas,
abraza solos aquellos ingenios que tienen necesidad de maestro, y deja fuera
otros muchos cuya fecundidad es tan grande que con sólo el objeto y su
entendimiento, sin ayuda de nadie, paren mil conceptos que jamás se vieron ni
oyeron: cuales fueron aquellos que inventaron las artes. Fuera de esto, mete
Cicerón a la memoria en cuenta de ingenio; de la cual dijo Galeno que carecía
totalmente de invención, que es decir que no puede engendrar nada de sí, antes
su mucha intensión y grandeza (dice Aristóteles) es causa que el entendimiento
sea infecundo y que no se pueda empreñar ni parir. Sólo sirve de guardar y
tener en custodia las formas y figuras que las otras potencias han concebido,
como parece en los hombres de letras muy memoriosos, que cuanto dicen y
escriben todo tiene otro dueño primero.
Verdad es que, bien considerada aquella partícula, docilitas,
hallaremos que dijo bien Cicerón. Porque la prudencia y sabiduría y la verdad
que contienen las ciencias (dice Aristóteles) está sembrada en las cosas
naturales, y en ellas se ha de buscar y hallar como en su verdadero original.
El filósofo natural que piensa ser una proposición verdadera porque la dijo
Aristóteles, sin buscar otra razón, no tiene ingenio. Porque la verdad no está
en la boca del que afirma, sino en la cosa de que se trata, la cual está dando
voces, y grita enseñando al hombre el ser que Naturaleza le dio y el fin para
que fue ordenada, conforme aquello: numquid sapientia non
clamitat et prudentia dat vocem suam? El que tuviere docilidad en el
entendimiento y buen oído para percibir lo que Naturaleza dice y enseña con sus
obras aprenderá mucho en la contemplación de las cosas naturales, el que no,
terná necesidad de preceptor que le avise y le haga considerar lo que los
brutos animales y plantas están voceando. Vade ad
formicam, o piger, et considera vias eius et disce prudentiam; quae cum non
habeat ducem nec praeceptorem, praeparat in aestate, etc.
Platón no cayó en este género de docilidad, ni le pareció que había otros
maestros que pudiesen enseñar al hombre fuera de los que vemos subidos en
cátedra; y, así, dijo: agri vero et arbores nihil me
docere possunt, sed homines qui in urbe versantur. Mejor lo dijo
Salomón, que sabiendo que había este segundo género de docilidad, lo pidió a
Dios para gobernar su pueblo: dabis ergo servo tuo cor
docile, ut populum tuum iudicare possit et discernere inter bonum et malum,
por las cuales palabras no pidió más que lumbre y claridad en el entendimiento
(aunque le dieron más de lo que pidió) para que, proponiéndole delante las
cosas y dudas tocantes a su gobernación, pudiese sacar de la naturaleza de la
cosa el verdadero juicio que había de hacer, sin irlo a buscar a los libros;
como pareció claramente en aquella sentencia que dio en el primer caso de las
meretrices, que cierto la naturaleza de la cosa le enseñó que la verdadera
madre del niño no había de consentir que se partiese.
Este mesmo género de docilidad y claridad del entendimiento dio Cristo a
sus discípulos para entender la Escritura, quitándoles primero la rudeza e
inhabilidad que habían sacado de las manos de Naturaleza conforme aquello: aperuit illis sensum ut intelligerent Scripturas. Y, así,
la Iglesia católica, teniendo entendido lo que importa este género de docilidad
para entender la Escritura, tiene ordenado y mandado que ningún hombre de poco
ingenio, ni viejo, estudie teología: Est enim lex, apud
nos sanctissima, quae in eiusmodi disciplinis solum adolescentes, nec omnes sed
ingeniosos exercet: grandioribus autem natu, ingenioque tardiori, studia haec
interdicit. La mesma sentencia dijo Platón tratando de los ingenios que
habían de estudiar las ciencias divinas: que, por estar las sustancias
separadas tan lejos de los sentidos, convenían buscar ingenios muy claros para
ellas; y, así dijo: Nec solum quaerendi sunt homines
generosi atque terribiles, sed qui, insuper, eas habeant naturae dotes quas
disciplina divina exigit, acumen scilicet facilitatemque ingenii. Y, de
camino, reprehende a Solón porque dijo que allá en la vejez se habían de
aprender estas letras.
Los que alcanzan esta diferencia de habilidad viven, en las ciencias que
tratan, muy descansados; porque no tiene necesidad su entendimiento de memoria
que le guarde las figuras y especies para discurrir con ellas otra vez, antes
las mesmas cosas naturales se las dan todas las veces que las quieren
contemplar; y siendo sobrenaturales, sin especies ni figuras que hayan pasado
por los sentidos, las entienden. Por donde dijo Platón: Rerum
autem maximarum pretiosissimarumque nulla est imago quae manifeste ad hominum
sensum captumque affecta sit; incorporea namque, cum maxima et pulcherrima
sint, ratione sola, alio vero nullo, perspicue declarantur. Y, así, dice
que para las ciencias divinas son menester mayores ingenios que para las demás,
porque no se aprovechan del sentido. Por donde es muy cierto que aquel dicho
tan celebrado de Aristóteles, nihil est in intellectu quin
prius fuerit in sensu, no tiene lugar en este segundo género de
docilidad, sino en el primero, cuya habilidad no se extiende a más de aprender
y retener en la memoria lo que el maestro dice y enseña.
De lo cual se colige claramente cuán mal se hace en nuestros tiempos con
la teología; pues sin hacer la elección que la Iglesia católica manda, entran a
estudiarla muchos que Naturaleza los ordenó para cavar y arar.
A estos dos géneros de docilidad responden dos diferencias de ingenio. La
una es de quien dijo Aristóteles: bonum ingenium est illud
quod bene dicenti obedit; como si dijera: «aquél es buen ingenio que
obedece al que bien dice». Porque el hombre que no se convence oyendo buenos
discursos y razones, ni puede formar en su memoria aquella figura que le van
proponiendo, es señal que su entendimiento es infecundo.
Verdad es que en esto hay una cosa que considerar; y es que hay muchos
discípulos que aprenden con gran facilidad todo lo que el maestro les dice y
enseña, y lo retienen y guardan en la memoria, sin ninguna contradicción; lo
cual puede acontecer por una de dos razones:
O porque el maestro es tal y tan bueno como lo pintó Aristóteles diciendo:
oportet sapientem non solum ea quae ex principiis sunt
cognoscere, sed etiam circa principia ipsa verum dicere. Los discípulos
que a este tal maestro obedecieren es cierto que tienen buen ingenio; y mucho
más lo descubren cuando oyen la doctrina de maestro que la enseña sin hacer la
trabazón y consonancia en las sentencias y conclusiones que piden los
principios sobre que está fundada. En no llevando al buen ingenio por este
camino derecho, luego se le ofrecen mil dificultades y argumentos, porque lo
que oye de tal maestro no le hace la figura y buena correspondencia que piden
los verdaderos principios de la doctrina; y, así, trae siempre el entendimiento
inquieto y desasosegado por falta del que le enseña. Otros ingenios hay rudos y
torpes, que, viendo que los muy ingeniosos son tenidos en mucho por las
dificultades y argumentos que ponen al maestro, en saliendo de lección (a
imitación suya) procuran molestar con grandes impertinencias al que los enseña,
sin dar razón de su dificultad; y por esta vía descubren más presto su
inhabilidad que si callasen. Por éstos dijo Platón que eran los que no tienen
ingenio para confutar. Pero el que le tiene agudo y delicado no ha de creer
nada al maestro, ni recibirle cosa que no venga bien con la doctrina. Y otros
callan y obedecen al maestro sin ninguna contradicción, porque su entendimiento
no siente la falsedad y disonancia que hace lo que enseña con los principios de
atrás.
La segunda diferencia de ingenio difinió Aristóteles diciendo: optimum ingenium est illud quod omnia per se intelligit
La cual diferencia tiene la mesma proporción con las cosas que ha de saber y
entender que la vista corporal con las figuras y colores. Si ésta es pura y muy
delicada, en abriendo el hombre los ojos dice cada cosa lo que es y atina el
lugar donde está y la diferencia que una hace a otra sin que nadie se lo avise.
Pero si es turbia y muy corta, aun las cosas muy claras y patentes, teniéndolas
delante de sí, no las puede percibir sin tercero que se lo diga. El hombre
ingenioso, puesto en consideración, que es abrir los ojos del entendimiento,
con livianos discursos entiende el ser de las cosas naturales, sus diferencias
y propiedades, y el fin para que fueron ordenadas. Pero, si no tiene este
género de habilidad, es necesario que intervenga la diligencia del maestro, y
en muchos no basta.
Esta diferencia de ingenio no admite la gente popular, ni le parece que es
posible. Y no va muy fuera de camino; porque, como dijo Aristóteles, nemo est natura sapiens; como si dijera: «ninguno nació
enseñado ni hay en los hombres sabiduría natural». Antes vemos por experiencia
que todos cuantos aprenden letras y las han aprendido hasta el día de hoy
tuvieron necesidad de maestro y preceptor que los enseñase. Pródico fue maestro
de Sócrates, de quien dijo el oráculo de Apolo que era el hombre más sabio del
mundo; Sócrates enseñó a Platón, cuyo ingenio fue tal, que mereció por renombre
el divino; Platón fue maestro de Aristóteles, de quien dijo Cicerón: Aristóteles
longe omnibus praestans ingenio; y si en algunos se
había de hallar esta diferencia de ingenio era en estos ilustres varones. Y pues
ninguno de ellos la alcanzó, argumento es que Naturaleza no la puede hacer.
Sólo Adán (dicen los teólogos) nació enseñado y con todas las ciencias infusas,
y él es el que las enseñó a sus descendientes. Por donde tienen por cierto que
no hay dicho ni sentencia, en ningún género de sabiduría, que no la haya dicho
otro primero, conforme aquello: nihil dictum quod non sit
dictum prius.
A esto se responde que Aristóteles difinió el ingenio perfecto, tal cual
había de ser, aunque bien sabía que no se podía hallar; como lo hizo Cicerón
cuando pintó un perfecto orador, del cual dijo que era imposible hallarse, pero
tanto ternía el hombre de perfecto orador, cuanto más se allegare a esta
pintura. Lo mesmo pasa en esta diferencia de ingenio, que, aunque no se puede
alcanzar tan perfecta como Aristóteles la imaginó, pero muchos hombres han
nacido que llegaron muy cerca de ella, inventando y diciendo lo que jamás
oyeron a sus maestros ni a otro ninguno; y muchas cosas que les enseñaron
falsas las supieron entender y confutar; y otras verdaderas que les mostraron,
se las alcanzaran ellos por sí, venidos al vigor de su habilidad. A lo menos,
Galeno cuenta de sí que alcanzó esta diferencia de ingenio, diciendo: siquidem ipse ea per me ipsum omnia investigavi, ratione ipsa
viam monstrante; quando si praeceptores secutus fuissem, multos errores
fecissem. Y si como Naturaleza les dio el ingenio con principio,
aumento, estado y declinación, se lo diera todo junto de repente, aconteciera
lo que dijo Aristóteles; pero como se lo dio tan poco a poco, tuvo necesidad
Platón y Aristóteles, de maestro que los industriase.
Otra tercera diferencia de ingenio se halla, no muy diferente de la
pasada, con la cual dicen los que la alcanzan (sin arte ni estudio) cosas tan
delicadas, tan verdaderas y prodigiosas, que jamás se vieron, ni oyeron, ni
escribieron, ni para siempre vinieron en consideración de los hombres. Llámala
Platón ingenium excellens cum mania. Con ésta
hablan los poetas dichos y sentencias tan levantados, que, si no es por divina
revelación (dice Platón), no es posible alcanzarse; y, así, dijo: res enim levis, volatilis atque sacra poeta est; nec canere
prius potest quam Deo plenus et extra se positus et a mente alienatus sit; nam
quamdiu mente quis valet, nec fingere carmina nec dare oracula quaquam potest;
non arte igitur aliqua haec praeclara canunt quae tu de Homero refers, sed arte
divina.
Esta tercera diferencia de ingenio que añade Platón realmente se halla en
los hombres, y yo como testigo de vista lo puedo testificar y aun señalar
algunos con el dedo si fuere menester. Pero decir que sus dichos y sentencias
son revelaciones divinas, y no particular naturaleza, es error claro y
manifiesto; y no le está bien a un filósofo tan grave como Platón ocurrir a las
causas universales sin buscar primero las particulares con mucha diligencia y
cuidado.
Mejor lo hizo Aristóteles; pues, buscando la razón y causa de hablar las
Sibilas de su tiempo cosas tan espantables, dijo: id non
morbo nec divino spiraculo, sed naturali intemperie accidit. La razón de
esto está muy clara en filosofía natural. Porque todas las facultades que
gobiernan al hombre (naturales, vitales, animales y racionales) cada una pide
particular temperamento para hacer sus obras como conviene sin hacer perjuicio
a las demás. La virtud natural que cuece los manjares en el estómago pide
calor; la que apetece, frialdad; la que retiene, sequedad; la que expele,
humidad. Cualquiera de estas facultades que tomare más grados de aquella
calidad con que obra, se hará más robusta y fuerte hasta cierto punto, pero las
demás, lo han de pagar; porque parece cosa imposible que estando todas cuatro
virtudes juntas en un mesmo lugar, que crezca la que pide calor y que no se
enflaquezca la que obra con frialdad; y, así, dijo Galeno que el estómago
caliente cuece mucho apetece mal, y el frío cuece mal y apetece mucho.
Lo mesmo pasa en el sentido y movimiento, que son obras de la facultad
animal. Las muchas fuerzas corporales arguyen mucha tierra en los nervios y
músculos, porque sin dureza y sequedad no pueden obrar con firmeza. Por lo
contrario, tener buen sentido y vivo tacto es indicio que los nervios están
compuestos de partes aéreas, sutiles y muy delicadas, y que su temperamento es
caliente y húmido. Pues ¿cómo es posible que en un mesmo nervio suba el
temperamento y compostura natural que piden las fuerzas corporales y que no se
altere la perfección del tacto, siendo calidades contrarias? Lo cual se ve
claramente por experiencia: que siendo un hombre robusto y de muchas fuerzas corporales,
luego es torpe en el tacto; y en tiniendo muy vivo tacto, es muy flojo en las
fuerzas corporales.
La mesma cuenta y razón llevan las potencias racionales, memoria,
imaginativa y entendimiento. La memoria, para ser buena y firme (como adelante
probaremos), pide humidad y que el celebro sea de gruesa sustancia; por lo
contrario, el entendimiento, que el celebro sea seco y compuesto de partes
sutiles y muy delicadas. Subiendo, pues, de punto la memoria, forzosamente ha
de bajar el entendimiento; y si no, discurra el curioso lector y dé una vuelta
por los hombres que él ha visto y conocido de memoria muy excesiva y hallará
que en las obras que pertenecen al entendimiento son casi furiosos. Lo mesmo
pasa en la imaginativa cuando sube de punto: que, en las obras que son de su
jurisdicción, engendra conceptos espantosos, cuales fueron aquellos que
admiraron a Platón, y cuando el hombre viene a obrar con el entendimiento, lo
pueden atar.
De aquí se entiende claramente que la sabiduría humana ha de ser con moderación
y templanza, y no con tanta desigualdad. Y, así, Galeno tiene por hombres
prudentísimos a los templados, porque sapiunt ad
sobrietatem. Demócrito abderita fue uno de los mayores filósofos
naturales y morales que hubo en su tiempo, aunque Platón dice que supo más de
lo natural que de lo divino; el cual vino a tanta pujanza de entendimiento allá
en la vejez, que se le perdió la imaginativa, por la cual razón comenzó a hacer
y decir dichos y sentencias tan fuera de términos, que toda la ciudad de Abderas
le tuvo por loco. Para cuyo remedio despacharon apriesa un correo a la isla de
Coy, donde Hipócrates habitaba, pidiéndole con gran instancia, y ofreciéndole
muchos dones, viniese con gran brevedad a curar a Demócrito, que había perdido
el juicio. Lo cual hizo Hipócrates de muy buena gana, porque tenía deseo de ver
y comunicar un hombre de cuya sabiduría tantas grandezas se contaban. Y, así,
se partió luego; y llegando al lugar donde habitaba, que era un yermo debajo de
un plátano, comenzó a razonar con él. Y haciéndole las preguntas que convenían
para descubrir la falta que tenía en la parte racional, halló que era el hombre
más sabio que había en el mundo.
Y, así, dijo a los que lo habían traído que ellos eran los locos y
desatinados, pues tal juicio habían hecho de un hombre tan prudente. Y fue la
ventura de Demócrito que todo cuanto razonó con Hipócrates en aquel breve
tiempo fueron discursos del entendimiento y no de la imaginativa, donde tenía
la lesión.
Donde se declara las
diferencias que hay de hombres inhábiles para las ciencias
Una de las
mayores injurias que al hombre le pueden hacer de palabra, estando ya en edad
de discreción (dice Aristóteles), es llamarle falto de ingenio. Porque toda su
honra y nobleza (dice Cicerón) es tener ingenio y ser bien hablado: ut hominis decus est ingenium, sic ingenii lumen est eloquentia.
En sólo esto se diferencia de los brutos animales y tiene semejanza con Dios,
que es la mayor grandeza que en su naturaleza pudo alcanzar. Por lo contrario,
el que partió sin ingenio, ningún género de letras puede aprender; y donde no
hay sabiduría (dice Platón) no puede haber felicidad ni honra que sea
verdadera; antes dice el Sabio: stultus natus est in
ignominiam suam; porque forzosamente se ha de contar en el número de los
brutos animales y estimarse por tal, puesto caso que en los demás bienes, así
naturales como de fortuna, sea hermoso, gentil hombre, rico, bien nacido, y en
dignidad rey o emperador.
Esto se deja entender claramente considerando el estado tan feliz y
honroso que el primer hombre tenía antes que perdiese el ingenio con que fue
criado, y cuál quedó después sin sabiduría: Homo cum in
honore esset, non intellexit: comparatus est iumentis insipientibus, et similis
factus est illis. Y es de advertir que no se contentó la Escritura
divina con apodarle a los brutos animales de cualquiera manera, sino a los
insipientes; acordándose que en otra parte había loado la prudencia y saber de
la serpiente y hormiga, con los cuales, aunque brutos, no tiene que ver el hombre
sin ingenio.
Atento, pues, a esta injuria tan grande y al sentimiento que el hombre
hace cuando oye tal palabra, dijo el texto divino: qui
dixerit fratri suo raca, reus erit concilio; qui vero dixerit, fatue, reus erit
gehennae ignis; como si dijera: «el que con ira dijere a su prójimo raca
(que quiere decir hombre falto de ingenio) será digno de concilio, pero si le
dijere tonto merecerá fuego eterno». Esta obra, cierto, ha sido hasta
aquí digna de juicio y de concilio, y que haya andado por tantos tribunales
examinada y requerida, porque (fuera de otras muchas razones) en alguna manera
se ha dicho en ella al prójimo raca, aunque no con ira ni con ánimo de
injuriarle. Al que tenía grande entendimiento le quitó la memoria; al de grande
memoria, el entendimiento; al de mucha imaginativa, el entendimiento y memoria;
al gran predicador, lo escolástico; al grande escolástico, el púlpito; al positivo,
dijo que su facultad pertenecía a la memoria (de lo cual se sintió
grandemente); al grande abogado, que no podía saber gobernar; todo esto, por la
mayor parte. Pero, porque a ninguno ha dicho fatue, no ha sido digna
del fuego.
Ahora soy informado que algunos han leído y releído muchas veces esta obra
buscando el capítulo propio de su ingenio y el género de letras en que más
habían de aprovechar; y no lo hallando, redarguyeron el título de este libro de
falso, y que el autor prometía en él vanamente lo que no pudo cumplir. Y no
contentos con esto, dijeron otras muchas injurias, como si yo estuviera
obligado a dar ingenio y capítulo en esta obra a quien Dios y Naturaleza se lo
quitó.
Dos preceptos pone el Sabio muy justos y racionales, y por la mesma causa
nos obliga a los guardar. El primero es: Non respondeas
stulto iuxta stultitiam suam, ne efficiaris ei similis; como si dijera:
«no respondas a las injurias que el necio te hiciere, porque te harás semejante
a él». El segundo: Responde stulto iuxta stultitiam suam,
ne sibi sapiens esse videatur; como si dijera: «responde al necio
conforme a su necedad, porque no se tenga por sabio», y no por injuriarlo, sino
que no hay cosa más perjudicial en la república que un necio con opinión de
sabio, mayormente si tiene algún mando y gobierno.
Y por lo que toca a este examen de ingenios que vamos tratando es cierto
que las letras y sabidurías, tanto cuanto facilitan al hombre ingenioso para
discurrir y filosofar, tanto y mucho más entorpecen al nescio: compedes in pedibus stulto doctrina, et quasi vincula manuum
super manum dexteram. Mucho mejor pasa el hombre inhábil sin letras que
con ellas; porque, no estando obligado a saber, con poco discurso vive entre
los hombres. Y que el arte y letras sean grillos y cadenas para atar los
nescios, y no para facilitarlos, es cosa muy manifiesta en los que estudian en
las Universidades, entre los cuales hallaremos algunos que el primer año saben
más que el segundo, y el segundo más que el tercero; de los cuales se suele
decir que el primer año son doctores, y el segundo licenciados, y el tercero
bachilleres, y el cuarto no saben nada. Y es la causa, como dijo el Sabio, que
los preceptos y reglas de las artes son esposas y cadenas para el que no tiene
ingenio.
Por tanto, sabiendo que muchos inhábiles han leído y leerán esta obra con
intento de buscar el ingenio y habilidad que les cupo, me pareció (para cumplir
con el precepto del Sabio) que era bien declarar aquí las diferencias de
inhabilidad que hay en los hombres para las letras, y con qué indicios se
podrán conocer; para que, venidos a buscar la manera de su ingenio, topen
claramente con las señales de su inhabilidad. Que es por lo que dijo el Sabio: responde stulto; porque, despedidos de las letras, por
ventura buscarán otra manera de vivir más acomodada a su ingenio, atento que no
hay hombre en el mundo, por rudo que sea, a quien no le diese Naturaleza alguna
habilidad para algo.
Venidos, pues, al punto, es de saber que a las tres diferencias de ingenio
que pusimos en el capítulo pasado, responden otros tres géneros de inhabilidad.
Unos hombres hay cuya ánima está tan sepultada en las calidades materiales del
cuerpo y tan asida de las causas, que echan a perder la parte racional, que
para siempre quedan privados de poder engendrar ni parir conceptos tocantes a
letras y sabiduría. La inhabilidad de éstos responde totalmente a los capados;
porque, así como hay hombres impotentes para engendrar por faltarles los
instrumentos de la generación, así hay entendimientos capados y eunucos, fríos
y maleficiados, sin fuerzas ni calor natural para engendrar algún concepto de
sabiduría. Estos no pueden atinar a ciertos principios que presuponen todas las
artes en el ingenio del que aprende antes que se comience la disciplina, de los
cuales no hay otra prueba ni demostración más que recebirlos el ingenio por
cosa notoria; y si la figura de éstos no la pueden formar dentro de sí, es la
suma estulticia que para las ciencias se puede hallar, porque impide totalmente
la entrada por donde se han de enseñar. Con éstos no hay que tratar ni
quebrarse la cabeza en enseñarlos, porque no bastan golpes, castigo, voces,
arte de enseñar, disciplina, ejemplos, tiempo, experiencia, ni otros cualquiera
despertadores, para meterlos en acuerdo y hacerlos engendrar. Estos difieren
muy poco de los brutos animales y están siempre durmiendo aunque los vemos
velar; y, así, dijo el Sabio: cum dormiente loquitur qui
enarrat stulto sapientiam. Y es la comparación muy delicada y a
propósito, porque el sueño y la necedad ambos nacen de un mesmo principio, que
es la mucha frialdad y humidad del celebro.
Otro segundo género de inhabilidad se halla en los hombres, no de tanta
torpeza como el pasado, porque conciben la figura de los primeros principios y
de ellos sacan algunas conclusiones, aunque pocas y con mucho trabajo; pero no
les dura la figura más tiempo en la memoria de cuanto los maestros se la están
pintando y diciendo con muchos ejemplos y maneras de enseñar acomodadas a su
rudeza. Son como algunas mujeres que se empreñan y paren; pero, en naciendo la
criatura, luego se les muere. Estos tienen el celebro muy aguanoso, por donde las
figuras no hallan pringue ni lentor aceitoso en que trabarse. Y, así, enseñar a
éstos no es más que coger agua en cesto: cor fatui tanquam
vas confractum, et omnem sapientiam non tenebit.
Otra tercera diferencia de inhabilidad se halla muy ordinaria entre los
hombres que aprenden letras, que participa algo de ingenio. Porque concibe
dentro de sí la figura de los primeros principios y de ellos saca muchas
conclusiones, y las retiene y guarda en la memoria; pero, al tiempo de poner
cada cosa en su asiento y lugar, hace mil disparates. Es como la mujer que se
empreña y pare un hijo a luz la cabeza donde han de estar los pies y los ojos
en el colodrillo. Hácese en este tercer género de inhabilidad una maraña y
confusión de figuras en la memoria tan grande, que al tiempo que el hombre
quiere darse a entender no le bastan infinitas maneras de hablar para recitar
lo que ha concebido, porque no fue otra cosa más que infinitos conceptos todos
sueltos y sin la trabazón que han de tener. Éstos son los que en las Escuelas
llaman confusos, cuyo celebro es desigual, así en la sustancia como en el
temperamento: por unas partes es sutil y por otras grueso y destemplado; y por
ser heterogéneos, en un momento hablan cosas de ingenio y habilidad, y en otro
dicen mil disparates. Por éstos, se dijo: tamquam domus
exterminata sic fatuo sapientia, et scientia insensati inenarrabilia verba.
Otra cuarta diferencia de inhabilidad he considerado entre los hombres de
letras, que ni estoy bien de llamarla inhabilidad, ni menos ingenio. Porque los
veo que conciben la doctrina y la retienen con firmeza en la memoria, y
asientan la figura con la correspondencia de partes que ha de tener, y hablan y
obran muy bien cuando es menester; y pidiéndoles el propter
quid de aquello que saben y entienden, descubren claramente que sus
letras no son más que una aprehensión de solos los términos y sentencias que
contiene la doctrina, sin entender ni saber el por qué y cómo es así. De éstos,
dijo Aristóteles que son sicut quaedam inanimantia:
faciunt quidem sed nescientia faciunt ea quae faciunt, ut ignis comburit; sed
inanimata natura quadam horum singula faciunt. Como si dijera: «hay unos
hombres que hablan por instinto natural como brutos animales, y dicen más de lo
que saben y entienden a manera de agentes inanimados, los cuales obran muy bien
sin entender los efectos que producen, como el fuego cuando quema; y es la
causa que los guía Naturaleza, y así no pueden errar».
Y pudiera Aristóteles compararlos con algunos brutos animales en quien
vemos y consideramos muchas obras hechas con discreción y prudencia; y
pareciéndole a Aristóteles que en alguna manera tienen conocimiento de lo que
hacen, se pasó a los agentes inanimados. Porque para él no son sabios ni tienen
ingenio los que obran, aunque sea muy bien, si no saben reducir el efecto hasta
la última causa. Esta diferencia de inhabilidad, o de ingenio, quedara muy bien
probada si, como yo la he visto y conocido muchas veces, la pudiera señalar con
el dedo sin ofender a su dueño.
Donde se prueba por un
ejemplo que si el muchacho no tiene el ingenio y habilidad que pide la ciencia
que quiere estudiar, por demás es oírla de buenos maestros, tener muchos
libros, ni trabajar en ellos toda la vida
Bien pensaba
Cicerón que para que su hijo Marco saliese, en aquel género de letras que había
escogido, tal cual él deseaba, que bastaba enviarle a un Estudio tan famoso y
celebrado por el mundo como el de Atenas, y que tuviese por maestro a Cratipo,
el mayor filósofo de aquellos tiempo, y tenerle en una ciudad tan populosa,
donde, por el gran concurso de gentes que allí acudían, necesariamente habría
muchos ejemplos y casos extraños que le enseñasen por experiencia cosas
tocantes a las letras que aprendía.
Pero con todas estas diligencias y otras muchas más que como buen padre
haría (comprándole libros y escribiéndole otros de su propia invención) cuentan
los historiadores que salió un gran nescio, con poca elocuencia y menos
filosofía. Cosa muy usada entre los hombres, pagar el hijo la mucha sabiduría del
padre.
Realmente debió de imaginar Cicerón que, aunque su hijo no hubiera sacado
de las manos de la naturaleza el ingenio y habilidad que la elocuencia y
filosofía pedían, que con la buena industria de tal maestro y los muchos libros
y ejemplos de Atenas, y el continuo trabajar del mozo y esperar en el tiempo,
se enmendarían las faltas de su entendimiento. Pero, en fin, vemos que se
engañó; de lo cual no me maravillo, porque tuvo muchos ejemplos a este
propósito que le animaron a pensar que lo mesmo podría acontecer en su hijo. Y,
así, cuenta el mesmo Cicerón que Jenócrates era de ingenio muy rudo para el
estudio de la filosofía natural y moral (de quien dijo Platón que tenía un
discípulo que había menester espuelas), y con la buena industria de tal maestro
y con el continuo trabajo de Jenócrates salió muy gran filósofo. Lo mesmo
escribe de Cleante, que era tan estulto y mal razonado, que ningún maestro lo
quería recebir en su escuela; de lo cual corrido y afrentado el mozo, trabajó
tanto en las letras, que le vinieron a llamar después el segundo Hércules en
sabiduría. No menos disparato pareció el ingenio de Demóstenes para la
elocuencia, pues de muchacho ya grandecillo dicen que no sabía hablar; y
trabajando con cuidado en el arte y oyendo de buenos maestros, salió el mayor
orador del mundo. En especial cuenta Cicerón que no podía pronunciar la erre,
porque era algo balbuciente, y con maña la vino después tan bien a articular,
como si jamás hubiera tenido tal vicio. De donde tuvo origen el refrán que dice
ser el ingenio del hombre para las ciencias como quien juega a los dados, que
si en la pintas es desdichado, mostrándose con arte a hincarlos en el tablero,
viene a enmendar su mala fortuna.
Pero ningún ejemplo de estos que trae Cicerón deja de tener muy conviniente
respuesta en mi doctrina. Porque, como adelante probaremos, hay rudeza en los
muchachos que arguye mayor ingenio en otra edad, que tener de niños habilidad;
antes es indicio de venir a ser hombres necios comenzar luego a raciocinar y
ser avisados. Porque si Cicerón alcanzara las verdaderas señales con que se
descubren los ingenios en la primera edad, tuviera por buen indicio ser
Demóstenes rudo y tardo en el hablar, y tener Jenócrates necesidad de espuelas
cuando estudiaba. Yo no quito al buen maestro, al arte y trabajo, su virtud y
fuerzas de cultivar los ingenios, así rudos como hábiles. Pero lo que quiero
decir es que, si el muchacho no tiene de suyo el entendimiento preñado de los
preceptos y reglas determinadamente de aquel arte que quiere aprender, y no de
otra ninguna, que son vanas diligencias las que hizo Cicerón con su hijo y las
que hiciere cualquiera otro padre con el suyo.
Esta doctrina entenderán fácilmente ser verdadera los que hubieren leído
en Platón que Sócrates era hijo de una partera (como él mesmo lo cuenta de sí);
y como su madre (aunque era gran maestra de partería) no podía hacer parir a la
mujer que antes que viniese a sus manos no estaba preñada, así él, usando el
mesmo oficio de su madre, no podía hacer parir ciencia a sus discípulos, no
tiniendo ellos de suyo el entendimiento preñado. Tenía entendido que las
ciencias eran como naturales a solos los hombres que tenían ingenios acomodados
para ellas, y que en éstos acontecía lo que vemos por experiencia en los que se
han olvidado de lo que antes sabían, que con sólo apuntarles una palabra, por
ella sacan todo lo demás.
No tienen otro oficio los maestros con sus discípulos (a lo que yo tengo
entendido) más que apuntarles la doctrina; porque si tienen fecundo ingenio,
con solo esto les hacen parir admirables conceptos, y si no, atormentan a sí y
a los que los enseñan y jamás salen con lo que pretenden. Yo a lo menos, si
fuera maestro, antes que recibiera en mi escuela ningún discípulo, había de
hacer con él muchas pruebas y experiencias para descubrirle el ingenio; y si le
hallara de buen natural para la ciencia que yo profesaba, recibiérale de buena
gana, porque es gran contento para el que enseña instruir a un hombre de buena
habilidad; y si no, aconsejárale que estudiase la ciencia que a su ingenio más
le convenía. Pero, entendido que para ningún género de letras tenía disposición
ni capacidad, dijérale con amor y blandas palabras: «Hermano mío, vos no tenéis
remedio de ser hombre por el camino que habéis escogido: por vida vuestra que
no perdáis el tiempo ni el trabajo y que busquéis otra manera de vivir que no
requiera tanta habilidad como las letras».
Viene la experiencia con esto tan clara, que vemos entrar en un curso de
cualquier ciencia gran número de discípulos (siendo el maestro o muy bueno o
muy ruin) y en fin de la jornada unos salen de grande erudición, otros de
mediana, otros no han hecho más, en todo el curso, de perder el tiempo, gastar
su hacienda y quebrarse la cabeza sin provecho ninguno. Yo no sé de dónde pueda
nacer este efecto, oyendo todos de un mesmo maestro y con igual diligencia y
cuidado, y por ventura los rudos trabajando más que los hábiles. Y crece más la
dificultad viendo que los que son rudos en una ciencia tienen en otra mucha
habilidad, y los muy ingeniosos en un género de letras, pasados a otras no las
pueden comprender.
Yo a lo menos soy buen testigo en esta verdad. Porque entramos tres
compañeros a estudiar juntos latín, y el uno lo aprendió con gran facilidad, y
los demás jamás pudieron componer una oración elegante. Pero, pasados todos
tres a dialéctica, el uno de los que no pudieron aprender gramática salió en
las artes una águila caudal, y los otros dos no hablaron palabra en todo el
curso. Y venidos todos tres a oír astrología, fue cosa digna de considerar que
el que no pudo aprender latín ni dialéctica, en pocos días supo más que el
propio maestro que nos enseñaba, y a los demás jamás nos pudo entrar. De donde
espantado, comencé luego sobrello a discurrir y filosofar, y hallé por mi
cuenta que cada ciencia pedía su ingenio determinado y particular, y que sacado
de allí no valía nada para las demás letras. Y si esto es verdad, como lo es, y
de ello adelante haremos demostración, ¡oh quién entrara hoy día en las
escuelas de nuestros tiempos haciendo cala y cata de los ingenios! ¡A cuántos
trocara las ciencias y cuántos echara al campo por estólidos e imposibilitados
para saber! ¡Y cuántos restituyera de los que por tener corta fortuna están en
viles artes arrinconados, cuyos ingenios crió Naturaleza sólo para letras! Mas,
pues no se puede hacer ni remediar, no hay sino pasar con ello.
Esto que tengo dicho, a lo menos, no se puede negar, sino que hay ingenios
determinados para una ciencia, los cuales para otra son disparatos. Y, por
tanto, conviene, antes que el muchacho se ponga a estudiar, descubrirle la
manera de su ingenio y ver cuál de las ciencias viene bien con su habilidad, y
hacerle que la aprenda. Pero también se ha de considerar que no basta lo dicho
para que salga muy consumado letrado, sino que ha de guardar otras condiciones
no menos necesarias que tener habilidad. Y así dice Hipócrates que el ingenio
del hombre tiene la mesma proporción con la ciencia que la tierra con la
semilla; la cual, aunque sea de suyo fecunda y paniega, pero es menester
cultivarla y mirar para qué género de simiente tiene más disposición natural.
Porque no cualquiera tierra puede panificar con cualquiera simiente sin
distinción: unas llevan mejor trigo que cebada, y otras mejor cebada que trigo,
y del trigo tierras hay que multiplican mucho candial y el trujillo no lo
pueden sufrir. Y no sólo con hacer esta distinción se contenta el buen
labrador; pero, después de haber arado la tierra con buena sazón, aguarda
tiempo conviniente para sembrar, porque no en cualquier parte del año se puede
hacer; y después de nacido el pan, lo limpia y escarda para que pueda crecer y
dar adelante el fruto que de la simiente se espera. Así, conviene que después
de sabida la ciencia que al hombre está mejor, que la comience a estudiar en la
primera edad, porque ésta (dice Aristóteles) es la más aparejada de todas para
aprender. Aliende que la vida del hombre es muy corta, y las artes largas y
espaciosas; por donde es menester que haya tiempo bastante para saberlas, y
tiempo para poderlas ejercitar y con ellas aprovechar la república.
La memoria de los muchachos dice Aristóteles que está vacía, sin pintura
ninguna, porque ha poco que nacieron, y así cualquier cosa reciben con
facilidad; no como la memoria de los hombres mayores, que, llena de tantas
cosas como han visto en el largo discurso de su vida, no les cabe más. Y por
esto dijo Platón que delante de los niños contemos siempre fábulas y
enarraciones honestas que inciten a obras de virtud, porque lo que en esta edad
aprenden jamás se les olvida. No como dijo Galeno: «Que entonces se han de
aprender las artes, cuando nuestra naturaleza tiene todas las fuerzas que puede
alcanzar». Pero no tiene razón si no se distingue: el que ha de aprender latín
o cualquiera otra lengua halo de hacer en la niñez, porque si aguarda a que el
cuerpo se endurezca y tome la perfección que ha de tener, jamás saldrá con
ella.
En la segunda edad, que es la adolescencia, se ha de trabajar en el arte
de raciocinar, porque ya se comienza a descubrir el entendimiento, el cual
tiene con la dialéctica la mesma proporción que las trabas que echamos en los
pies y manos de una mula cerril, que, andando algunos días con ellas, toma
después cierta gracia en el andar; así nuestro entendimiento, trabado con las
reglas y preceptos de la dialéctica, toma después en las ciencias y disputas un
modo de discurrir y raciocinar muy gracioso.
Venida la juventud, se pueden aprender todas las demás ciencias que
pertenecen al entendimiento, porque ya está bien descubierto. Verdad es que Aristóteles
saca la filosofía natural, diciendo que el mozo no está dispuesto para este
género de letras, en lo cual parece que tiene razón, por ser ciencia de más
alta consideración y prudencia que otra ninguna.
Sabida ya la edad en que se han de aprender las ciencias, conviene luego
buscar un lugar aparejado para ellas, donde no se trate otra cosa sino letras,
como son las Universidades. Pero ha de salir el muchacho de casa de su padre,
porque el regalo de la madre, de los hermanos, parientes y amigos que no son de
su profesión es grande estorbo para aprender. Esto se ve claramente en los
estudiantes naturales de las villas y lugares donde hay Universidades; ninguno
de los cuales, si no es por gran maravilla, jamás sale letrado. Y puédese
remediar fácilmente trocando las Universidades: los naturales de la ciudad de
Salamanca estudiar en la villa de Alcalá de Henares, y los de Alcalá en Salamanca.
Esto de salir el hombre de su natural para ser valeroso y sabio, es de
tanta importancia, que ningún maestro hay en el mundo que tanto le pueda
enseñar, especialmente viéndose muchas veces desamparado del favor y regalo de
su patria. «Sal de tu tierra (dijo Dios a Abrahán) y de entre tus parientes y
de casa de tu padre, y ven al lugar que yo te enseñaré, en el cual engrandeceré
tu nombre y te daré mi bendición». Esto mesmo dice Dios a todos los hombres que
desean tener valor y sabiduría; porque, aunque los puede bendecir en su
natural, pero quiere que los hombres se dispongan con aquel medio que Él
ordenó, y que no les venga la prudencia de gracia. Todo esto se entiende
supuesto que el hombre tenga buen ingenio y habilidad, porque si no, quien
bestia va a Roma, bestia torna: poco aprovecha que el rudo vaya a estudiar a
Salamanca, donde no hay cátedra de entendimiento ni de prudencia, ni hombre que
la enseñe.
La tercera diligencia es buscar maestro que tenga claridad y método en el
enseñar, y que su doctrina sea buena y segura, no sofística ni de vanas
consideraciones. Porque todo lo que hace el discípulo, en tanto que aprende, es
creer todo lo que le propone el maestro, por no tener discreción ni entero
juicio para discernir ni apartar lo falso de lo verdadero. Aunque esto es caso
fortuito, y no puesto en elección de los que aprenden, venir en tiempo a
estudiar que las Universidades tienen buenos maestros o ruines. Como les
aconteció a ciertos médicos de quien cuenta Galeno que, teniéndoles ya
convencidos con muchas experiencias y razones que la práctica que usaban era
errada y en perjuicio de la salud de los hombres, se les saltaron las lágrimas
de los ojos, y en presencia del mismo Galeno comenzaron a maldecir su hado y la
mala dicha que tuvieron en topar con ruines maestros al tiempo que aprendieron.
Verdad es que hay ingenios de discípulos tan felices, que entienden luego
las condiciones del maestro y la doctrina que trae; y si es mala se la saben
confutar, y aprobar lo que dice bien. Estos tales mucho más enseñan al maestro
en cabo del año, que el maestro a ellos; porque, dudando y preguntando
agudamente, le hacen saber y responder cosas tan delicadas, que jamás las supo
ni supiera si el discípulo, con la felicidad de su ingenio, no se las apuntara.
Pero los que esto pueden hacer son uno, o dos cuando muchos; y los rudos son
infinitos. Y, así, es bien (ya que no se ha de hacer esta elección y examen de
ingenios para ciencias) que las Universidades se provean siempre de buenos
maestros, que tengan sana doctrina y claro ingenio, para que a los ignorantes
no enseñen errores ni falsas proposiciones.
La cuarta diligencia que se ha de hacer es estudiar la ciencia con orden,
comenzando por sus principios, subir por los medios hasta el fin, sin oír
materia que presuponga otra primero. Por donde siempre tuve por error oír
muchas liciones de varias materias, y pasallas todas juntas en casa: hácese por
esta vía una maraña de cosas en el entendimiento, que después, en la práctica,
no sabe el hombre aprovecharse de los preceptos de su arte ni asentarlos en su
conviniente lugar. Muy mejor es trabajar cada materia por sí y con el orden natural
que tiene en su composición; porque de la manera que se aprende, de aquella
mesma forma se asienta en la memoria. Hacer esto conviene más en particular a
los que de su propia naturaleza tienen el ingenio confuso; y puédese remediar
fácilmente oyendo sola una materia y, acabada aquélla, entrar en la que se
sigue hasta cumplir con toda el arte. Entendiendo Galeno cuánto importaba
estudiar con orden y concierto las materias, escribió un libro para enseñar la
manera que se había de tener en leer sus obras, con fin que el médico no se
hiciese confuso. Otros añaden que el estudiante, en tanto que aprende, no tenga
más que un libro que contenga llanamente la doctrina, y en éste estudie y no en
muchos, porque no se desbarate ni confunda; y tiene muy gran razón.
Lo último que hace al hombre muy gran letrado es gastar mucho tiempo en
las letras y esperar que la ciencia se cueza y eche profundas raíces. Porque de
la manera que el cuerpo no se mantiene de lo mucho que en un día comemos y
bebemos, sino de lo que el estómago cuece y altera, así nuestro entendimiento
no engorda con lo mucho que en poco tiempo leemos, sino de lo que poco a poco
va entendiendo y rumiando. Cada día se va disponiendo mejor nuestro ingenio y
viene, andando el tiempo, a caer en cosas que atrás no pudo alcanzar ni saber.
El entendimiento tiene su principio, aumento, estado y declinación, como el
hombre y los demás animales y plantas. Él comienza en el adolescencia, tiene su
aumento en la juventud, el estado en la edad de consistencia y comienza a
declinar en la vejez. Por tanto, el que quisiere saber cuándo su entendimiento
tiene todas las fuerzas que puede alcanzar, sepa que es desde treinta y tres
años hasta cincuenta, poco más o menos. En el cual tiempo se han de creer los
graves autores si en el discurso de su vida tuvieron contrarias sentencias. Y
el que quiere escrebir libros halo de hacer en esta edad, y no antes ni
después, si no se quiere retractar ni mudar la sentencia.
Pero las edades de los hombres no en todos tienen la mesma cuenta y razón.
Porque a unos se les acaba la puericia a doce años, a otros a catorce, a otros
a dieciséis y a otros a dieciocho. Estos tienen las edades muy largas, porque
llega su juventud a poco menos de cuarenta años, la consistencia a sesenta, y
tienen de vejez otros veinte años, con los cuales se hacen ochenta de vida, que
es el término de los muy potentados. Los primeros, a quienes se les acaba la
puericia a doce años, son de muy corta vida; comienzan luego a raciocinar, y
nacerles la barba y dúrales muy poco el ingenio, y a treinta y cinco años
comienzan a caducar, y a cuarenta y ocho se les acaba la vida.
De todas las condiciones que he dicho, ninguna deja de ser muy necesaria,
útil y provechosa para que el muchacho venga a saber. Pero tener buena y correspondiente
naturaleza a la ciencia que quiere estudiar es lo que más hace al caso, porque,
con ella, vemos que muchos hombres comenzaron a estudiar pasada la juventud, y
oyeron de ruines maestros, con mal orden y en sus tierras, y en poco tiempo
salieron muy grandes letrados; y si falta el ingenio, dice Hipócrates que todo
lo demás son diligencias perdidas.
Pero quien mejor lo encareció fue el buen Marco Cicerón, el cual, con
dolor de ver a su hijo tan necio y que ninguna cosa aprovecharon los medios que
para hacerle sabio buscó, dijo de esta manera: nam quid
est alliud gigantum more bellare cum diis, nisi naturae repugnare? Como
si dijera: «¿qué cosa hay más parecida a la batalla que los gigantes traían con
los dioses que ponerse el hombre a estudiar faltándole el ingenio?». Porque de
la manera que los gigantes nunca vencían a los dioses, antes eran siempre de
ellos vencidos, así cualquiera estudiante que procurare vencer a su mala
naturaleza quedará de ella vencido. Y, por tanto, nos aconseja el mesmo Cicerón
que no forcejemos contra naturaleza, ni procuremos ser oradores si ella no lo
consiente, porque trabajaremos en vano.
Donde se declara que
Naturaleza es la que hace al muchacho hábil para aprender
Sentencia es
muy común y usada de los filósofos antiguos diciendo: «Naturaleza es la que
hace al hombre hábil para aprender, y el arte con sus preceptos y reglas le
facilita, y el uso y experiencia que tiene de las cosas particulares le hace
poderoso para obrar». Pero ninguno ha dicho en particular qué cosa sea esta
Naturaleza, ni en que género de causas se ha de poner: sólo afirmaron que,
faltando ella en el que aprende, vana cosa es el arte, la experiencia, los
maestros, los libros y el trabajo.
La gente vulgar, en viendo a un hombre de grande ingenio y habilidad,
luego señala a Dios por autor y no cura de otra causa ninguna, antes tiene por
vana imaginación todo lo que discrepa de aquí. Pero los filósofos naturales
burlan de esta manera de hablar; porque, puesto caso que es piadosa y contiene
en sí religión y verdad, nace de ignorar el orden y concierto, que puso Dios en
las cosas naturales el día que las crió; y por amparar su ignorancia con
seguridad y que nadie les pueda reprender ni contradecir, afirman que todo es
lo que Dios quiere, y que ninguna cosa sucede que no nazca de su divina
voluntad. Y por ser esta tan gran verdad, son dignos de represión; porque, así
como no cualquiera pregunta dice Aristóteles que se ha de hacer, de la mesma
manera ni cualquiera respuesta, aunque verdadera, se ha de dar.
Estando un filósofo natural razonando con un gramático, llegó a ellos un
hortelano curioso y les preguntó qué podía ser la causa que haciendo él tantos
regalos a la tierra en cavarla, ararla, estercolarla y regarla, con todo eso
nunca llevaba de buena gana la hortaliza que en ella sembraba, y las yerbas que
ella producía de suyo las hacía crecer con tanta facilidad. Respondió el
gramático que aquel efecto nacía de la divina Providencia, y que así estaba
ordenando para la buena gobernación del mundo. De la cual respuesta se rió el
filósofo natural, viendo que se acogía a Dios por no saber el discurso de las
causas naturales ni de qué manera producían sus efectos. El gramático, viéndole
reír, le preguntó si burlaba de él, o de qué se reía. El filósofo le dijo que
no se reía de él, sino del maestro que le había enseñado tan mal. Porque las
cosas que nacen de la Providencia divina (como son las obras sobrenaturales)
pertenece su conocimiento y solución a los metafísicos, que ahora llaman
teólogos; pero la cuestión del hortelano es natural y pertenece a la
jurisdicción de los filósofos naturales, porque hay causas ordenadas y
manifiestas de donde tal efecto puede nacer. Y, así, respondió el filósofo
natural diciendo que la tierra tiene la condición de la madrastra que mantiene
muy bien a los hijos que ella parió y quita el alimento a los del marido; y así
vemos que los suyos andan gordos y lucidos, y los alnados, flacos y
descoloridos. Las yerbas que la tierra produce de suyo son nacidas de sus
propias entrañas y las que el hortelano le hace llevar por fuerza son hijas de
otra madre ajena, y así les quita la virtud y alimento con que habían de crecer
por darlo a las yerbas que ella engendró.
También cuenta Hipócrates que, yendo a visitar a aquel gran filósofo
Demócrito, le dijo las locuras que el vulgo decía de la Medicina; y eran que,
viéndose libres de la enfermedad, dicen que Dios los sanó, y que si Él no
quisiera, poco aprovechara la buena industria del médico. Ella es tan antigua
manera de hablar y hanla reñido tantas veces los filósofos naturales, que es
por demás tratar de quitarla; ni menos conviene, porque el vulgo, que ignora
las causas particulares de cualquier efecto, mejor responde y con más verdad
por la causa universal (que es Dios), que decir algún disparate.
Pero yo muchas veces me he puesto a considerar la razón y causa de donde
pueda nacer que la gente vulgar sea tan amiga de atribuir todas las cosas a
Dios, quitarlas a Naturaleza y aborrecer los medios naturales. Y no sé si la he
podido atinar. A lo menos, bien se deja entender que por no saber el vulgo qué
efectos se han de atribuir inmediatamente a Dios y cuáles a Naturaleza, los
hace hablar de aquella manera. Fuera de que los hombres, por la mayor parte,
son impacientes y amigos que se cumpla presto lo que ellos desean; y como los
medios naturales son tan espaciosos y obran por discurso de tiempo, no tienen
paciencia para aguardarlos; y como saben que Dios es omnipotente y que en un
momento hace todo lo que quiere y de ellos tienen muchos ejemplos, querrían que
él les diese salud como al paralítico, y sabiduría como a Salomón, y riquezas
como a Job, y que los librase de sus enemigos como a David.
La segunda causa es que los hombres somos arrogantes y de vana estimación,
muchos de los cuales desean allá dentro de su pecho que Dios les haga a ellos
alguna merced particular, y que no sea por la vía común (como es hacer salir el
sol sobre los justos y los malos, y llover para todos en general), porque las
mercedes en tanto son más estimadas en cuanto se hacen con menos. Y por esta
razón hemos visto muchos hombres fingir milagros en las casas y lugares de
devoción; porque luego acuden las gentes a ellos y los tienen en gran
veneración, como personas con quien Dios ha tenido cuenta particular; y si son
pobres, los favorecen con mucha limosna, y así algunos pican en el interés.
La tercera razón es ser los hombres amigos de holgar; y estar dispuestas
las causas naturales por tal orden y concierto, que, para alcanzar sus efectos,
es menester trabajar. Y, por tanto, querrían que Dios usase con ellos su
omnipotencia y que sin sudar se cumpliesen sus deseos. Dejo aparte la malicia
de aquellos que pedían a Dios milagros para tentar su omnipotencia y probar si
los podía hacer; y otros que, por vengar su corazón, piden fuego del cielo y
otros castigos de gran crueldad.
La última causa es ser mucha la gente religiosa y amiga que Dios sea
honrado y engrandecido, lo cual se consigue mucho más con los milagros, que con
los efectos naturales. Pero el vulgo de los hombres no sabe que las obras
sobrenaturales y prodigiosas las hace Dios para mostrar a los que no lo saben
que es omnipotente, y que usa de ellas por argumento para comprobar su
doctrina, y que, faltando esta necesidad, nunca jamás las hace. Esto bien se deja
entender considerando cómo ya no obra Dios aquellos hechos extraños del
Testamento nuevo y viejo; y es la razón haber hecho ya de su parte todas las
diligencias que convenían para que los hombres no pretendiesen ignorancia. Y
pensar que ha de volver otra vez a hacer los mesmos argumentos y tornar con
nuevos milagros a comprobar de nuevo su doctrina resucitando muertos, dando
vista a los ciegos, sanando los cojos y paralíticos, es un error muy grande;
porque de una vez enseña Dios lo que conviene a los hombres y lo prueba con
milagros, y no lo torna a repetir: semel loquitur Deus, et
secundo id ipsum non repetit.
El indicio de que yo más me aprovecho para descubrir si un hombre no tiene
el ingenio que es apropiado para la filosofía natural es verle amigo de echar
todas las cosas a milagro, sin ninguna distinción; y por lo contrario, los que
no se contentan hasta saber la causa particular del efecto, no hay que dudar de
su buen ingenio. Estos bien saben que hay efectos que inmediatamente se han de
reducir a Dios, como son los milagros, y otros a Naturaleza, que son aquellos
que tienen causas ordenadas de donde suelen nacer; pero hablando de una manera
y de la otra, siempre ponemos a Dios por autor. Porque, cuando dijo Aristóteles
Deus et natura nihil faciunt frustra, no entendió
que Naturaleza fuese alguna causa universal con jurisdicción apartada de Dios,
sino que es nombre del orden y concierto que Dios tiene puesto en la compostura
del mundo para que sucedan las efectos que son necesarios para su conservación.
Porque de la mesma manera se suele decir que el rey y el Derecho civil no hacen
agravio a nadie; en la cual manera de hablar ninguno entiende que este nombre Derecho
significa algún príncipe que tenga jurisdicción apartada de la del rey, sino
que es un término que abraza con su significación todas las leyes y
ordenamiento real que el rey tiene hecho para conservar en paz su república.
Y así como el rey tiene casos reservados para sí, los cuales no pueden ser
determinados por el Derecho por ser extraños y graves, de la mesma manera dejó
Dios reservados para sí los efectos milagrosos, para la producción de los
cuales no dio orden ni poder a las causas naturales. Pero aquí es de notar que
el que los ha de conocer por tales y diferenciarlos de las obras naturales ha
de ser gran filósofo natural y saber de cada efecto qué causas ordenadas puede
tener; y, con todo, no basta si la Iglesia católica no los declara por tales.
Y de la manera que los letrados trabajan y estudian en leer el Derecho
civil y guardarlo en la memoria para saber y entender cuál fue la voluntad del
rey en la determinación de tal caso, así nosotros, los filósofos naturales,
como letrados desta facultad, ponemos nuestro estudio en saber el discurso y
orden que Dios hizo el día que crió el mundo, para contemplar y saber de qué
manera quiso que sucediesen las cosas y por qué razón. Y así como sería cosa de
reír si un letrado alegase en sus escritos de bien probado que el rey manda
determinar el caso, sin mostrar la ley y razón por donde lo dicide, así los
filósofos naturales se ríen de los que dicen «esta obra es de Dios», sin
señalar el orden y discurso de causas particulares de donde pudo nacer.
Y de la manera que el rey no quiere escuchar cuando le piden que quebrante
alguna ley justa, o que haga determinar el caso fuera del orden judicial que él
tiene mandado guardar, así Dios no quiere escuchar cuando alguno le pide
milagros y hechos fuera del orden natural sin necesidad. Porque aun el rey cada
día quita y pone leyes y muda el orden judicial, así por la variedad de los
tiempos como por ser el consejo del hombre caduco, y no poder atinar de una vez
a la rectitud y justicia. Pero el orden natural de todo el universo, que
llamamos Naturaleza, desde que Dios crió el mundo no ha habido que añadir ni
quitar una jota; porque lo hizo con tanta providencia y saber, que pedir que no
se guarde aquel orden es poner falta en sus obras.
Volviendo, pues, a aquella sentencia tan usada de los filósofos antiguos, Natura facit habilem, es de entender que hay ingenios y
habilidades que Dios reparte entre los hombres fuera del orden natural, como
fue la sabiduría de los apóstoles, los cuales, siendo rudos y torpes, fueron
alumbrados milagrosamente y llenos de ciencia y saber. De este género de
habilidad y sabiduría no se puede verificar Natura facit
habilem; porque esta es obra que inmediatamente se ha de reducir a Dios,
y no a Naturaleza. Lo mesmo se entiende de la sabiduría de los profetas y de
todos aquellos a quien Dios infundió alguna gracia.
Otro género de habilidad hay en los hombres, que les nace de haberse
engendrado con aquel orden y concierto de causas que Dios ordenó para este fin;
y de esta suerte con verdad se dice Natura facit habilem.
Porque, como probaremos en el capítulo postrero de esta obra, hay orden y
concierto en las causas naturales, que, si los padres al tiempo de engendrar
tienen cuidado de guardarle, saldrán todos sus hijos sabios sin que falte
ninguno. Pero, en el entretanto, esta significación de Naturaleza es muy
universal y confusa, y el entendimiento no huelga ni descansa hasta saber el
discurso particular y la última causa. Y, así, es menester buscar otra
significación de este nombre, naturaleza, que tenga a nuestro
propósito más conveniencia.
Aristóteles y los demás filósofos naturales descienden más en particular,
y llaman naturaleza a cualquier forma substancial que da ser a la cosa
y es principio de todas sus obras. En la cual significación, nuestra ánima
racional con razón se llamará Naturaleza, porque de ella recebimos el ser
formal que tenemos de hombres, y ella mesma es principio de cuanto hacemos y
obramos.
Pero como todas las ánimas racionales sean de igual perfección, así la del
sabio como la del nescio, no se puede afirmar que Naturaleza, en esta
significación, es la que hace al hombre hábil; porque, si esto fuese verdad,
todos los hombres ternían igual ingenio y saber. Y, así, el mesmo Aristóteles
buscó otra significación de Naturaleza, la cual es razón y causa de ser el
hombre hábil o inhábil, diciendo que el temperamento de las cuatro calidades
primeras (calor, frialdad, humidad y sequedad) se ha de llamar naturaleza,
porque de ésta nacen todas las habilidades del hombre, todas las virtudes y
vicios, y esta gran variedad que vemos de ingenios.
Y pruébase claramente, considerando las edades de un hombre sapientísimo;
el cual en la puericia no es más que un bruto animal, ni usa de otras potencias
más que de la irascible y concupiscible; pero, venida la adolescencia, comienza
a descubrir un ingenio admirable, y vemos que le dura hasta cierto tiempo y no
más, porque, viniendo la vejez, cada día va perdiendo el ingenio, hasta que
viene a caducar. Esta variedad de ingenios, cierto es que [no] nace del ánima
racional, porque en todas las edades es la mesma, sin haber recebido en sus fuerzas
y substancia ninguna alteración, sino que en cada edad tiene el hombre vario
temperamento y contraria disposición, por razón de la cual hace el ánima unas
obras en la puericia y otras en la juventud y otras en la vejez. De donde
tomamos argumento evidente que, pues una mesma ánima hace contrarias obras en
un mesmo cuerpo por tener en cada edad contrario temperamento, que cuando de
dos muchachos el uno es hábil y el otro nescio, que nace de tener cada uno
temperamento diferente del otro, al cual, por ser principio de todas las obras
del ánima racional, llamaron los médicos y filósofos naturaleza. De la
cual significación se verifica propriamente aquella sentencia Natura facit habilem.
En confirmación de esta doctrina escribió Galeno un libro probando que las
costumbres del ánima siguen el temperamento del cuerpo donde está; y que, por
razón del calor, frialdad, humidad y sequedad de la región que habitan los
hombres, y de los manjares que comen, y de las aguas que beben y del aire que
respiran, unos son nescios y otros sabios, unos valientes y otros cobardes,
unos crueles y otros misericordiosos, unos cerrados de pecho y otros abiertos,
unos mentirosos y otros verdaderos, unos traidores y otros leales, unos
inquietos y otros sosegados, unos doblados y otros sencillos, unos escasos y
otros liberales, unos vergonzosos y otros desvergonzados, unos incrédulos y
otros fáciles de persuadir. Y para probar esto trae muchos lugares de
Hipócrates, Platón y Aristóteles, los cuales afirmaron que la diferencia de las
naciones, así en la compostura del cuerpo como en las condiciones del ánima,
nace de la variedad de este temperamento.
Y vese claramente por experiencia cuánto disten los griegos de los
escitas, y los franceses de los españoles, y los indios de los alemanes, y los
de Etiopía de los ingleses. Y no solamente se echa de ver en regiones tan
apartadas; pero si consideramos las provincias que rodean a toda España,
podemos repartir las virtudes y vicios, que hemos contado, entre los moradores
de ellas, dando a cada cual su vicio y su virtud. Y si no, consideremos el
ingenio y costumbres de los catalanes, valencianos, murcianos, granadinos,
andaluces, extremeños, portugueses, gallegos, asturianos, montañeses,
vizcaínos, navarros, aragoneses, y los del riñón de Castilla. ¿Quién no ve y
conoce lo que estos difieren entre sí, no sólo en la figura del rostro y
compostura del cuerpo, pero también en las virtudes y vicios del ánima? Y todo
nace de tener cada provincia de éstas su particular y diferente temperamento. Y
no solamente se conoce esta variedad de costumbres en regiones tan apartadas,
pero aun en lugares que no distan más que una pequeña legua, no se puede creer
la diferencia que hay de ingenios entre los moradores.
Finalmente, todo lo que escribe Galeno en su libro es el fundamento de
esta mi obra; aunque él no atinó en particular a las diferencias de habilidad
que tienen los hombres, ni a las ciencias que cada una demanda en particular.
Aunque bien entendió que era necesario repartir las ciencias a los muchachos y
dar a cada uno la que pedía su habilidad natural, pues dijo que las repúblicas
bien ordenadas habían de tener hombres de gran prudencia y saber que, en la
tierna edad, descubriesen a cada uno su ingenio y solercia natural, para
hacerle aprender el arte que le convenía y no dejarlo a su elección.
Donde se declara lo
mucho que puede el temperamento para hacer al hombre prudente y de buenas
costumbres
Considerando
Hipócrates la buena naturaleza de nuestra ánima racional y el ser tan alterable
y caduco del cuerpo humano donde está, dijo una sentencia digna de tan grave
autor: anima quidem semper similis est, et in maiori et in
minori, non enim alteratur nec per naturam nec per necessitatem; corpus autem
numquam idem in ullo aliquo est, nec secundum naturam nec ex necessitate;
como si dijera: «nuestra ánima racional siempre es la mesma por todo el
discurso de la vida, en la vejez y en la niñez, y siendo grandes y pequeños; el
cuerpo, por lo contrario, jamás está quedo en un ser, ni hay manera para conservarlo».
Y aunque algunos médicos han trabajado en hacer arte para ello, ninguno ha
podido excusar con sus preceptos y reglas las alteraciones de las edades: la
puericia, caliente y húmida; la adolescencia, templada; la juventud, caliente y
seca; la consistencia, templada en calor y frialdad, y destemplada con
sequedad; la vejez, fría y seca. Ni se puede impedir que los cielos no muden el
aire cada momento, ni que éste haga en nuestro cuerpo tan varias impresiones.
Por donde tuvo entendido que para hacer un hombre prudentísimo, no lo
siendo, que no era menester alterar el ánima racional ni mejorarle su
naturaleza; porque (fuera de que es imposible) ninguna cosa le faltó en su
creación para que por falta suya no pudiese hacer el hombre muy bien las obras
de su especie. Y, así, dijo: si ignis et aqua in corpore
temperamentum acceperint, fit anima sapientissima et memoria valentissima
praedita; si vero ignis superetur ab aqua, fit tarda et stulta; como si
dijera: «cuando los cuatro elementos, agua y fuego especialmente, entran en la
composición del cuerpo humano en igual peso y medida, se hace el ánima
prudentísima y de muy gran memoria; pero si el agua vence al fuego, queda tarda
y estulta»; y no por culpa suya, sino porque el instrumento con que ella había
de obrar estaba depravado.
Lo cual visto por Galeno, sacó por última conclusión que todas las
costumbres y habilidades del ánima sin falta seguían el temperamento del cuerpo
donde está. Y, de camino, reprehende a los filósofos morales porque no se dan a
la medicina, siendo verdad que no solamente la prudencia (que es el fundamento
de todas las virtudes), pero la justicia, fortaleza y temperancia, y sus vicios
contrarios, dependen del temperamento del cuerpo. Por tanto, dijo que al médico
pertenecía corromper los vicios del hombre e introducir las virtudes
contrarias; y, así, hizo arte para corromper el vicio de la lujuria e
introducir la virtud de la castidad; y cómo el soberbio se hará manso y
tratable; y el avariento, liberal; y el cobarde, valiente; y el nescio sabio, y
prudente. Y todo el estudio que pone es en alterar el cuerpo con medicinas y
manjares acomodados a cada vicio y virtud; y no cura del ánima fundado en la
opinión de Hipócrates, el cual confiesa llanamente que el ánima no es alterable
ni tiene necesidad de virtud adquisita para hacer lo que ella está obligada si
le dan buen instrumento para ello. Y, así, tiene por error poner las virtudes
en el ánima y no en los instrumentos del cuerpo con que ha de obrar. Y con
esto, le parece que es imposible adquirirse alguna virtud que no nazca nuevo
temperamento en el hombre.
Pero esta opinión es falsa y contra el común consentimiento de los
filósofos morales, los cuales afirman «que las virtudes son hábitos
espirituales sujetados en el ánima racional». Porque cual es el accidente, tal
ha de ser el sujeto donde cae. Mayormente que, como el ánima sea el agente y
movedor, y el cuerpo el que ha de ser movido, más a propósito caen las virtudes
en el que hace que en el que padece. Y si las virtudes y vicios fuesen hábitos
que dependieran del temperamento, seguirseía que el hombre obraría como agente
natural y no libre, necesitado con el apetito bueno o malo que le señalase el
temperamento; y de esta manera las buenas obras no merecerían ser premiadas ni
las malas castigadas, conforme aquello: in naturalibus nec
meremur nec demeremur. Mayormente que vemos muchos hombres virtuosos con
temperamento malo y vicioso que los inclina antes a pecar que a obrar conforme
a virtud; de quien se dijo: vir sapiens dominabitur astris.
Y en lo que toca a los hechos de la prudencia y habilidad, vemos muchas obras
imprudentes de hombres sapientísimos y muy templados, y otras muy acertadas de
quien no sabe tanto ni tiene tan buena temperatura. Por donde se entiende que
la prudencia y sabiduría, y las demás virtudes humanas, están en el ánima, y
que no dependen de la compostura y temperamento del cuerpo como pensaron
Hipócrates y Galeno.
Pero, con todo eso, hace mucha fuerza que estos dos graves médicos, y con
ellos Aristóteles y Platón, hayan dicho esta sentencia y que no digan verdad.
Por donde es de saber que las virtudes perfectas, como las fingen los
filósofos morales, son hábitos espirituales sujetados en el ánima racional,
cuyo ser no depende del temperamento. Pero, con esto, es cierto que no hay
virtud ni vicio en el hombre (no se entiende de las sobrenaturales, porque
éstas no entran en esta cuenta y razón) que no tenga su temperatura en los
miembros del cuerpo, que le ayude o desayude en sus obras, a la cual,
impropriamente, llaman los filósofos morales vicio o virtud, viendo que ordinariamente
los hombres no tienen otras costumbres sino aquellas que apunta su
temperamento. Dije ordinariamente, porque muchos hombres tienen el
ánima llena de virtudes perfectas y en los miembros del cuerpo no tienen
temperamento que les ayude a hacer lo que el ánima quiere, y con todo eso, por
tener libre albedrío, obran muy bien aunque con gran lucha y contienda; como es
aquello de san Pablo; condelector enim legi Dei secundum
interiorem hominem; video autem aliam legem in membris meis, repugnatem legi
mentis meae, et captivantem me in lege peccati quae est in membris meis.
Infielix ego homo! Quis me liberabit de corpore mortis huius? Gratia Dei per
Jesum Christum Dominum nostrum. Igitur ego ipse mente servio legi Dei; carne
autem legi peccati. Por las cuales palabras, da a entender san Pablo que
sentía dentro de sí dos leyes contrarias: una en el ánima, con la cual amaba la
ley de Dios y se holgaba con ella; y otra en los miembros de su cuerpo, que le
convidaba a pecar.
Conforme a esto, bien parece que a las virtudes que san Pablo tenía en el
ánima no le respondían las temperaturas en los miembros del cuerpo que eran
necesarias para obrar con suavidad y sin contradicción de la carne. Su ánima
quería rezar y contemplar; y cuando iba al celebro con que lo había de
ejecutar, lo hallaba destemplado por frialdad y humidad, que son dos calidades
ordenadas para dormir, y con mucha pesadumbre.
Tales estaban aquellos tres discípulos que acompañaron a Jesucristo en el
huerto cuando oraba, pues les dijo: spiritus quidem
promptus est, caro autem infirma. El ánima quería ayunar, y cuando iba
al estómago con lo que había de hacer, lo hallaba con mil desmayos y con un
apetito insaciable de comer. El ánima quería que fuese casto y continente, y
cuando iba a los instrumentos de la generación, los hallaba con un fuego
ardiente inclinándolo a lo contrario.
En tales disposiciones como éstas, obran los virtuosos con gran
dificultad, y por esto se dijo: virtus versatur circa difficile.
Pero si el ánima, cuando quiere meditar, hallase el celebro caliente y seco,
que es disposición natural para velar; y cuando quiere ayunar, hallase el
estómago caliente y seco, con la cual temperatura dice Galeno aborresce el
hombre el comer; y, si cuando quiere y ama la castidad, estuviesen los
testículos fríos y húmidos, todo se lo hallaba hecho sin ninguna contradicción.
Porque la ley del ánima y la ley de los miembros del cuerpo, ambas pedían una
mesma cosa, y, así, obraría el hombre con mucha suavidad. Por donde dijo bien
Galeno que al médico pertenecía hacer un hombre, de vicioso, virtuoso; y que
los filósofos morales hacían mal en no aprovecharse de la medicina para
conseguir el fin de su arte, pues en alterar los miembros del cuerpo hacían obrar
a los virtuosos con suavidad.
Lo que yo quisiera de Galeno y de todos los filósofos morales es que, si
es verdad que a cada vicio y virtud de las que están en el ánima responde en
los miembros del cuerpo su particular temperatura que le ayuda o desayuda para
obrar, que nos contaran todos los vicios del hombre y sus virtudes, y nos
dijeran en qué calidades corporales restribaba cada una de ellas, para
aplicarles la cura que cada una había menester.
Aristóteles bien entendió que la buena temperatura hacía al hombre
prudentísimo y de buenas costumbres, y, así, dijo optima
enim temperies non solum corpori, verum intelligenti homini prodest.
Pero no declaró cuál era la mejor temperatura, antes dijo que las costumbres
del hombre se fundaban en sólo calor y frialdad; y los médicos, especialmente
Hipócrates y Galeno, tienen por viciosas estas dos calidades, y aprueban la
templada donde el calor no excede a la frialdad ni la humidad a la sequedad. Y,
así, dijo Hipócrates: quod humidissimum est in aqua et
siccissimum igne, si in corpore temperamentum acceperint, fit homo
prudentissimus.
Pero muchos médicos han examinado esta temperatura por la gran fama que
tiene; y no responde tanto en la obra como Hipócrates dice, antes les parece
que son unos hombres flojos y de poco brío, y en sus hechos no muestran tanta
prudencia y discreción como los destemplados: tienen la condición muy blanda y
suave, y no saben hacer mal a nadie en dicho ni hecho, que es por donde parecen
muy virtuosos y sin pasiones de las que alteran el ánimo. Estos médicos tienen
por mala temperatura la templada, porque afloja y desbarata la fortaleza de las
potencias y es causa que no obren como conviene; lo cual se ve claramente en
dos tiempos del año, verano y otoño, donde el aire viene a templar y entonces
vienen las enfermedades. Y, así, se halla el cuerpo más sano, o con mucho frío
o con mucho calor, que con lo tépido del verano.
A estos médicos parece favorecer algo la divina Escritura tratando de las
costumbres del hombre: utinam esses calidus aut frigidus;
sed quia tepidus es, incipian te vomere ex ore meo. Parece que se fundó
en la doctrina de Aristóteles, el cual tiene por opinión muy verdadera que
todas las costumbres activas del hombre restriban en calor y frialdad, y no en
lo tépido ni templado. Pero holgara yo que Aristóteles nos dijera qué virtud,
qué calidad de éstas pide, y en qué restriba su vicio contrario, para hacer las
curas que dice Galeno. Yo para mí tengo entendido que la frialdad es la más
importante para que el ánima racional conserve sus virtudes en paz y que no
haya en los miembros del cuerpo quien le contradiga. Porque ninguna calidad
(dice Galeno) debilita tanto la concupiscible e irascible como la frialdad,
especialmente si está conjunta con la sequedad, y estando debilitada y enferma
la porción inferior, las virtudes del ánima racional crecen a palmos.
Y si no, quiero poner delante al filósofo moral un hombre lujurioso, gran
comedor y bebedor, para que me le cure según las reglas de su arte, y que le
engendre en su ánima hábito de castidad y temperancia, y que obre con ellas con
suavidad, sin que le introduzca en los miembros de su cuerpo frialdad y
sequedad y le corrompa el calor y humidad demasiado que antes tenía. Y veamos
cómo lo hará.
Cierto es que lo primero que ha de hacer es afearle el vicio de la
lujuria; y le contará los males y daños que suele traer consigo, y el peligro
en que está su ánima si la muerte le arrebatase sin haber hecho penitencia de
sus pecados. Tras esto, le aconsejaría el ayuno, el rezar y meditar, el poco
dormir, el acostarse en el suelo y vestido, la disciplina, el apartarse de
mujeres y ocuparse en obras pías; todo lo cual se contiene en aquel aforismo de
san Pablo: castigo corpus meum et redigo in servitutem.
Con estos remedios, perseverando muchos días en ellos, se porná el hombre flaco
y amarillo y tan diferente del que solía ser, que el que antes se perdía por
mujeres y por comer y beber, ahora le da pena y dolor oíllo mentar.
Viendo el filósofo moral al hombre vicioso con estas señales, dirá, y con
razón: «éste ya tiene hábito de castidad y temperancia». Pero, porque su arte
no pasa de aquí, piensa que estas dos virtudes han venido por los aires y
asentándose en el ánima racional sin haber pasado por el cuerpo. Mas el médico,
que sabe de dónde nace la flaqueza y color amarillo, y cómo se introducen las
virtudes y corrompen los vicios, dirá que este hombre tiene ya hábito de
castidad y temperancia porque con aquellos remedios se perdió el calor natural
y en su lugar sucedió frialdad. Y que todo aquel orden de vivir sean causas
refrigerantes, es cosa fácil de probar discurriendo por cada una de ellas:
El temor en que le puso la reprehensión y consideración de las penas
infernales si moría en pecado mortal, es cierto que mortifica el calor natural
y pone el cuerpo frío; y, así, pregunta Aristóteles: cur
voce et manibus et labro inferiori tremunt qui metuun? Ad quoniam hic affectus,
caloris defectio ex locis superioribus est, ex quo ut palleant accidit.
El ayuno también es una de las cosas que más mortifica el calor natural y
deja al hombre frío, porque nuestra naturaleza (dice Galeno) se conserva con la
comida y bebida como la llama del candil con el aceite; y tanto calor natural
hay en el cuerpo humano cuanto es el manjar que se ha cocido, y tanto alimento
se ha de dar a comer cuanto fuere el calor, y si damos menos en cantidad luego
se disminuye; por la cual razón manda Hipócrates que a los niños no les hagamos
ayunar, porque se resuelven y consumen por falta de alimento.
La disciplina, si es dolorosa y con sangre, ¿quién no sabe que gasta y
consume muchos espíritus vitales y animales y que por la efusión de la sangre
pierde el hombre el pulso y el calor natural?
El sueño, dice Galeno, es una de las cosas que más fortifica el calor
natural, porque por él se entra a las cavidades del cuerpo y fortifica las
virtudes naturales, y, así, cuece el manjar y lo convierte en nuestra sustancia
y con la vigilia se corrompe y endurece. Y es la causa que el sueño calienta
las partes interiores y enfría las exteriores; y por lo contrario, la vigilia
enfría estómago, hígado y corazón (que es con lo que vivimos) y calienta las
partes exteriores, que es lo más innoble del cuerpo y de lo que menos nos
aprovechamos. De manera que el que se quita el sueño forzosamente ha de padecer
muchas enfermedades frías.
Del «dormir en el suelo, y comer no más que una vez, y andar mal vestido»,
dijo Hipócrates que gastaba la carne y la sangre, donde reside el calor
natural: semel tantum cibum sumere, duriter cubare,
nudusque ambulare. Y dando Galeno la razón por qué la cama dura
enflaquece y consume las carnes, dice que, solicitado el cuerpo con el dolor,
no le deja dormir, y dando muchas vueltas comprime por todas partes las carnes
y así no las deja crecer. Y cuánto calor se pierda gastando las carnes, dícelo
el mesmo Hipócrates enseñando cómo se hará el hombre prudente: conducit ad sapientiam ut minime carnosi sint, nam ad carnis
bonam habitudinem ardoris inflammationem fieri necesse est; como si
dijera: «conviene para la sabiduría que los hombres no tengan muchas carnes,
porque su temperamento es muy caliente»; y esta calidad echa a perder la
prudencia.
El rezar y meditar se hace subiendo el calor a la cabeza, por cuya
ausencia quedan las demás partes del cuerpo frías; y si es con mucha atención,
se viene a perder el sentido del tacto, del cual dijo Aristóteles que era
necesario para la vida de los animales, y los demás sentidos servían de
ornamento y perfección, porque sin gusto, olfato, vista y oído vemos que se
puede vivir. Mas estando el ánima elevada en alguna profunda contemplación, no
envía la facultad animal a las partes del cuerpo, sin la cual ni los oídos
pueden oír, ni los ojos ver, ni las narices oler, ni el gusto gastar, ni el
tacto tocar; por donde ni sienten frío los que están meditando, ni calor, ni
hambre, sed, ni cansancio. Y siendo el tacto la centinela que descubre al
hombre quién es el que le hace bien o mal, no se puede aprovechar de él; y así,
estando helado de frío, o abrasándose de calor, o muerto de hambre, pasa por
ello sin sentirlo, porque no hay quien le avise. En esta disposición, dice
Hipócrates que el ánima no hace lo que está obligada, pues siendo su oficio
animar el cuerpo y darle sentido y movimiento, lo deja desamparado: quicumque dolentes parte aliqua corpopis, omnino dolorem non
sentiunt, iis mens aegrotat. Pero la peor disposición que se halla en
los hombres de letras y en los demás que se dan a meditación, es la flaqueza de
estómago, que siempre cuece el manjar sin calor natural, por estar
ordinariamente en la cabeza; y así, está lleno de crudezas y flemas. Por donde,
Cornelio Celso encomienda que a los hombres que se dan a letras les confortemos
el estómago más que otra parte ninguna. De manera que el rezar, contemplar y
meditar enfría y deseca el cuerpo y lo hace melancólico. Y, así, dijo
Aristóteles: cur homines qui ingenio claruerunt, vel in
studiis philosophiae, vel in republica administranda, vel in carmine pangendo,
vel in artibus exercendis, melancholicos omnes fuisse videantur?
El apartarse de mujeres (teniendo antes su conversación) cuánto enfríe el
cuerpo, y cuántas alteraciones nuevas nazcan en el continente, pruébalo Galeno
por muchas experiencias que vio y notó. Especialmente cuenta lo que aconteció a
un amigo suyo, después de viudo: que se le quitó luego la gana de comer y no
podía digerir una yema de huevo; y si porfiaba a comer como solía, lo vomitaba
luego; y con esto andaba triste y melancólico. Al cual le aconsejó que se
casase si quería tener salud; y, así, dice: hic quam
celerrime liberatus est, ad pristinam consuetudinem reversus.
De los cantores cuenta el mesmo Galeno que, sabiendo por experiencia la
gran correspondencia que tienen testículos con la garganta, y que tratar con
mujeres les echaba a perder la voz, se hacían continentes por fuerza, por no
perder el comer y salario que por su música les daban; y con esto (dice Galeno)
tenían los instrumentos de la generación tan pequeños, fríos y rugosos, como si
fueran viejos. Al revés de los lujuriosos; cuyas partes por ser muy ejercitadas
y usadas, son muy crecidas, los vasos seminarios muy anchos y patentes, a los
cuales acude gran copia de sangre y calor natura. Porque, como dice Platón: ignavia quidem exsolvit, proprii autem officii exercitatio robus
augere, solet; como si dijera: «ejercitar las partes del cuerpo les hace
cobrar más fuerzas, y el no usar de ellas las debilita». Y así, es cierto que
en cada acto lujurioso se fortifican más los miembros genitales y quedan más
poderosos y codiciosos para volver otra vez a la obra; y cada vez que el hombre
resiste a la carne, queda más frío y con menos fuerzas para aquel acto. De
donde concluyó que el casto y continente, hecho por este camino, viene a parar
a frialdad habitual, con la cual obra tan sin pena ni contradicción como el
viejo y como el que nació frío de su propria naturaleza y como el capado. Y,
así, los que desean ser continentes y que no les irrite la carne, temiendo su
mucha flaqueza, usan de medicinas frías y de cosas que gasten y consuman la
simiente y la pongan fría; por quien se puede entender: beati
qui se castraverunt propter regnum Dei.
Todo esto que hemos dicho y probado de la lujuria y castidad, se ha de
entender de las demás virtudes y vicios. Porque cada uno tiene su particular
temperamento de calor y frialdad, y en el modo de sustancia que cada miembro
adquiere, y por la intensión o remisión de estas dos calidades. Dije de
calor y frialdad, porque ninguna virtud ni vicio se funda en humidad ni
sequedad. Porque, según la opinión de Aristóteles, estas dos calidades son pasivas,
y el calor y frialdad activas; y, así, dijo: mores enim
condit calidum aut frigidum, omnium maxime quae in nostro corpore habentur.
Y, con su sentencia, responde a la Escritura cuando dijo: utinam
frigidus esses, aut calidus, sed quia tepidus es et nec frigidus nec calidus
incipiam te vomere ex ore meo. La razón de esto restriba en que no se
hallan hombres templados en el punto de perfección que se requiere para fundar
las virtudes. Así, escogió la Escritura (y el Filósofo) al calor y frialdad;
por no haber otras calidades para asentar las virtudes. Aunque con su
contrapeso; porque, puesto caso que a frialdad y calor responden muchas
virtudes, también son fuente de muchos vicios, y, así, por maravilla no hay
hombre malo en quien no se hallen algunas virtudes naturales, ni tan virtuoso
que no tenga algún vicio.
Pero la calidad con que se halla mejor el ánima racional es la frialdad
del cuerpo. Esto se probará claramente discurriendo por todas las edades del
hombre: puericia, adolescencia, juventud, edad perfecta y vejez; donde
hallaremos que, por tener cada edad su particular temperamento, en unas es
vicioso y en otras virtuoso, en unas es imprudente y en otras sabio.
La puericia no es más que un temperamento caliente y húmido, en el cual
(dice Platón) está el ánima racional ahogada, sin poder usar de su
entendimiento y voluntad y libre albedrío, hasta que con el discurso del tiempo
pasa a otra edad y adquiere nuevo temperamento. Las virtudes de la niñez son
muchas, y pocos los vicios. Los niños, dice Platón, son admirativos, del cual
principio nacen todas las ciencias; lo segundo son disciplinables, blandos y
tiernos para introducirles cualquiera virtud; lo tercero son temerosos y
vergonzosos, que es el fundamento (dice Platón) de la temperancia; lo cuarto
tienen credulidad y son fáciles de persuadir; son caritativos, liberales,
castos y humildes; simples y no maliciosos. Atento a las cuales virtudes; dijo
Jesucristo a sus discípulos: nisi efficiamini sicut
parvulus iste, non intrabitis in regnum caelorum. De qué edad fuese este
niño que Dios les mostró, no se puede saber. Pero Hipócrates divide la puericia
en tres o cuatro partes; y porque dende un año hasta catorce van tomando
siempre muchos humores y diversos temperamentos, así padecen muchas enfermedades,
y por la mesma razón responden al ánima diferentes virtudes y vicios. En lo
cual restribando, Platón comienza a instruir a un niño desde el primer año,
aunque no sepa hablar, enseñando al ama que lo cría cómo le entenderá (por el
llorar, reír y callar) sus virtudes y vicios, y cómo se los corregirá. Las
virtudes de esta edad dice la Escritura que tenía Saúl cuando fue elegido por
rey: puer erat unius anni Saul quando coepit regnare.
Por donde parece que Dios hace la mesma partición que Hipócrates señalando por
años las virtudes de la puericia.
El adolescencia es la segunda edad del hombre; y cuéntase desde catorce
años hasta veinte y cinco. La cual, según la opinión de los médicos, no es
caliente, fría, húmida ni seca, sino en medio de estas calidades, templada. Con
esta temperatura, están los instrumentos del cuerpo como el ánima los ha
menester para todo género de virtud, especialmente para la prudencia; y, así,
dijo Hipócrates: quod humidissimum est in igne, et
siccissimum in aqua, si in corpore tamperamentum acceperint, anima est
sapientissima et memoria valentissima praedita. Las virtudes que dijimos
de la puericia parecen obras hechas con sólo instinto natural, como las hacen
las hormigas serpientes y abejas, sin discurso racional; pero las de la adolescencia
van hechas ya con discreción y prudencia, y así entiende el adolescente lo que
hace y a qué propósito, y conociendo el fin, dispone los medios para
conseguirlo. Cuando la Escritura dijo sensus et cogitatio
hominis prona est ab adolescentia sua ad malum se puede entender exclusive,
sacando la puericia y el adolescencia; que son las edades donde el hombre es
más virtuoso.
La tercera edad es la juventud, que se cuenta de veinte y cinco años hasta
treinta y cinco. Su temperamento es caliente y seco; del cual dijo Hipócrates: cum aqua superatur ab igne, fit anima insana et furiosa.
Y así lo muestra la experiencia; porque no hay maldad de que no esté tentado el
hombre en esta edad: ira, gula, lujuria, soberbia, homicidios, adulterios,
robos, temeridades, rapiña, audacia, enemistad, engaños, mentiras, bandos,
disensiones, venganzas, odios, injuria y protervia. En la cual edad viéndose
David, dijo: Domine, ne revoces me in dimidio dierum
meorum, porque la juventud está en medio de las cinco edades del hombre,
puericia, adolescencia, juventud, edad perfecta y vejez. Y es tan malo el
hombre en ella, que dijo Salomón: tria sunt difficilia
mihi, et quartum penitus ignoro: viam aquilae in coelo, viam colubris super
petram, viam navis in medio mari, et viam viri in adolescentia. Toma en
este lugar adolescencia por juventud.
De todo esto, cierto es que tiene alguna excusa de la culpa el ánima, pues
es la mesma por todo el discurso de las edades, y tan perfecta como Dios la
crió al principio, si no por los varios temperamentos que el cuerpo adquiere en
cada edad; y porque en la juventud está el cuerpo más destemplado, por esto
obra el ánima con más dificultad las obras virtuosas y con más facilidad las
viciosas. Esto es, a la letra, lo que dijo la Sabiduría: Puer
eram ingeniosus et sortitus sum animam bonam; et cum essem magis bonus, veni ad
corpus coinquinatum, et inveni quod aliter homo continens esse non potest nisi
Deus det; como si dijera: «A mí me dieron buena ánima, y de niño era muy
ingenioso; y siendo más bueno (entiéndese en el adolescencia) vine después a un
cuerpo tan sucio y destemplado cual está en la juventud, y hallé por mi cuenta
que el hombre no podía tener castidad y continencia si Dios no se la daba». Por
tanto, viéndose David fuera de tan mala edad, y acordándose de lo que en ella
había pasado, dijo: delicta juventutis meae et ignorantias
meas ne memineris.
En la cuarta edad, que es de consistencia, torna el hombre a templarse en
la aposición de calor y frialdad; porque quien de mucho calor baja a frialdad,
forzosamente ha de pasar por el medio. Y con la sequedad que le quedó al cuerpo
de la juventud, se hace el ánima prudentísima. Por donde los hombres que han
vivido mal en la juventud dan las vueltas notables que vemos, reconociendo la
mala vida pasada y viviendo de otra manera. Comienza esta edad dende treinta y
cinco años hasta cuarenta y cinco, en unos más y en otros menos, conforme a la
compostura y temperamento de cada uno.
La última edad del hombre es la vejez; en la cual está el cuerpo frío y seco,
y con mil enfermedades y flaco: todas las potencias perdidas, sin poder hacer
lo que antes solían. Pero, con ser el ánima racional la mesma que fue en la
puericia, adolescencia, juventud, consistencia y vejez, sin haber recibido
ninguna alteración que le debilitase sus potencias, venida a esta última edad y
con este temperamento frío y seco, es prudentísima, justa, fuerte y con
temperancia; y aunque al hombre se han de atribuir estas obras, pero el ánima
es el primer movedor, conforme aquello: anima est
principium intelligendi. Todo el tiempo que el cuerpo está poderoso, con
fuertes facultades vitales, naturales y animales, acuden muy pocas virtudes
morales al hombre; pero en perdiendo las fuerzas, luego el ánima crece en
virtudes. Parece que quiso sentir esto san Pablo cuando dijo: virtus in infirmitate perficitur; como si dijera: «la
virtud y fuerzas del ánima racional se perficionan cuando el cuerpo está
enfermo». Y así parece, porque en ninguna edad está el cuerpo más flaco que en
la vejez, ni el ánima más libre y suelta para obrar conforme a razón.
Pero con todo eso, cuenta Aristóteles seis vicios que tienen los viejos
por razón de la frialdad que el hombre tiene en esta edad. Lo primero son
cobardes, porque el ánimo y valentía consiste en el mucho calor y sangre del
corazón, y los viejos tienen poca y muy fría. Lo segundo son avarientos, y
guardan el dinero más de lo que es menester; porque, estando ya en los
postreros tercios de la vida y que la razón les había de dictar que con poca
hacienda podrían pasar, entonces les crece más la codicia, como si estuvieran
en la niñez y considerando que les restaba cinco edades por pasar y que era
bien guardar con qué comprar de comer. Lo tercero son sospechosos; y no sé la
razón por qué Aristóteles lo llama vicio, siendo verdad que esto les nace de
haber visto por experiencia tantas maldades de los hombres, y acordándose de
los vicios y pecados que ellos propios cometieron en su mocedad; y, así, viven
siempre con recato, sabiendo que hay poco que fiar de los hombres. Lo cuarto
son de mala esperanza y jamás piensan que los negocios han de suceder bien; y
de dos o tres fines que pueden tener, siempre eligen el peor y aquél están
esperando. Lo quinto son desvergonzados; porque la vergüenza, dice Aristóteles,
pertenece a la sangre; y, como los viejos carecen de este humor, no pueden ser
vergonzosos. Lo sexto son incrédulos: jamás piensan que les dicen verdad,
trayendo a la memoria los embustes y engaños de los hombres y lo que han visto
en el mundo en el largo discurso de su vida. Las virtudes contrarias (dice
Aristóteles) tienen los mozos. Son animosos, liberales, jamás sospechan mal,
son de buena esperanza, vergonzosos, y fáciles de persuadir y creer.
Lo mesmo que hemos probado en las edades del hombre pudiéramos demostrar
en el sexo: qué virtudes y vicios tiene el hombre, y cuáles la mujer. Y por
razón de los humores: sangre, cólera, flema y melancolía. Y por razón de las
regiones y lugares particulares: en una provincia son los hombres magnánimos y
en otra pusilánimos, en una prudentes y en otra imprudentes, en una verdaderos
y en otra mentirosos, como es aquello del Apóstol: cretenses
semper mendaces, malae bestiae ventris pigri. Y si discurrimos por las
comidas y bebidas, hallaremos que unas ayudan a la virtud y contradicen al
vicio, y otras favorecen al vicio y contradicen a la virtud, pero de tal manera
que el hombre quede libre para hacer lo que quisiere, conforme aquello: apposuit tibi aquam et ignem: ad quod volueris porrige manum
tuam. Porque ningún temperamento de éstos hay que (no quitando al hombre
su juicio) lo fuerce a nada, salvo a la irritación.
Y es de notar que, en la meditación y contemplación de las cosas, adquiere
el hombre nuevo temperamento sobre el que tienen los miembros de su cuerpo.
Porque, como adelante probaremos, de tres potencias que tiene el hombre,
memoria entendimiento e imaginativa, sola la imaginativa (dice Aristóteles) es
libre para imaginar lo que quisiere. Y de las obras de esta potencia (dicen
Hipócrates y Galeno) andan siempre asidos los espíritus vitales y sangre
arterial; y los echa a la parte que quiere; y donde acude este calor natural
queda la parte más poderosa para hacer su obra, y las demás con menos fuerzas.
Y, así, aconseja Galeno a los cantores de la diosa Diana que no se pongan a
contemplar en mujeres, porque de sólo esto, sin acto carnal, se les calientan
los instrumentos de la generación; y, éstos calientes, luego la voz se pone
áspera y ronca, porque como dijo Hipócrates: tussis
sedatio, tumor testium, et e contra. Y si alguno se pone a considerar y
meditar en la injuria que otro le ha hecho, luego se sube el calor natural y
toda la sangre al corazón, y fortifica la facultad irascible y debilita la
racional; y si pasa la consideración a que Dios manda perdonar las injurias y
hacer bien a nuestros enemigos, y al premio que da por ello, vase todo el calor
natural y sangre a la cabeza, y fortifica la facultad racional y debilita la
irascible. Y, así, estando en nuestra elección fortificar con la imaginativa la
potencia que quisiéremos, con razón somos premiados cuando fortificamos la
racional y debilitamos la irascible, y con justa causa somos culpados cuando
fortificamos la irascible y debilitamos la racional.
De aquí se entiende claramente con cuánta razón encomiendan los filósofos
morales la meditación y consideración de las cosas divinas, pues con sola ella
adquirimos el temperamento que el ánima racional ha menester y debilitamos la
porción inferior. Pero una cosa no puedo callar antes que concluya con este
capítulo, y es que todos los actos de virtud puede el hombre ejercitar sin
haber en el cuerpo cómodo temperamento, aunque con mucha dificultad y trabajo,
si no son los actos de prudencia. Porque, si un hombre salió imprudente de las
manos de Naturaleza, sólo Dios lo puede remediar. Y lo mesmo se entiende de la
justicia distributiva y de todas las artes y ciencias que aprenden los hombres.
Donde se declara qué
parte del cuerpo ha de estar bien templada para que el muchacho tenga habilidad
Tiene el cuerpo
humano tanta variedad de partes y potencias (aplicadas cada una para su fin),
que no será fuera de propósito, antes cosa necesaria, saber primero qué miembro
ordenó Naturaleza por instrumento principal para que el hombre fuese sabio y
prudente. Porque cierto es que no raciocinamos con el pie, ni andamos con la
cabeza, ni vemos con las narices, ni oímos con los ojos; sino que cada una de
estas partes tiene su uso, y particular compostura para la obra que ha de
hacer.
Antes que naciese Hipócrates y Platón, estaba muy recebido entre los
filósofos naturales que el corazón era la parte principal donde residía la
facultad racional, y el instrumento con que nuestra ánima hacía las obras de
prudencia, solercia, memoria y entendimiento; y así la divina Escritura, acomodándose
a la común manera de hablar de aquel tiempo, llama en muchas partes corazón a
la parte superior del hombre. Pero venidos al mundo estos dos graves filósofos,
dieron a entender que era falsa aquella opinión y probaron con muchas razones y
experiencias que el celebro era el asiento principal del ánima racional; y así
lo recibieron todos, si no fue Aristóteles, el cual, con ánimo de contradecir
en todo a Platón, tornó a refrescar la opinión primera y con argumentos tópicos
hacerla probable.
Cuál sea la más verdadera sentencia ya no es tiempo de ponerlo en
cuestión, porque ningún filósofo duda en esta era que el celebro es el
instrumento que naturaleza ordenó para que el hombre fuese sabio y prudente.
Sólo conviene explicar qué condiciones ha de tener esta parte para que se pueda
decir estar bien organizada y que el muchacho, por esta razón, tenga buen
ingenio y habilidad.
Cuatro condiciones ha de tener el celebro para que el ánima racional pueda
con él hacer cómodamente las obras que son de entendimiento y prudencia. La
primera es buena compostura; la segunda, que sus partes estén bien unidas; la
tercera, que el calor no exceda a la frialdad, ni la humidad a la sequedad; la
cuarta, que la sustancia esté compuesta de partes sutiles y muy delicadas. En la
buena composición se encierran otras cuatro cosas. La primera es buena figura;
la segunda, cantidad suficiente; la tercera, que en el celebro haya cuatro
ventrículos distintos y apartados, cada uno puesto en su asiento y lugar: la
cuarta, que la capacidad de éstos no sea mayor ni menor de lo que conviene a
sus obras.
La buena figura del celebro arguye Galeno considerando por de fuera la
forma y compostura de la cabeza, la cual dice que sería tal cual conviene
tomando una bola de cera perfectamente redonda, y apretándola livianamente por
los lados: quedaría de esta manera la frente y el colodrillo con un poco de
giba. De donde se sigue que tener el hombre la frente muy llana y el colodrillo
remachado, que no tiene su celebro la figura que pide el ingenio y habilidad.
La cantidad de celebro que ha menester el ánima para discurrir y
raciocinar es cosa que espanta, porque entre los brutos animales ninguno hay
que tenga tantos sesos como el hombre, de tal manera, que si juntásemos los que
se hallan en dos bueyes muy grandes, no igualarían con los de un solo hombre
por pequeño que fuese. Y lo que es más de notar: que entre los brutos animales;
aquellos que se van llegando más a la prudencia y discreción humana (como es la
mona, la zorra y el perro), éstos tienen mayor cantidad de celebro que los
otros, aunque en corpulencia sean mayores. Por donde dijo Galeno que la cabeza
pequeña era siempre viciosa en el hombre, por tener falta de sesos; aunque
también afirmó que si la grande nacía de haber mucha materia, y mal sazonada,
al tiempo que Naturaleza la formó, que es mal indicio, porque toda es huesos y
carne, y muy pocos sesos; como acontesce en las naranjas muy grandes, que
abiertas tienen poca medula y la cáscara muy canteruda. Ninguna cosa ofende
tanto el ánima racional, como estar en un cuerpo cargado de huesos, de pringue
y de carne. Y, así, dijo Platón que las cabezas de los hombres sabios
ordinariamente eran flacas y se ofendían fácilmente con cualquiera ocasión; y
es la causa que Naturaleza las hizo a teja vana con intento de no ofender al
ingenio cargándolas de mucha materia. Y es tan verdadera esta doctrina de
Platón, que, con estar el estómago tan desviado del celebro, le viene a ofender
si está lleno de pringue y carne; en confirmación de lo cual trae Galeno un
refrán que dice: el vientre grueso engendra grueso entendimiento. Y en
esto no hay más misterio de que el celebro y el estómago están asidos y
trabados con ciertos nervios por los cuales el uno al otro se comunican sus
daños. Y por el contrario, siendo el estómago enjuto y descarnado, ayuda
grandemente al ingenio, como lo vemos en los famélicos y necesitados; en la
cual doctrina se pudo fundar Persio cuando dijo que el vientre era el que daba
ingenio al hombre.
Pero lo que más se ha de notar en este propósito es que si las demás
partes del cuerpo son gruesas y carnosas, por donde el hombre viene a tener
gran corpulencia, dice Aristóteles que le echa a perder el ingenio. Por donde
estoy persuadido que si el hombre tiene gran cabeza aunque haya sido la causa
estar Naturaleza muy fuerte y por haber tenido cantidad de materia bien
sazonada, que no terná tan buen ingenio como siendo moderada. Aristóteles es de
contraria opinión, preguntando qué es la causa que el hombre es el más prudente
de todos los animales; a la cual duda responde que ningún animal hay que tenga
tan pequeña cabeza como el hombre, respecto de su cuerpo; y entre los hombres,
aquéllos (dice) son más prudentes que tienen menor cabeza. Pero no tiene razón;
porque si él abriera la cabeza de un hombre, y viera la cantidad de sesos que
tiene, hallara que dos caballos juntos no tienen tantos sesos como él. Lo que
yo he hallado por experiencia es que, en los hombres pequeños de cuerpo, es
mejor declinar la cabeza a grande, y en los que son de mayor corpulencia, a
pequeña; y es la razón que de esta manera se halla la cantidad moderada con la
cual obra bien el ánima racional.
Fuera desto, son menester cuatro ventrículos en el celebro para que el
ánima racional pueda discurrir y filosofar. El uno ha de estar colocado en el
lado derecho del celebro, y el segundo en el izquierdo, y el tercero en el
medio de estos dos, y el cuarto en la postrera parte del celebro, como parece
en esta figura. De qué sirvan estos ventrículos y las capacidades anchas o
angostas al ánima racional, adelante lo diremos tratando de las diferencias de
ingenio que hay en el hombre. Pero también no basta que el celebro tenga buena
figura, cantidad suficiente, y el número de ventrículos que hemos dicho con su
capacidad poca o mucha, sino que sus partes guarden cierto género de
continuidad y que no estén divisas. Por la cual razón hemos visto, en las
heridas de la cabeza, unos hombres perder la memoria, otros el entendimiento y
otros la imaginación; y, puesto caso que después de sanos volvió el celebro a
juntarse, pero no a la unión natural que él tenía de antes.
La tercera condición de las cuatro principales era estar el celebro bien
templado, con moderado calor y sin exceso de las demás calidades; la cual
disposición dijimos atrás que se llamaba buena naturaleza, porque es la que
principalmente hace al hombre hábil, y la contraria, inhábil.
Pero la cuarta, que es tener el celebro la sustancia o compostura de
partes sutiles y muy delicadas, dice Galeno que es la más importante de todas;
porque, quiriendo dar indicio de la buena compostura del celebro, dice que el
ingenio sutil es señal que el celebro está hecho de partes sutiles y muy
delicadas, y si el entendimiento es tardo arguye gruesa sustancia; y no hace
mención del temperamento.
Estas condiciones ha de tener el celebro para que el ánima racional pueda
hacer con él sus razones y silogismos. Pero hay de por medio una dificultad muy
grande. Y es que si abrimos la cabeza de cualquier bruto animal, hallaremos que
su celebro está compuesto de la misma forma y manera que el del hombre, sin
faltarle ninguna condición de las dichas. Por donde se entiende que los brutos
animales usan también de prudencia y razón mediante la compostura de su
celebro, o que nuestra ánima racional no se aprovecha de este miembro por
instrumento para sus obras, lo cual no se puede afirmar.
A esta duda responde Galeno diciendo: In animantium
genere quod irrationale appellatur, nulla omnino data ratio sit, sane dubium
est. Nam etsi caret ea quae in voce versatur, quam sermonem nominant, quae
tamen animo concipitur, quam ratiocinium dicunt, ejus fortasse particeps omne
genus animalium est, quamque aliis parcius aliis liberalius tributa sit. Sed
profecto quam caeteris animantibus homo sit hac ipsa ratione praestantior, nemo
est qui dubitet. Por estas palabras da a entender Galeno, aunque con
algún miedo, que los brutos animales participan de razón, unos más y otros
menos, y dentro de su ánimo usan de algunos silogismos y discursos, puesto caso
que no lo puedan explicar por palabras; y que la diferencia que les hace el
hombre consiste en ser más racional y usar de prudencia con más perfección.
También el mesmo Galeno prueba con muchas experiencias y razones que los asnos,
siendo entre los brutos animales los más nescios, alcanzan con su ingenio las
cosas más sutiles y delicadas que Platón y Aristóteles hallaron; y así colige
diciendo: Ergo tantum abest ut veteres philosophos laudem
tamquam amplum aliquid magnaeque subtilitatis invenerint, quod idem ac
diversum, unum ac non unum non solum numero, sed etiam specie sit in audiendum,
ut etiam ipsis asinis, qui tamen omnium brutorum stupidissimi videntur, hoc
inesse natura dicam.
Esto mesmo quiso sentir Aristóteles cuando preguntó qué es la causa que el
hombre es el más prudente de todos los animales; y en otra parte torna a
preguntar qué es la razón que el hombre es el más injusto de todos los
animales. Por donde da a entender lo mesmo que dijo Galeno: que la diferencia
que hay del hombre al bruto animal es la mesma que se halla entre el hombre
nescio y el sabio, no más de por intensión. Ello cierto, no hay que dudar sino
que los brutos animales tienen memoria, imaginativa y otra potencia que parece
al entendimiento, como la mona retrae al hombre. Y que su ánima se aproveche de
la compostura del celebro es cosa muy cierta; la cual, siendo buena y tal cual
conviene, hace sus obras muy bien y con mucha prudencia, y si el celebro está
mal organizado, las yerra. Y, así, vemos que hay asnos que lo son propiamente
en el saber, y otros se hallan tan agudos y maliciosos, que pasan de su
especie. Y entre los caballos se hallan muchas ruindades y virtudes, y unos más
disciplinables que otros; todo lo cual acontece por tener bien o mal organizado
el celebro. La razón y solución de esta duda daremos luego en el capítulo que
se sigue, porque allí se torna a tocar esta materia.
Otras partes hay en el cuerpo de cuyo temperamento depende tanto el
ingenio como del celebro; de las cuales diremos en el postrer capítulo de esta
obra. Pero, fuera de ellas y del celebro, hay otra sustancia en el cuerpo de
quien se aprovecha el ánima racional en sus obras; y así pide las tres
postreras calidades como el celebro, que son cantidad suficiente, delicada
sustancia y buen temperamento. Éstos son los espíritus vitales y sangre
arterial, los cuales andan vagando por todo el cuerpo y están siempre asidos a
la imaginación y siguen su contemplación. El oficio de esta sustancia
espiritual es despertar las potencias del hombre y darles fuerza y vigor para
que puedan obrar.
Conócese claramente ser éste su uso considerando los movimientos de la
imaginativa y lo que sucede después en la obra. Porque si el hombre se pone a
imaginar en alguna afrenta que le han hecho, luego acude la sangre arterial al
corazón y despierta la irascible, y le da calor y fuerzas para vengarse. Si el
hombre está contemplando en alguna mujer hermosa, o está dando y tomando con la
imaginación en el acto venéreo, luego acuden estos espíritus vitales a los
miembros genitales y los levantan para la obra. Lo mesmo acontesce cuando se
nos acuerda de algún manjar delicado y sabroso: luego desamparan todo el cuerpo
y acuden el estómago, y hinchen la boca de agua. Y es tan veloz su movimiento,
que si alguna mujer preñada tiene antojo de cualquier manjar y está siempre
imaginando en él, vemos por experiencia que viene a mover si de presto no se lo
dan; y es la razón natural que estos espíritus vitales, antes del antojo, y con
la nueva imaginación del manjar, viénense al estómago a levantar el apetito; en
el ínterin, si el útero no tiene fuerte retentriz, no la puede sustentar, y así
la viene a mover.
Entendiendo Galeno la condición de estos espíritus vitales, aconseja a los
médicos que no den de comer a los enfermos estando los humores crudos y por
cocer; porque, en sintiendo que hay manjar en el estómago, luego dejan lo que
están haciendo y se vienen a él para le ayudar.
Este mesmo beneficio y ayuda recibe el celebro de estos espíritus vitales
cuando el ánima racional quiere contemplar, entender, imaginar y hacer actos de
memoria; sin los cuales no puede obrar. Y de la manera que la sustancia gruesa
del celebro y su mal temperamento echan a perder el ingenio, así los espíritus
vitales y sangre arterial, no siendo delicados y de buen temperamento, impiden
al hombre su discurso y raciocinio. Por esto dijo Platón que la blandura y buen
temperamento del corazón hace el ingenio agudo y perspicaz (habiendo probado
atrás que el celebro y no el corazón era el asiento principal del ánima
racional); y es la razón que estos espíritus vitales se engendran en el
corazón, y tal substancia y temperamento toman cual le tenía el que los formó.
De esta sangre arterial se entiende lo que dijo Aristóteles: estar bien
compuestos los hombres que tienen la sangre caliente, delicada y pura, porque
juntamente son de buenas fuerzas corporales y de ingenio muy acendrado.
Y a estos espíritus vitales llaman los médicos Naturaleza, porque son
instrumento principal con que el ánima racional hace sus obras. Y de éstos
también se puede verificar aquella sentencia: Natura facit
habilem.
Donde se muestra que el
ánima vegetativa, sensitiva y racional son sabias sin ser enseñadas de nadie,
teniendo el temperamento conveniente que piden sus obras
Tiene tanta
fuerza el temperamento de las cuatro calidades primeras (a quien atrás llamamos
Naturaleza) para que las plantas, los brutos animales y el hombre
acierten a hacer cada cual las obras que son proprias de su especie, que si
llega a estar en el punto perfecto que puede tener, repentinamente, y sin que
nadie les enseñe, saben las plantas formar raíces en la tierra y por ellas
traer el alimento, retenerle, cocerle y expeler los excrementos; y los brutos
conocen luego en naciendo lo que es conveniente a su naturaleza y huyen de lo
que es malo y nocivo. Y lo que más viene a espantar a los que no saben
filosofía natural es que el hombre, teniendo el celebro bien templado y con la
disposición que alguna ciencia ha menester, repentinamente y sin jamás haberla
aprendido de nadie, dice y habla en ella cosas tan delicadas, que no se pueden
creer.
Los filósofos vulgares, viendo las obras maravillosas que hacen los brutos
animales, dicen que no hay que espantar, porque lo hacen con instinto de
naturaleza, la cual muestra y enseña a cada uno en su especie lo que ha de
hacer. Y en esto dicen muy bien, porque ya hemos dicho y probado que Naturaleza
no es otra cosa más que el temperamento de las cuatro calidades primeras, y que
éste es el maestro que enseña a las ánimas cómo han de obrar. Pero ellos llaman
instinto de naturaleza a cierta maraña de cosas que suben de las tejas arriba,
y jamás lo han podido explicar ni dar a entender.
Los graves filósofos, como son Hipócrates, Platón y Aristóteles, reducen
todas estas obras maravillosas al calor, frialdad, humidad y sequedad; y esto
toman por primer principio, y no pasan de aquí. Y preguntando quién enseñó a
los brutos animales hacer las obras que nos espantan, y a los hombres
raciocinar, responde Hipócrates: Natura omnium sine
doctore; como si dijera: «las facultades, o el temperamento en que
consisten, todas son sabias sin haberlo aprendido de nadie». Lo cual parece muy
claro considerando las obras del ánima vegetativa (y de todas las demás que
gobiernan al hombre): que si tiene un pedazo de simiente humana, con buena
temperatura, bien cocida y sazonada, hace un cuerpo tan bien organizado y
hermoso, que todos los entalladores del mundo no lo sabrían contrahacer; en
tanto que, admirado Galeno de ver una fábrica tan maravillosa, el número que
tiene de partes, el asiento y figura, el uso y oficio de cada una por sí, vino
a decir que no era posible que el ánima vegetativa ni el temperamento supiesen
hacer una obra tan extraña, sino que el autor de ella era Dios o alguna
inteligencia muy sabia.
Pero esta manera de hablar ya la dejamos reprobada atrás, porque a los
filósofos naturales no les está bien reducir los efectos inmediatamente a Dios,
dejando por contar las causas intermedias; mayormente en este caso, donde vemos
por experiencia que si la simiente humana es de mala sustancia y no tiene el
temperamento que conviene, hace el ánima vegetativa mil disparates. Porque, si
es fría y húmida más de lo que es menester, dice Hipócrates que salen los
hombres eunucos o hermafroditas; y si es muy caliente y seca, dice Aristóteles
que los hace hocicudos, patituertos y las narices remachadas como son los de
Etiopía; y si es húmida, dice el mesmo Galeno que salen largos, y desvaídos; y
siendo seca, nacen pequeños de cuerpo. Todo lo cual es gran fealdad en la
especie humana, y de tales obras no hay que loar a Naturaleza ni tenerla por
sabia. Y si Dios fuera el autor, ninguna destas calidades le podía estorbar.
Solos los primeros hombres que hubo en el mundo dice Platón que los hizo Dios;
pero los demás nacieron por el discurso de las causas segundas, las cuales, si
están bien ordenadas, hace el ánima vegetativa muy bien sus obras, y si no
concurren como conviene, produce mil disparates.
Cuál será el buen orden de naturaleza para este efecto: es tener el ánima
vegetativa buen temperamento. Y si no, responda Galeno y todos los filósofos
del mundo: ¿qué es la razón que el ánima vegetativa tiene tanto saber y poder
en la primera edad del hombre (en formar el cuerpo, aumentarle y nutrirle) y
venida la vejez no puede hacer? Porque si al viejo se le cae una muela, no hay
remedio de tornarle a nacer; y si al muchacho le faltan todas, vemos que
Naturaleza las torna a hacer. Pues ¿es posible que una ánima que no ha hecho
otra cosa, en todo el discurso de la vida, sino traer el manjar, retenerlo, cocerle
y expeler los excrementos y reengendrar las partes que faltan, que al cabo de
la vida se le haya olvidado y que no lo pueda hacer? Cierto es que responderá
Galeno que ser sabia y poderosa el ánima vegetativa en la niñez, que nace de
tener mucho calor y humidad natural, y en la vejez no lo puede hacer, ni sabe,
por la mucha frialdad y sequedad que tiene el cuerpo en esta edad.
También la sabiduría del ánima sensitiva depende del temperamento del
celebro; porque si es tal cual sus obras le piden y han menester, las acierta
muy bien a hacer, y si no, también las yerra como el ánima vegetativa. El medio
que tuvo Galeno para contemplar y conocer por vista de ojos la sabiduría del
ánima sensitiva fue tomar un cabrito luego en naciendo; el cual, puesto en el
suelo, comenzó a andar como si le hubieran enseñado y dicho que las piernas se
habían hecho para tal uso; y tras esto, se sacudió de la humidad superflua que
sacó de la madre; y alzando el pie, se rascó tras la oreja, y poniéndole muchas
escudillas delante con vino, agua, vinagre, aceite y leche, después de haberlas
olido todas, de sola la leche comió. Lo cual visto por muchos filósofos que a
la sazón se hallaron presentes, a voces dijeron: «¡Gran razón tuvo Hipócrates
en decir que las ánimas eran sabias sin haber tenido maestro!». Y no sólo se
contentó Galeno con esto; pero pasados dos meses, lo sacó al campo muerto de
hambre; y oliendo muchas yerbas, de solas aquéllas comió que las cabras suelen
pacer.
Pero, si como Galeno se puso a contemplar las obras de este cabrito, lo
hiciera entre tres o cuatro juntos, viera que unos andaban mejor que otros, se
sacudían mejor, se rascaban mejor y hacían mejor hechas las obras que hemos
contado. Y si Galeno criara dos potros, hijos de unos mesmos padres, viera que el
uno se hollaba con más gracia y donaire, corría y paraba mejor, y tenía más
fidelidad. Y Si tomara un nido de halcones y los criara, hallara que el primero
era gran volador, el segundo gran cazador y el tercero goloso y de malas
costumbres. Lo mesmo hallara en los podencos y galgos; que, siendo hijos de
unos mesmos padres, al uno no le faltaba más que hablar en la caza y al otro no
le imprime más que si fuera mastín de ganado.
Todo esto no se puede reducir a aquellos vanos instintos de Naturaleza que
fingen los filósofos. Porque, preguntando por qué razón el un perro tiene más
instinto que el otro, siendo ambos de la mesma especie y hijos de un mesmo
padre, yo no sé qué podrían responder, si no es acudir luego a su bordón,
diciendo que Dios le enseñó al uno más que al otro y le dio más instinto
natural. Y tornándoles a repreguntar qué es la causa que este buen perro,
siendo mozo es un gran cazador y venida la vejez no tiene tanta habilidad, y,
por el contrario, de mozo no saber cazar y de viejo ser astuto y mañoso, no sé
qué puedan responder. Yo, a lo menos, diría que ser el perro más hábil para la
caza que el otro nace de tener mejor temperamento en el celebro; y otras veces
cazar bien de mozo y no poderlo hacer de viejo, que proviene que en la una edad
tiene el temperamento que requieren las habilidades de la caza, y en la otra
no. De donde se infiere que, pues la temperatura de las cuatro calidades
primeras es la razón y causa por donde un bruto animal hace mejor las obras de
su especie que otro, que el temperamento es el maestro que enseña al ánima
sensitiva lo que ha de hacer.
Y si Galeno considerara las sendas y caminos de la hormiga y contemplara
su prudencia, su misericordia, su justicia y gobernación, se le acabara el
juicio, viendo un animal tan pequeño con tanta sabiduría sin tener preceptos ni
maestro que le enseñase. Pero, sabida la temperatura que la hormiga tiene en su
celebro, y viendo cuán apropiada es para la sabiduría (como adelante se
mostrará) cesará el admiración y entenderemos que los brutos animales, con el
temperamento de su celebro y con las fantasmas que les entran por los cinco
sentidos, hacen los discursos y habilidades que les notamos. Y entre los
animales de una mesma especie, el que fuere más disciplinable e ingenioso nace
de tener el celebro más bien templado; y si por alguna ocasión o enfermedad se
le alterase el buen temperamento del celebro, perdería luego la prudencia y
habilidad, como lo hace el hombre.
Del ánima racional es ahora la dificultad: cómo ella también tiene instinto
natural para las obras de su especie, que son sabiduría y prudencia; y cómo de
repente, por razón del buen temperamento, puede saber el hombre las ciencias
sin haberlas oído de nadie; pues nos muestra la experiencia que, si no se
aprenden, ninguno nace con ellas.
Entre Platón y Aristóteles hay una cuestión muy reñida sobre averiguar la
razón y causa de donde puede nacer la sabiduría del hombre. El uno dice que
nuestra ánima racional es más antigua que el cuerpo; porque, antes que
Naturaleza le organizase, estaba ya ella en el cielo en compañía de Dios, de
donde salió llena de ciencia y sabiduría; pero, entrando a informar la materia,
por el mal temperamento que en ella halló, las perdió todas, hasta que andando
el tiempo se vino a enmendar la mala temperatura, y sucedió otra en su lugar,
con la cual (por ser acomodada a las ciencias que perdió) poco a poco vino a
acordarse de lo que ya tenía olvidado. Esta opinión es falsa; y espántome yo de
Platón, siendo tan gran filósofo, que no supiese dar razón de la sabiduría
humana viendo que los brutos animales tienen sus prudencias y habilidades
naturales, sin que su alma salga del cuerpo ni vaya al cielo a aprenderlas. Por
donde no carece de culpa, mayormente habiendo leído en el Génesis, a quien él
tanto crédito daba, que Dios organizó primero el cuerpo de Adán, antes que
criase el ánima. Eso mesmo acontesce ahora, salvo que Naturaleza engendra el
cuerpo, y en la última disposición cría Dios el ánima en el mesmo cuerpo, sin
estar fuera de él tiempo ni momento.
Aristóteles echó por otro camino, diciendo: omnis
doctrina omnisque disciplina ex praexistenti fit cognitione; como si
dijera: «todo cuanto saben y aprenden los hombres nace de haberlo oído, visto,
olido, gustado y palpado, porque ninguna noticia puede haber en el
entendimiento que no haya pasado primero por alguno de los cinco sentidos». Y,
así, dijo que estas potencias salen de las manos de Naturaleza «como una tabla
rasa donde no hay pintura ninguna». La cual opinión también es falsa como la de
Platón. Y para que mejor lo podamos dar a entender y probar, es menester
convenir primero con los filósofos vulgares que en el cuerpo humano no hay más
que un ánima, y ésta es la racional, la cual es principio de todo cuanto
hacemos y obramos; puesto caso que en esto hay opiniones y no falta en
contrario quien defienda que en compañía del ánima racional hay otras dos o
tres.
Siendo, pues, así, en las obras que hace el ánima racional como
vegetativa, ya hemos probado que sabe formar al hombre, y darle la figura que
ha de tener; y sabe traer el alimento, retenerle, cocerle y expeler los
excrementos; y si alguna parte falta en el cuerpo, la sabe rehacer de nuevo y
darle la compostura que ha de tener conforme al uso. Y en las obras de
sensitiva y motiva, sabe luego el niño, en naciendo, mamar y menear los labios
para sacar la leche, y con tal maña, que ningún hombre, por sabio que sea, lo
acertara a hacer; y con esto atina a las calidades que convienen a la
conservación de su naturaleza, y huye de lo que es nocivo y dañoso, sabe llorar
y reír sin haberlo aprendido de nadie. Y si no, digan los filósofos vulgares
quién enseñó a los niños hacer estas obras, o por qué sentido les vino. Bien sé
que responderán que Dios les dio aquel instinto natural, como a los brutos
animales; en lo cual no dicen mal, si el instinto natural es lo mesmo que el
temperamento.
Las obras proprias del ánima racional, que son entender, imaginar y hacer
actos de memoria, no las puede el hombre hacer luego en naciendo; porque el
temperamento de la niñez es muy disconveniente para ella, y muy apropiado para
la vegetativa y sensitiva; como el de la vejez, que es apropriado para el ánima
racional y malo para la vegetativa y sensitiva. Y si, como el temperamento que
sirve a la prudencia se adquiere poco a poco en el celebro, se pudiera juntar
todo de repente, de improviso supiera el hombre discurrir y filosofar mejor que
si en las escuelas lo hubiera aprendido; pero, como Naturaleza no lo puede
hacer sino por discurso de tiempo, así va el hombre adquiriendo poco a poco la
sabiduría. Y que sea ésta la razón y causa, pruébase claramente considerando
que, después de ser un hombre muy sabio, viene poco a poco a hacerse nescio,
por ir cada día (hacia la edad decrépita) adquiriendo otro temperamento
contrario. Yo para mí tengo entendido que si como Naturaleza hace al hombre de
simiente caliente y húmida (que es el temperamento que enseña a la vegetativa y
sensitiva lo que ha de hacer) le formara de simiente fría y seca, que en
naciendo supiera luego discurrir y raciocinar, y no atinara a mamar, por ser
esta temperatura disconveniente a tales obras.
Pero, para que se entienda por experiencia que si el celebro tiene el
temperamento que piden las ciencias naturales no es menester maestro que nos
enseñe, es necesario advertir en una cosa que acontesce cada día. Y es que si
el hombre cae en alguna enfermedad por la cual el celebro de repente mude su
temperatura (como es la manía, melancolía y frenesía) en un momento acontesce
perder, si es prudente, cuanto sabe, y dice mil disparates; y si es nescio,
adquiere más ingenio y habilidad que antes tenía.
De un rústico labrador sabré yo decir que, estando frenético, hizo delante
de mí un razonamiento encomendando a los circunstantes su salud, y que mirasen
por sus hijos y mujer si de aquella enfermedad fuese Dios servido llevarle, con
tantos lugares retóricos, con tanta elegancia y policía de vocablos como
Cicerón lo podía hacer delante del Senado. De lo cual admirados los
circunstantes, me preguntaron de dónde podía venir tanta elocuencia y sabiduría
a un hombre que estando en sanidad no sabía hablar; y acuérdome que respondí
que la oratoria es una ciencia que nace de cierto punto de calor, y que este
rústico labrador le tenía ya por razón de la enfermedad.
De otro frenético podré también afirmar que, en más de ocho días, jamás
habló palabra que no le buscase luego su consonante, y las más veces hacía una
copla redondilla muy bien formada. Y espantados los circunstantes de oír hablar
en verso a un hombre que en sanidad jamás lo supo hacer, dije que raras veces
acontescía ser poeta en la frenesía el que lo era en sanidad; porque el
temperamento que el celebro tiene, estando el hombre sano, con el cual es
poeta, ordinariamente se ha de desbaratar en la enfermedad y hacer obras
contrarias. Acuérdome que su mujer de este frenético, y una hermana suya que se
llamaba Marigarcía, le reprehendían porque decía mal de los santos. De lo cual
enojado el paciente, dijo a su mujer de esta manera: «Pues reniego de Dios por
amor de vos, y de Santa María por amor de Marigarcía, y de San Pedro por amor
de Juan de Olmedo». Y así fue discurriendo por muchos santos que hacían
consonancia con los demás circunstantes que allí estaban.
Pero esto es cifra y caso de poco momento respecto de las delicadezas que
dijo un paje de un Grande de estos reinos estando maníaco. El cual era tenido
en sanidad por mozo de poco ingenio; pero caído en la enfermedad, eran tantas
las gracias que decía, los apodos, las respuestas que daba a lo que le
preguntaban, las trazas que fingía para gobernar un reino del cual se tenía por
señor, que por maravilla le venían gentes a ver y oír, y el proprio señor jamás
se quitaba de la cabecera rogando a Dios que no sanase. Lo cual se pareció
después muy claro. Porque, librado el paje de esta enfermedad, se fue el médico
que le curaba a despedir del señor, con ánimo de recebir algún galardón o
buenas palabras; pero él le dijo de esta manera: «Yo os doy mi palabra, señor
doctor, que de ningún mal suceso he recebido jamás tanta pena, como de ver a este
paje sano; porque tan avisada locura no era razón trocarla por un juicio tan
torpe como a éste le queda en sanidad. Paréceme que de cuerdo y avisado lo
habéis tornado nescio, que es la mayor miseria que a un hombre puede
acontescer. El pobre médico, viendo cuán mal agradecida era su cura, se fue a
despedir del paje; y en la última conclusión de muchas cosas que habían
tratado, dijo el paje: «Señor doctor, yo os beso las manos por tan gran merced,
como me habéis hecho en haberme vuelto mi juicio; pero yo os doy mi palabra, a
fe de quien soy, que en alguna manera me pesa de haber sanado, porque estando
en mi locura vivía en las más altas consideraciones del mundo, y me fingía tan
gran señor que no había rey en la tierra que no fuese mi feudatario. Y que fuese
burla y mentira, ¿qué importaba?, pues gustaba tanto de ello como si fuera
verdad. ¡Harto peor es ahora, que me hallo de veras que soy un pobre paje y que
mañana tengo que comenzar a servir a quien, estando en mi enfermedad, no le
recibiera por mi lacayo!».
Todo esto no es mucho que lo reciban los filósofos y crean que pudo ser
así. Pero, ¿si yo les afirmase ahora, por historias muy verdaderas, que algunos
hombres ignorantes, padeciendo esta enfermedad, hablaron en latín sin haberlo
en sanidad aprendido? ¿Y de una mujer frenética que decía a cada persona de los
que la entraban a visitar sus virtudes y vicios, y algunas veces acertaba con
la certidumbre que suelen los que hablan por conjeturas y por indicios, por
esto ninguno la osaba ya entrar a ver, temiendo las verdades que decía? Y lo
que más causó admiración fue que, estándola el barbero sangrando, le dijo:
«Mirá, fulano, lo que hacéis, porque tenéis muy pocos días de vida, y vuestra
mujer se ha de casar con fulano». Y, aunque acaso, fue tan verdadero su
pronóstico, que antes de medio año se cumplió.
Ya me parece que oigo decir a los que huyen de la filosofía natural que
todo esto es gran burla y mentira, y, si por ventura fue verdad, que el
demonio, como es sabio y sutil, permitiéndolo Dios se entró en el cuerpo de
esta mujer y de los demás frenéticos que hemos dicho, y les hizo decir aquellas
cosas espantosas. Y aun confesar esto se les hace cuesta arriba, porque el
demonio no puede saber lo que está por venir, no tiniendo espíritu profético.
Ellos tienen por fuerte argumento decir: «esto es falso porque yo no entiendo
cómo puede ser», como si las cosas dificultosas y muy delicadas estuviesen
sujetas a los rateros entendimientos y de ellos se dejasen entender.
Yo no pretendo aquí convencer a los que tienen falta de ingenio, porque
esto es trabajar en vano, sino hacerle confesar a Aristóteles que los hombres,
tiniendo el temperamento que sus obras han menester, pueden saber muchas cosas
sin haber tenido de ellas particular sentido ni haberlas aprendido de nadie: Multi etiam propterea quod ille calor sedi mentis, in vicino
est, morbis vesaniae implicantur aut instinctu lymphatico infervescunt, ex quo
Sibillae efficiuntur, et Bacchae, et omnes qui divino spiraculo instigari
creduntur, cum scilicet id, non morbo, sed naturali intemperie accidit. Marcus
civis Syracusanus, poeta etiam praestantior erat dum mente alienaretur. Et
quibus nimius ille calor remissus ad mediocritatem fit, ii prosus melancholici
quidem, sed longe prudentiores. Por estas palabras confiesa claramente
Aristóteles que, por calentarse demasiadamente el celebro, vienen muchos
hombres a conocer lo que está por venir, como son las sibilas; lo cual dice
Aristóteles que no nace por razón de la enfermedad, sino por la desigualdad del
calor natural. Y que sea ésta la razón y causa pruébalo claramente por un
ejemplo, diciendo que Marco siracusano era más delicado poeta cuando estaba,
por el calor demasiado del celebro, fuera de sí; y volviéndose a templar,
perdía el metrificar, pero quedaba más prudente y sabio. De manera que no
solamente admitió Aristóteles por causa principal de estas cosas extrañas el
temperamento del celebro, pero aun reprehende a los que dicen ser esto
revelación divina y no cosa natural. El primero que llamó divinidades a estas
cosas maravillosas fue Hipócrates: et si quid divinum in
morbis habetur, illius quoque ediscere providentiam, por la cual
sentencia manda a los médicos que si los enfermos dijeren divinidades, que
sepan conocer lo que son y pronosticar en lo que han de parar. Pero lo que más
me admira en este punto es que, preguntándole a Platón de dónde pueda nacer que
de dos hijos de un mesmo padre el uno sepa hacer versos sin haberle nadie
enseñado, y el otro, trabajando en el arte de poesía, no los pueda hacer, responda
que el que nació poeta está endemoniado y el otro no. Y, así, tuvo razón
Aristóteles de reprehenderle, pudiéndolo reducir al temperamento como otras
veces lo hizo.
Hablar el frenético en latín sin haberlo en sanidad aprendido muestra la
consonancia que hace la lengua latina al ánima racional. Como adelante
probaremos, hay ingenio particular y acomodado para inventar lenguas; y son los
vocablos, latinos y las maneras que esta lengua tiene de hablar tan racionales,
y hacen tan buena consonancia en los oídos, que, alcanzando el ánima racional
el temperamento que es necesario para inventar una lengua muy elegante, luego
encuentra con ella. Y que dos inventores de lenguas puedan fingir unos mesmos
vocablos (tiniendo el mismo ingenio y habilidad) es cosa que se deja entender
considerando que, como Dios crió a Adán y le puso todas las cosas delante para
que a cada una le pusiera el nombre con que se había de llamar, formara luego
otro hombre con la mesma perfección y gracia sobrenatural, pregunto yo ahora:
si a éste le trujera Dios las mesmas cosas para darles el nombre que habían de
tener, ¿qué tales fueran? Yo no dudo sino que acertara con los mesmos de Adán;
y es la razón muy clara, porque ambos habían de mirar a la naturaleza de la
cosa, la cual no era más que una. De esta manera pudo el frenético encontrar
con la lengua latina y hablar en ella sin haberla en sanidad aprendido; porque,
desbaratándose por la enfermedad el temperamento natural de su celebro, pudo
hacerse por un rato como que el mesmo que tenía el que inventó la lengua
latina, y fingir como que los mismos vocablos (no con tanto concierto y
elegancia continuada, porque esto ya parece señal de que el demonio mueve la
lengua, como la Iglesia enseña a sus exorcistas).
Esto mesmo dice Aristóteles que ha acontescido en algunos niños, que en
naciendo hablaron palabras expresas y que después tornaron a callar; y
reprehende a los filósofos vulgares de su tiempo, que por ignorar la causa
natural de este efecto lo atribuían al demonio. La razón y causa de hablar los
niños luego en naciendo, y tornar luego a callar jamás la pudo hallar
Aristóteles, aunque dijo muchas cosas sobre ello; pero nunca le cupo en el
entendimiento que fuese invención del demonio ni efecto sobrenatural como
piensan los filósofos vulgares. Los cuales, viéndose cercados de las cosas
sutiles y delicadas de la filosofía natural, hacen entender a los que poco
saben que Dios o el demonio son autores de los efectos raros y prodigiosos,
cuyas causas naturales ellos no saben ni entienden.
Los niños que se engendran de simiente fría y seca, como son los hijos
habidos en la vejez, a muy pocos días y meses después de nacidos comienzan a
discurrir y filosofar; porque el temperamento frío y seco, como adelante
probaremos, es muy apropriado para las obras del ánima racional, y lo que había
de hacer el tiempo, los muchos días y meses, suplió la repentina templanza del
celebro, la cual se anticipó por muchas causas que hay para ello. Otros niños,
dice Aristóteles, que luego en naciendo comenzaron a hablar, y después callaron
todo el tiempo que no tuvieron la edad ordinaria y conveniente para hablar; el
cual efecto tiene la mesma cuenta y razón que lo que hemos dicho del paje, y de
los demás maniáticos y frenéticos y de aquel que habló de repente en latín sin haberlo
en sanidad aprendido. Y que los niños, estando en el vientre de su madre, y
luego en naciendo, puedan padecer estas mesmas enfermedades, es cosa que no se
puede negar.
El adivinar de la mujer frenética cómo pudo ser, mejor lo diera yo a
entender a Cicerón que a estos filósofos naturales. Porque cifrando la
naturaleza del hombre, dijo de esta manera: animal
providum, sagax, multiplex, acutum, menor, plenum rationis et consiIii, quem
vocamus hominem. Y, en particular, dice que hay naturaleza de hombres
que en conocer lo que está por venir hacen ventaja a otros: est enim vis et natura quaedam quae futura praenuntiat; quorum
vim atque naturam ratio nunquam explicuit. El error de los filósofos
naturales está en no considerar (como lo hizo Platón) que el hombre fue hecho a
semejanza de Dios, y que participa de su divina providencia, y que tiene
potencias para conocer todas tres diferencias de tiempo: memoria para lo
pasado, sentidos para lo presente, imaginación y entendimiento para lo que está
por venir. Y así como hay hombres que hacen ventaja a otros en acordarse de las
cosas pasadas, y otros en conocer lo presente, así hay muchos que tienen más
habilidad natural en imaginar lo que está por venir. Uno de los mayores
argumentos que forzaron a Cicerón para creer que el ánima racional era
incorruptible fue ver la certidumbre con que los enfermos decían lo por venir,
especialmente estando cercanos a la muerte. Pero la diferencia que hay entre el
espíritu profético y este ingenio natural es que lo que dice Dios por boca de
los profetas es infalible, porque es palabra expresa suya, y lo que el hombre
pronostica con las fuerzas de su imaginativa no tiene aquella certidumbre.
Los que dijeron que las virtudes y vicios que descubría la frenética a las
personas que la entraban a ver era artificio del demonio, sepan que Dios da a
los hombres cierta gracia sobrenatural para alcanzar y conocer qué obras son de
Dios y cuáles del demonio, la cual cuenta san Pablo entre los dones divinos y
la llama discretio spirituum; con la cual se conoce
si es demonio o algún ángel bueno el que nos viene a tocar. Porque muchas veces
viene el demonio a engañarnos con apariencia de buen ángel, y es menester esta
gracia y este don sobrenatural para conocerle y diferenciarlo del bueno. De este
don estarán más lejos los que no tienen ingenios para la filosofía natural
(porque esta ciencia y la sobrenatural que Dios infunde caen sobre una mesma
potencia, que es el entendimiento), si es verdad que (por la mayor parte) Dios
se acomoda en repartir las gracias al buen natural de cada uno, como arriba
dije. Estando Jacob en el artículo de la muerte, que es el tiempo donde el
ánima racional está más libre para ver lo que está por venir, entraron todos
sus doce hijos a verle y a cada uno en particular le dijo sus virtudes y vicios
y profetizó lo que sobre ellos y sus descendientes había de acontescer. Esto
cierto es que lo hizo en espíritu de Dios. Pero si la Escritura divina y
nuestra fe no nos lo certificara, ¿en qué conocieran estos filósofos naturales
que ésta era obra de Dios, y que las virtudes y vicios que la frenética decía a
los que la entraban a ver, lo hacía en virtud del demonio, pareciendo este caso
en parte al de Jacob?
Estos piensan que la naturaleza del ánima racional es muy ajena de la que
tiene el demonio y que sus potencias (entendimiento, imaginativa y memoria) son
de otro género muy diferente. Y están engañados. Porque si el ánima racional
informa un cuerpo bien organizado, como era el de Adán, sabe muy poco menos que
el más avisado diablo; y fuera del cuerpo, tiene tan delicadas potencias como
él. Y si los demonios alcanzan lo que está por venir, conjeturando y
discurriendo por algunas señales, eso mesmo puede hacer el ánima racional
cuando se va librando del cuerpo o tiniendo aquella diferencia de temperamento
que hace al hombre con providencia. Y, así, tan dificultoso es para el
entendimiento alcanzar cómo el demonio puede saber estas delicadeces, como
atribuírselas al ánima racional. A éstos no les cabe en el entendimiento que
puede haber señales en las cosas naturales para conocer por ellas lo que está
por venir, y yo digo que hay indicios para alcanzar lo pasado, lo presente, y
conjeturar lo que está por venir, y aun para conjeturar algunos secretos del
Cielo: invisibilia enim ipsius, a creatura mundi, per ea
quae facta sunt, intellecta, conspiciuntur. El que tuviere potencia para
ello lo alcanzará, y el otro será tal cual dijo Homero: «lo pasado entiende el
nescio, y no lo que está por venir». Pero el avisado y discreto es la mona de
Dios, que le imita en muchas cosas; y aunque no las puede hacer con tanta
perfección, pero todavía tiene con Él alguna semejanza en rastrearle.
Donde se prueba que de
solas tres calidades, calor, humidad y sequedad, salen todas las diferencias de
ingenios que hay en el hombre
Estando el
ánima racional en el cuerpo, es imposible poder hacer obras contrarias y
diferentes si para cada una [no] tiene su instrumento particular. Vese esto
claramente en la facultad animal, la cual hace varias obras en los sentidos
exteriores por tener cada uno su particular compostura: una tienen los ojos,
otra los oídos, otra el gusto, otra el olfato y otra el tacto. Y si no fuera
así, no hubiera más que un género de obras, o todo fuera ver, o gustar, o
palpar, porque el instrumento determina y modifica la potencia para una acción
y no más.
De esto manifiesto y claro que pasa en los sentidos exteriores podemos
colegir lo que hay allá dentro en los interiores. Con esta mesma virtud animal
entendemos, imaginamos y nos acordamos; pero si es verdad que cada obra
requiere particular instrumento, necesariamente allá dentro en el celebro ha de
haber órgano para el entendimiento, y órgano para la imaginación, y otro
diferente para la memoria. Porque si todo el celebro estuviese organizado de
una mesma manera, o todo fuera memoria o todo entendimiento, o todo
imaginación. Y vemos que hay obras muy diferentes, luego forzosamente ha de
haber variedad de instrumentos.[1] Pero abierta la cabeza y hecha
anatomía del celebro, todo está compuesto de un mesmo modo de sustancia
homogénea y similar, sin variedad de partes heterogéneas. Sólo aparecen cuatro
senos pequeños, los cuales, bien mirados, todos tienen una mesma composición y
figura, sin haber cosa de por medio en que puedan diferir.
Cuál sea el uso y aprovechamiento de ellos y de qué sirven en la cabeza,
no es fácil determinarlo; porque Galeno y los anatomistas, así modernos como
antiguos, lo han procurado averiguar, y ninguno ha dicho determinadamente ni en
particular de qué sirve el ventrículo derecho, ni el izquierdo, ni el que está
colocado en medio de estos dos, ni el cuarto, cuyo asiento es en el cerebelo,
parte postrera de la cabeza. Sólo afirmaron, aunque con miedo, que estas cuatro
cavidades eran las oficinas donde se cocían los espíritus vitales y se
convierten en animales para dar sentido y movimiento a todas las partes del
cuerpo; en la cual obra una vez dijo Galeno que el ventrículo de en medio tenía
la primacía, y en otra parte le tornó a parecer que el postrero era de mayor
eficacia y valor. Pero esta doctrina no es verdadera ni está fundada en buena
filosofía natural. Porque no hay dos obras en el cuerpo humano tan contrarias
ni que tanto se impidan, como es el raciocinar y el cocer los alimentos; y es
la razón que el contemplar pide quietud, sosiego y claridad en los espíritus
animales, y el cocimiento se hace con gran estruendo y alboroto, y se levantan
de esta obra muchos vapores que enturbian y escurecen los espíritus animales,
por donde el ánima racional no puede ver las figuras. Y no era tan imprudente
Naturaleza, que había de juntar en un mesmo lugar dos obras que hacen con tanta
repugnancia. Antes loa grandemente Platón la prudencia y saber del que nos
formó en haber apartado el hígado del celebro en tanta distancia, porque con el
ruido que se hace mezclando los alimentos y con la oscuridad y tinieblas que
causan los vapores en los espíritus animales, no estorbasen al ánima racional
sus discursos y raciocinios. Pero sin que notara esta filosofía Platón, lo vemos
cada hora por experiencia, que con estar el hígado y el estómago tan desviados
del celebro, en acabando de comer y buen rato después, no hay hombre que pueda
estudiar.
La verdad que parece en este punto es que el ventrículo cuarto tiene por
oficio cocer y alterar los espíritus vitales y convertirlos en animales para el
fin que tenemos dicho, y por esto lo apartó Naturaleza en tanta distancia de
los otros tres y le hizo cerebelo aparte, dividido y tan remoto como parece,
porque con su obra no estorbase la contemplación de los demás. Los tres
ventrículos delanteros yo no dudo sino que los hizo Naturaleza para discurrir y
filosofar, lo cual se prueba claramente porque en los grandes estudios y
contemplaciones siempre duele aquella parte de la cabeza que responde a estas
tres cavidades. La fuerza de este argumento se conoce considerando que,
cansadas las demás potencias de hacer sus obras, siempre duelen los
instrumentos con que se han ejercitado; como en el demasiado ver duelen los
ojos, y del mucho andar las plantas de los pies.
La dificultad está ahora en saber en cuál de estos ventrículos está el
entendimiento, y en cuál la memoria, y en cuál la imaginativa; porque están tan
juntos y vecinos, que por el argumento pasado, ni por otro ningún indicio, no
se puede distinguir ni conocer. Aunque, considerando que el entendimiento no
puede obrar sin que la memoria esté presente (representándole las figuras y
fantasmas conforme aquello: oportet intelligentem
phantasmata speculari) ni la memoria sin que asista con ella la
imaginativa, de la manera que atrás lo dejamos declarado, entenderemos
fácilmente que todas tres potencias están juntas en cada ventrículo, y que no
está solo el entendimiento en el uno, ni sola la memoria en el otro, ni la
imaginativa en el tercero, como los filósofos vulgares han pensado. Esta junta
de potencias se suele hacer en el cuerpo humano cuando una no puede obrar sin
que otra le ayude, como parece en las cuatro virtudes naturales: tractrix, redentrix, concoctrix, expultrix; y por haberse
menester las unas a las otras, las juntó Naturaleza en un mesmo lugar y no las
dividió ni apartó.
Pero, si esto es verdad, ¿a qué propósito hizo Naturaleza tres ventrículos
y en cada uno de ellos juntó todas tres potencias racionales, pues solo uno
bastaba para entender y hacer actos de memoria? A esto se puede responder que
la mesma dificultad tiene saber por qué Naturaleza hizo dos ojos, y dos oídos,
pues en cada uno de ellos está toda la potencia visiva y auditiva, y con sólo
un ojo se puede ver. A lo cual se dice que las potencias que se ordenan para
perficionar al animal, cuanto mayor número hay de ellas, tanto más segura está
su perfección, porque puede faltar una o dos por alguna ocasión, y es bien que
queden obras del mesmo género con que obrar. En una enfermedad que los médicos
llaman resolución o perlesía de medio lado, ordinariamente se pierde la obra de
aquel ventrículo que está a la parte resuelta; y si no quedaran salvos y sin
lesión los otros dos, quedara el hombre estulto y privado de razón; y aun con
todo eso, por faltarle el un ventrículo sólo, se le conoce tener gran remisión
en las obras, así del entendimiento como de la imaginativa y memoria; como
sentiría menoscabo en la vista el que solía mirar con dos ojos si le quebrasen
el uno de ellos. De donde se entiende claramente que en cada ventrículo están
todas tres potencias, pues de sola la lesión de uno se debilitan todas tres.
Atento, pues, que todos tres ventrículos tienen la mesma composición y que
no hay en ellos variedad ninguna de partes, no podemos dejar de tomar por
instrumento las primeras calidades y hacer tantas diferencias genéticas de
ingenio cuanto fuere el número de ellas; porque pensar que el ánima racional
(estando en el cuerpo) puede obrar sin tener órgano corporal que le ayude, es
contra toda la filosofía natural. Pero de cuatro calidades que hay (calor,
frialdad, humidad y sequedad) todos los médicos echan fuera la frialdad por
inútil para todas las obras del ánima racional. Y así parece por experiencia en
las demás facultades; que, en subiendo sobre el calor, todas las potencias del
hombre hacen torpemente sus obras: ni el estómago puede cocer el manjar, ni los
testículos hacer simiente fecunda, ni los músculos menear el cuerpo, ni el
celebro raciocinar. Y, así, dijo Galeno: frigiditas enim
officiis omnibus animae aperte incommodat; como si dijera: «la frialdad
echa a perder todas las obras del ánima», sólo sirve en el cuerpo de templar el
calor natural y hacerle que no queme tanto. Pero Aristóteles es de contrario
parecer diciendo: est certe roboris efficarior sanguis qui
crassior et calidios est; vim autem sentiendi intelligendique obtinet pleniorem
qui tenuior atque frigidior est; como si dijera: «la sangre gruesa y
caliente hace muchas fuerzas corporales, pero la delgada y fría es causa de
tener el hombre gran entendimiento»; donde parece claramente que de la frialdad
nace la mayor diferencia de ingenio que hay en el hombre, que es el
entendimiento.
También Aristóteles pregunta por qué los hombres que habitan tierras muy
calientes, como es Egipto, son más ingeniosos y sabios que los que moran en
lugares fríos. A la cual pregunta responde que el calor demasiado de la región
gasta y consume el calor natural del celebro y le deja frío, por donde vienen a
ser los hombres muy racionales; y por lo contrario, la mucha frialdad del aire
fortifica el calor natural del celebro y no le da lugar que se resuelva. Y,
así, los muy calientes de celebro dice que no pueden discurrir ni filosofar,
antes son inquietos y no perseverantes en una opinión. A la cual sentencia
parece que alude Galeno diciendo que la causa de ser el hombre mudable y tener
cada momento su opinión, es ser caliente de celebro; y por lo contrario, estar
firme y estable en una sentencia lo hace la frialdad del celebro. Pero la
verdad es que de esta calidad no nace ninguna diferencia de ingenio; ni
Aristóteles quiso decir que la sangre fría a predominio hace mejor
entendimiento, sino la menos caliente. Ser el hombre mudable, verdad es que
nace de tener mucho calor, el cual levanta las figuras que están en el celebro
y las hace bullir, por la cual obra se le representan al ánima muchas imágenes
de cosas que la convidan a su contemplación, y por gozar de todas deja unas y
toma otras. Al revés acontesce en la frialdad, que, por comprimir las figuras y
no dejarlas levantar, hace al hombre firme en una opinión; y es porque no se le
representa otra que lo llame. Esto tiene la frialdad: que impide los
movimientos, no solamente de las cosas corporales, pero aun las figuras y
especies, que dicen los filósofos ser espirituales, las hace inmóviles en el
celebro; y esta firmeza, antes parece torpeza que diferencia de habilidad.
Verdad es que hay otra diferencia de firmeza que nace de estar el entendimiento
muy concluido, y no por tener frío el celebro.
Quedan, pues, la sequedad, humidad y calor por instrumento de la facultad
racional. Pero ningún filósofo sabe determinadamente dar a cada diferencia de
ingenio la suya. Heráclito dijo: splendor siccus, animus
sapientissimus, por la cual sentencia nos da a entender que la sequedad
es causa de ser el hombre muy sabio; pero no declaró en qué género de saber. Lo
mesmo entendió Platón cuando dijo que nuestra ánima vino al cuerpo
sapientísima, y por la mucha humidad que halló en él se hizo torpe y nescia;
pero, gastándose con el discurso de la edad y adquiriendo sequedad, descubre el
saber que antes tenía. Entre los brutos animales (dice Aristóteles), aquéllos
son más prudentes, que en su temperamento tienen más frialdad y sequedad, como
son las hormigas y abejas, las cuales, en prudencia, compiten con los hombres
muy racionales. Fuera de esto, ningún animal bruto hay tan húmido como es el
puerco, ni de menos ingenio; y así, un poeta que se llama Píndaro, para motejar
a la gente de Beocia de necia, dijo de esta manera: dicta
sues fuit gens Baeotia vecors. También la sangre, por la mucha humidad,
dice Galeno que hace los hombres simples. Y de tales cuenta el mesmo Galeno que
motejaban los cómicos a los hijos de Hipócrates, diciéndoles que tenían mucho
calor natural, que es una sustancia húmida y muy vaporosa. Este trabajo han de
tener los hijos de los hombres sabios: adelante diré la razón y causa en que
consiste. También, en los cuatro humores que tenemos, ninguno hay tan frío y
seco como la melancolía; y todos cuantos hombres señalados en letras ha habido
en el mundo dice Aristóteles que fueron melancólicos.
Finalmente, todos convienen en que la sequedad hace al hombre muy sabio;
pero no declaran a cuál de las potencias racionales ayuda más. Sólo el profeta
Esaías le puso nombre cuando dijo: vexatio dat intellectum.
Porque la tristeza y la aflicción gasta y consume, no solamente la humidad del
celebro, pero los huesos deseca; con la cual calidad se hace el entendimiento
más agudo y perspicaz. De lo cual se puede hacer evidente demostración,
considerando muchos hombres que, puestos en pobreza y aflicción, vinieron a
decir y escribir sentencias dignas de admiración, y venidos después a próspera
fortuna, a buen comer y beber, no acertaron a hablar, porque la vida regalada,
el contento, el buen suceso, y hacerse todas las cosas a su voluntad, relaja y
humedece el celebro. Que es lo que dijo Hipócrates: gaudium
relaxat cor; como si dijera: «el contento y alegría ensancha el corazón
y le da calor y gordura». Y es cosa fácil de probar otra vez, porque, si la
tristeza y aflicción deseca y consume las carnes, y por esta razón adquiere el
hombre mayor entendimiento, cierto es que su contrario, que es el alegría, ha
de humedecer el celebro y abajar el entendimiento. Los que van alcanzando esta
manera de ingenio luego se inclinan a pasatiempos, a convites, a músicas, a
conversaciones jocosas; y huyen de lo contrario que en otro tiempo les solía
dar gusto y contento. De aquí sabrá ya la gente vulgar la razón y causa de donde
nace que, subiendo el hombre sabio y virtuoso a alguna gran dignidad (siendo
antes pobre y humilde) muda luego las costumbres y la manera de razonar. Y es
por haber adquirido nuevo temperamento, húmido y vaporoso, con el cual se le
borran las figuras que de antes tenía en la memoria, y le entorpece el
entendimiento.
De la humidad, es dificultoso saber qué diferencia de ingenio pueda nacer,
pues tanto contradice a la facultad racional. A lo menos, en la opinión de
Galeno, todos los humores de nuestro cuerpo que tienen demasiada humidad hacen
al hombre estulto y nescio. Y, así, dijo: animi dexteritas
et prudentia a bilioso humore proficiscitur; integritatis et constantiae erit
auctor humor melancholicus; sanguis, simplicitatis et stupiditatis; pituitae
natura ad morum cultum nihil facit; como si dijera: «la prudencia y
buena maña del ánima racional nace de la cólera; ser entero el hombre y
constante proviene del humor melancólico; ser bobo y simple, de la sangre; de
la flema, para ninguna cosa se aprovecha el ánima racional, más que para
dormir».
De manera que la sangre (por ser húmida) y la flema echan a perder la
facultad racional. Pero esto se entiende de las facultades o ingenios
racionales discursivos y activos, y no de los pasivos como es la memoria, la cual
así depende de la humidad como el entendimiento de la sequedad. Y llamamos a la
memoria potencia racional porque sin ella no vale nada el entendimiento ni la
imaginativa. A todas da materia y figuras sobre que silogizar, conforme aquel
dicho de Aristóteles: oportet intelligentem phantasmata
speculari. Y el oficio de la memoria es guardar estos fantasmas para
cuando el entendimiento los quisiere contemplar; y si ésta se pierde, es
imposible poder las demás potencias obrar. Y que el oficio de la memoria no sea
otro más que guardar las figuras de las cosas, sin tener ella propria
invención, dícelo Galeno de esta manera: ac memoriam
quidem recondere ac servare in se ea quae sensu et mente cognita fuerint, quasi
cellan quamdam et receptaculum eorum, non inventricem. Y siendo éste su
uso, claramente se entiende que depende de la humidad, porque ésta hace el
celebro blando y la figura se imprime por vía de compresión.
Para prueba de esto es argumento evidente la puericia, en la cual edad
aprehende el hombre más de memoria que en todas las demás, y el celebro le
tiene humidísimo. Y, así, pregunta Aristóteles: cur
seniores amplius valeamus, iuniores otius discamus? Como si dijera:
«¿qué es la causa que siendo viejos tenemos mucho entendimiento y cuando mozos
aprehendemos con más facilidad?». A lo cual responde que la memoria de los
viejos está llena de tantas figuras de cosas como han visto y oído en el largo
discurso de su vida, y así, quiriendo echarle más, no lo puede recebir, porque
no hay lugar vacío donde quepa; pero la de los muchachos, como ha poco que
nacieron, está muy desembarazada, y por esto reciben presto cuanto les dicen y
enseñan. Y dalo a entender comparando la memoria de la mañana con la de la
tarde, diciendo que por la mañana aprehendemos mejor porque en aquella hora
amanece la memoria vacía y a la tarde mal por estar llena de todo lo que aquel
día ha pasado por nosotros. A este problema no sabe responder Aristóteles. Y
está la razón muy clara; porque si las especies y figuras que están en la memoria
tuvieran cuerpo y cantidad para ocupar lugar, parece que era buena respuesta;
pero siendo indivisibles y espirituales, no pueden henchir ni vaciar el lugar
donde están, antes vemos por experiencia que cuanto más se ejercita la memoria
recibiendo cada día nuevas figuras, tanto se hace más capaz.
La respuesta del problema está muy clara en mi doctrina. Y es que los
viejos tienen mucho entendimiento porque tienen mucha sequedad, y son faltos de
memoria porque tienen poca humidad; por la cual razón se endurece la sustancia
del celebro y así no puede recebir la comprensión de las figuras, como la cera
dura admite con dificultad la figura del sello y la blanda con facilidad. Al
revés acontesce en los muchachos, que por la mucha humidad que tienen en el
celebro son faltos de entendimiento, y muy memoriosos por la gran blandura del
celebro, en el cual, por razón de la humidad, hacen las especies y figuras, que
vienen de fuera, gran compresión, fácil, profunda y bien figurada.
Estar la memoria más fácil a la mañana que a la tarde, no se puede negar;
pero no acontesce por la razón que trae Aristóteles, sino que el sueño de la
noche pasada ha humedecido y fortificado el celebro y la vigilia de todo el día
lo ha desecado y endurecido. Y, así, dice Hipócrates: qui
noctu bibere appetunt, iis admodum sitientibus, si supra dormierint, bonum;
como si dijera: «los que de noche tienen gran sequía, durmiendo se les quita».
Porque el sueño humedece las carnes y fortifica todas las facultades que
gobiernan al hombre, y que haga este efecto el sueño, el mesmo Aristóteles lo
confiesa.
Desta doctrina se infiere claramente que el entendimiento y la memoria son
potencias opuestas y contrarias; de tal manera, que el hombre que tiene gran
memoria ha de ser falto de entendimiento, y el que tuviere mucho entendimiento
no puede tener buena memoria, porque el celebro es imposible ser juntamente
seco y húmido a predominio. En esta máxima se fundó Aristóteles para probar que
la memoria es diferente potencia de la reminiscencia; y forma el argumento de
esta manera: «Los que tienen mucha reminiscencia son hombres de grande
entendimiento, y los que alcanzan mucha memoria son faltos de entendimiento;
luego la memoria y reminiscencia son potencia contrarias». La mayor en mi
doctrina es falsa, porque los que tienen mucha reminiscencia son faltos de
entendimiento y tienen gran imaginativa, como luego probaré; pero la menor es
muy verdadera, aunque Aristóteles no alcanzó la razón en que está fundada la
enemistad que el entendimiento tiene con la memoria.
Del calor, que es la tercera calidad, nace la imaginativa, porque ya ni
hay otra potencia racional en el celebro, ni otra calidad que le dar. Aliende
que las ciencias que pertenecen a la imaginativa son las que dicen los
delirantes en la enfermedad, y no de las que pertenecen al entendimiento ni
memoria; y siendo la frenesía, manía y melancolía pasiones calientes del
celebro, es grande argumento para probar que la imaginativa consiste en calor.
Sola una cosa me hace dificultad; y es que la imaginativa es contraria del
entendimiento, y también de la memoria; y la razón no viene con la experiencia.
Porque mucho calor y sequedad bien se pueden juntar en el celebro, y también
calor y humidad en grado intenso; y por esta causa podía tener el hombre grande
entendimiento y grande imaginativa, y mucha memoria con mucha imaginativa. Y,
realmente, por maravilla se halla hombre de grande imaginativa que tenga buen
entendimiento ni memoria. Y debe ser la causa que el entendimiento ha menester
que el celebro esté compuesto de partes sutiles y muy delicadas, como atrás lo
probamos de Galeno, y el mucho calor gasta y consume lo más delicado, y deja lo
grueso y terrestre. Por la mesma razón de buena imaginativa no se puede juntar
con mucha memoria, porque el calor excesivo resuelve la humidad del celebro y
le deja duro y seco, por donde no puede recebir fácilmente las figuras.
De manera que no hay en el hombre más que tres diferencias de ingenio,
porque no hay más de tres calidades de donde pueden nacer. Pero debajo de estas
tres diferencias universales se contienen otras muchas particulares por razón
de los grados de intensión que puede tener el calor, la humidad y sequedad.
Aunque no de cualquiera grado de estas tres calidades resulta una diferencia de
ingenio, porque a tanta intensión puede llegar la sequedad, el calor y la
humidad, que desbarate totalmente la facultad animal, conforme aquella
sentencia de Galeno: omnis inmodica intemperies vires
exsolvit. Y así es cierto; porque, aunque el entendimiento se aprovecha
de la sequedad, pero tanta puede ser que le consuma sus obras; lo cual no
admite Galeno ni los filósofos antiguos, antes afirman que si el celebro de los
viejos no se enfriase, jamás vernían a caducar aunque se hiciesen en cuarto
grado secos. Pero no tienen razón por lo que probaremos en la imaginativa; que,
aunque sus obras se hacen con calor, en pasando del tercer grado luego comienza
a desbaratar. Y lo mismo hace la memoria con la mucha humidad.
Cuántas diferencias nazcan de ingenio por razón de la intensión de cada
una de estas tres calidades no se puede decir ahora en particular, hasta que
adelante contemos todas las obras y acciones del entendimiento, de la
imaginativa y de la memoria. Pero, en el entretanto, es de saber que hay tres
obras principales del entendimiento: la primera es inferir, la segunda
distinguir y la tercera eligir; de donde se constituyen tres
diferencias de entendimiento. En otras tres se parte la memoria; porque hay
memoria que recibe con facilidad y luego se le olvida; otra se tarda en percebir
y lo retiene mucho tiempo; la tercera recibe con facilidad y tarda mucho en
olvidar. La imaginativa contiene muchas más diferencias, porque tiene las tres,
como el entendimiento y memoria, y de cada grado resultan otras tres. De ésta
diremos adelante con más distinción, cuando diéremos a cada una la ciencia que
le responde en particular.
Pero el que quisiere considerar otras tres diferencias de ingenio hallará
que hay grados de habilidad en los que estudian. Unos que para las
contemplaciones claras y fáciles del arte que aprenden tienen disposición
natural, pero, metidos en las oscuras y muy delicadas, es por demás tratar el
maestro de hacerles la figura con buenos ejemplos ni que ellos hagan otra tal
con su imaginativa, porque no tienen capacidad. En este grado están todos los
ruines letrados de cualquiera facultad; los cuales, consultados en las cosas
fáciles de su arte, dicen todo lo que se puede entender, pero venidos a lo muy
delicado, dicen mil disparates.
Otros ingenios suben un grado más porque son blandos y fáciles de imprimir
en ellos todas las reglas y consideraciones del arte, claras, oscuras, fáciles
y dificultosas; pero la doctrina, el argumento, la respuesta, la duda y
distinción, todo se lo han de dar hecho y levantado. Estos han menester oír la
ciencia de buenos maestros que sepan mucho, y tener copia de libros, y estudiar
en ellos sin parar; porque tanto sabrán menos, cuanto dejaren de leer y
trabajar. De éstos se pude verificar aquella sentencia de Aristóteles tan
celebrada: intellectus noster est tamquam tabula rasa in
qua nihil est depictum,porque todo cuanto han de saber y aprender lo han
de oír a otro primero, y sobre ello no tienen ninguna invención.
En el tercer grado, hace Naturaleza unos ingenios tan perfectos, que no
han menester maestro que los enseñen ni les digan cómo han de filosofar; porque
de una consideración que les apunta el doctor sacan ellos ciento, y sin
decirles nada se les hinche la boca de ciencia y saber. Estos ingenios
engañaron a Platón y le hicieron decir que nuestro saber es un cierto género de
reminiscencia, oyéndolos hablar y decir lo que jamás vino en consideración de
los hombres. A estos tales está permitido que escriban libros, y a otros no.
Porque el orden y concierto que se ha de tener para que las ciencias reciban
cada día aumento y mayor perfección es juntar la nueva invención de los que
ahora vivimos con lo que los antiguos dejaron escrito en sus libros; porque,
haciéndolo de esta manera, cada uno en su tiempo, vernían a crecer las artes, y
los hombres que están por nacer gozarían de la invención y trabajo de los que
primero vivieron. A los demás que carescen de invención no había de consentir
la república que escribiesen libros, ni dejárselos imprimir; porque no hacen
más de dar círculos en los dichos y sentencias de los autores graves, y
tornarlos a repetir, y hurtando uno de aquí y tomando otro de allí, ya no hay
quien no componga una obra.
A los ingenios inventivos llaman en lengua toscana caprichosos,
por semejanza que tienen con la cabra en el andar y pacer. Esta jamás huelga
por lo llano; siempre es amiga de andar a sus solas por los riscos y alturas, y
asomarse a grandes profundidades; por donde no sigue vereda ninguna ni quiere
caminar con compaña. Tal propriedad como ésta se halla en el ánima racional
cuando tiene un celebro bien organizado y templado: jamás huelga en ninguna
contemplación, todo es andar inquieta buscando cosas nuevas que saber y
entender. De esta manera de ánima se verifica aquel dicho de Hipócrates: animae deambulatio, cogitatio hominibus. Porque hay otros
hombres que jamás salen de una contemplación ni piensan que hay más en el mundo
que descubrir. Estos tienen la propiedad de la oveja, la cual nunca sale de las
pisadas del manso, ni se atreve a caminar por lugares desiertos y sin carril,
sino por veredas muy holladas y que alguno vaya delante.
Ambas diferencias de ingenio son muy ordinarias entre los hombres de
letras. Unos hay que son remontados y fuera de la común opinión; juzgan y
tratan las cosas por diferente manera; son libres en dar su parecer; y no
siguen a nadie. Otros hay recogidos, humildes y muy sosegados, desconfiados de
sí y rendidos al parecer de un autor grave a quien siguen, cuyos dichos y
sentencias tienen por ciencia y demostración, y lo que discrepa de aquí juzgan
por vanidad y mentira. Juntas estas dos diferencias de ingenio son de mucho
provecho. Porque, así como a una gran manada de ovejas suelen los pastores
echar una docena de cabras que las levanten y lleven con paso apresurado a
gozar de nuevos pastos y que no estén hollados, de la mesma manera conviene que
haya en las letras humanas algunos ingenios caprichosos que descubran a los
entendimientos oviles nuevos secretos de naturaleza y les den contemplaciones,
nunca oídas, en que ejercitarse. Porque de esta manera van creciendo las artes,
y los hombres saben más cada día.
Donde se ponen algunas
dudas y argumentos contra la doctrina del capítulo pasado y la respuesta dellos
Una de las
razones por donde la sabiduría de Sócrates ha sido hasta el día de hoy tan
celebrada fue que después de haber sido juzgado en el Oráculo de Apolo por el
hombre más sabio del mundo dijo de esta manera: hoc unum
scio, me nihil scire; la cual sentencia han pasado todos los que la han
leído y entendido que fue dicha por ser Sócrates hombre humildísimo,
menospreciador de las cosas humanas, y que, respecto de las divinas, todo le
parecía de ningún ser y valor. Pero realmente están engañados, porque esta
virtud de la humildad ningún filósofo antiguo la alcanzó ni supo qué cosa era,
hasta que Dios vino al mundo y la enseñó. Lo que Sócrates quiso sentir y dar a
entender fue la poca certidumbre que tienen las ciencias humanas, y cuán
inquieto y temeroso está el entendimiento del filósofo en cuanto sabe, viendo
por experiencia que todo está lleno de dudas y argumentos y que, sin temor de
la parte contraria, no se puede asentir con nada, por lo cual fue dicho: cogitationes mortalium timidae, e incertae providentiae nostrae.
Y el que ha de tener verdadera ciencia de las cosas ha de estar firme y quieto
sin temor ni recelo de que se podría engañar; y el filósofo que no está de esta
manera con mucha verdad podrá decir y afirmar que no sabe nada.
Esta mesma consideración tuvo Galeno cuando dijo: scientia
est conveniens, firma et nuquam a ratione declinans cognitio: eam neque apud
philosophos, praesertim dum rerum naturas perscrutantur, invenies, multo sane
minus in re medica, immo, ut verbo expedram, ne ad homines quidem venit.
Según esto, el verdadero conocimiento de las cosas se debió de quedar por allá,
y solamente vino al hombre un género de opinión que le trae incierto y con
miedo si es así o no lo que afirma. Pero lo que en esto nota Galeno más en
particular es que la filosofía y medicina son las ciencias más inciertas de cuantas
usan los hombres. Y si esto es verdad, ¿qué diremos de la filosofía que vamos
tratando, donde se hace con el entendimiento anatomía de cosa tan oscura y
dificultosa como son las potencias y habilidades del ánima racional, en la cual
materia se ofrecen tantas dudas y argumentos que no queda doctrina llana sobre
que restribar?
Una de las cuales y más principal es que hemos hecho al entendimiento
potencia orgánica, como a la imaginativa y memoria, y le hemos dado al celebro
con sequedad por instrumento con que obre, cosa tan ajena de la doctrina de
Aristóteles y de todos sus secuaces; los cuales, poniendo al entendimiento
apartado de órgano corporal, probaban fácilmente que el ánima racional era
inmortal y que, salida del cuerpo, duraba para siempre jamás. Y, siendo
disputable la contraria opinión, queda la puerta cerrada para no poderse
demostrar. Fuera de esto, las razones en que se fundó Aristóteles para probar
que el entendimiento no era potencia orgánica son de tanta eficacia, que no se
puede concluir otra cosa. Porque a esta potencia le pertenece conocer y
entender la naturaleza y ser de todas cuantas cosas materiales hay en el mundo;
y si ella estuviese conjunta con alguna cosa corporal, aquella mesma estorbaría
el conocimiento de las demás; como lo vemos en los sentidos exteriores; que si
el gusto está amargo, todo cuanto toca la lengua tiene el mesmo sabor; y si el
humor cristalino está verde o amarillo, todo cuanto ve el ojo juzga que tiene
el mesmo color. Y es la causa que intus existens prohibet
extraneum. También dice Aristóteles que si el entendimiento estuviese
mezclado con algún órgano corporal, que sería qualis;
porque quien se junta con calientes o fríos, forzosamente se le ha de pegar el
calor. Y decir que el entendimiento es caliente, frío, húmido o seco es
predicación abominable a los oídos de los filósofos naturales.
La segunda duda principal es que Aristóteles y todos los peripatéticos
ponen otras dos potencias fuera del entendimiento, imaginativa y memoria, que
son reminiscencia y sentido común, atenidos a aquella regia: potentiae cognoscuntur per actiones. Ellos hallan que
fuera de las obras del entendimiento, imaginativa y memoria, hay otras dos muy
diferentes; luego de cinco potencias nace el ingenio del hombre, y no de solas
tres como hasta aquí hemos probado. También dijimos en el capítulo pasado, de
opinión de Galeno, que la memoria no hace otra obra en el celebro mas que
guardar las especies y figuras de las cosas, de la manera que el arca guarda y
tiene en custodia la ropa y lo demás que en ella echan. Y si por tal
comparación hemos de entender el oficio de esta potencia, es menester poner
otra facultad racional que saque las figuras de la memoria y las represente al
entendimiento, como es necesario que haya quien abra el arca y saque lo que
está metido en ella.
Fuera de esto, dijimos que el entendimiento y la memoria eran potencias
contrarias, y que la una a la otra se remitían, porque la una pedía mucha
sequedad y la otra mucha humidad y blandura en el celebro. Y si esto es verdad,
¿por qué dijo Aristóteles, y Platón, que los hombres que tienen las carnes
blandas tienen mucho entendimiento, siendo la blandura efecto de la humidad?
También dijimos que, para ser la memoria buena, era necesario que el
celebro tuviese blandura, porque las figuras se han de sellar en él por vía de
compresión, y estando duro no podrían fácilmente señalar. Bien es verdad que
para recebir la figura con presteza, que es necesario tener el celebro
blandura; mas, para conservar las especies mucho tiempo, todos dicen que es
necesario la dureza y sequedad, como parece en las cosas de fuera, que la
figura que está impresa en cosa blanda se borra con facilidad, pero en lo seco
y duro jamás se pierde. Y, así, vemos muchos hombres que toman de memoria con
gran facilidad, pero luego se les olvida; de lo cual dando Galeno la razón,
dice que los tales con la mucha humidad tiene la sustancia del celebro fluido y
no consistente; por donde se les borra presto la figura como quien sella en el
agua. Otros, al revés, hacen memoria con dificultad, pero lo que una vez
aprende jamás se les olvida. Y, así, parece cosa imposible haber aquella
diferencia de memoria que dijimos: que aprehenda con facilidad y que lo
conserve mucho tiempo.
También se hace dificultoso de entender cómo sea posible que, sellándose
tantas figuras juntas en el celebro, no se borren las unas a las otras. Porque
si en un pedazo de cera blanda se imprimiesen muchos sellos de varias figuras,
cierto es que los unos a los otros se borrarían, mezclándose las figuras. Y lo
que no hace menos dificultad es saber de dónde nace que, ejercitándose, la
memoria se haga más fácil para recebir las figuras, siendo cierto que el
ejercicio no solamente corporal deseca y enjuga las carnes, pero mucho más el
espiritual.
También es dificultoso de entender cómo la imaginativa sea contraria del
entendimiento (si no hay otra causa más urgente que resolver el mucho calor las
partes sutiles del celebro, y quedar las terrestres y gruesas); pues la
melancolía es uno de los más gruesos y terrestres humores de nuestro cuerpo, y
dice Aristóteles que de ninguno otro se aprovecha tanto el entendimiento como
de él. Y hácese mayor la dificultad considerando que la melancolía es un humor
grueso, frío y seco, y la cólera delicada en sustancia, y de temperamento
caliente y seca; y con todo eso, es la melancolía más apropriada para el
entendimiento que la cólera. Lo cual parece contra razón; porque este humor
ayuda con dos cualidades al entendimiento y contradice con sola una, que es el
calor; y la melancolía ayuda con la sequedad y no más, y contradice con la
frialdad y grosura de sustancia, que es lo que más abomina el entendimiento. Y
así Galeno dio más ingenio y prudencia a la cólera que a la melancolía.
Últimamente se pregunta la causa de dónde pueda nacer que el trabajo y
continua contemplación en el estudio hace a muchos sabios, a los cuales al
principio les faltaba la buena naturaleza de estas calidades que decimos, y
dando y tomando con la imaginación vienen a alcanzar muchas verdades que antes
ignoraban. Y no tenían el temperamento que para ellas se requería, porque si lo
tuvieran no fuera menester trabajarlo.
Todas estas dificultades y otras muchas más se hallan contra la doctrina
del capítulo pasado. Porque la filosofía natural no tiene tan ciertos
principios como las ciencias matemáticas, en las cuales puede el médico y
filósofo (siendo juntamente matemático) hacer siempre demostración; pero venido
a curar conforme al arte de medicina, hará en ella muchos errores, y no todas
las veces por culpa suya (pues acertaba siempre en las matemáticas), sino por
la poca certidumbre de su arte. Y, por tanto, dijo Aristóteles: non ideo malus medicus si non semper sanet, dum nihil omisserit
eorum quae sunt ex arte, como si dijera: «el médico que hace todas las diligencias
de su arte, aunque no siempre sane, no por eso ha de ser tenido por mal
artífice». Pero si este mismo hiciese en matemáticas algún error, ninguna
disculpa tenía, porque, haciendo en esta ciencia todas las diligencias que ella
manda, es imposible dejar de acertar. De manera que, aunque no hagamos
demostración de esta doctrina, no se ha de echar toda la culpa a nuestro
ingenio ni pensar que es falso lo que decimos.
A la primera duda principal, se responde que si el entendimiento estuviese
apartado del cuerpo y no tuviese que ver con el calor, frialdad, humidad y
sequedad ni con las demás calidades corporales, seguirseía que todos los
hombres ternían igual entendimiento y que todos raciocinarían con igualdad. Y
vemos por experiencia que un hombre entiende mejor que otro y discurre mejor.
Luego ser el entendimiento potencia orgánica y estar en uno más bien dispuesta
que en otro lo causa; y no por otra razón ninguna. Porque todas las ánimas
racionales y sus entendimientos, apartadas del cuerpo, son de igual perfección
y saber.[2]
Los que siguen la doctrina de Aristóteles, viendo por experiencia que unos
hombres raciocinan mejor que otros, inventaron una huida aparente diciendo que
discurrir uno mejor que otro no lo causa ser el entendimiento potencia orgánica
y estar en unos hombres más bien dispuesto el celebro que en otros, sino que el
entendimiento humano, en tanto que el ánima racional estuviere en el cuerpo, ha
menester las figuras y fantasmas que están en la imaginativa y memoria, por
cuya falta viene el entendimiento a discurrir mal, y no por culpa suya ni por
estar conjunto con materia mal organizada. Pero esta respuesta es contra la
doctrina del mesmo Aristóteles, el cual prueba que cuanto la memoria fuere más
ruin, tanto es mejor el entendimiento, y cuanto la memoria fuere más subida de
punto, tanto es más flaco el entendimiento (y lo mesmo hemos probado atrás de
la imaginativa). En confirmación de lo cual pregunta Aristóteles qué es la
causa que siendo viejos tenemos tan mala memoria y tan grande entendimiento, y
cuando mozos acontesce al revés, que somos de gran memoria y tenemos ruin
entendimiento. De esto, muestra la experiencia una cosa, y así lo nota Galeno:
que cuando en la enfermedad se desbarata el temperamento y buena compostura del
celebro, muchas veces se pierden las obras del entendimiento y quedan salvas
las de la memoria y las de la imaginativa; lo cual no pudiera acontescer si el
entendimiento no tuviera por sí instrumento particular, fuera del que tienen
las otras potencias. A esto yo no sé qué se puede responder, si no es por
alguna relación metafísica compuesta de acto y potencia, que ni ellos saben qué
es lo que quieren decir, ni hay hombre que los entienda. Ninguna cosa hace
mayor daño a la sabiduría del hombre que mezclar las ciencias, y lo que es de
la filosofía natural tratarlo en la metafísica y lo que es de la metafísica en
la filosofía natural.
Las razones en que se funda Aristóteles son de muy poco momento, porque no
se sigue que, porque el entendimiento ha de conocer las cosas materiales, no ha
de tener órgano corporal. Porque las calidades corporales que sirven a la
compostura del órgano no alteran la potencia, ni de ellas salen fantasmas:
hanse como sensibile positum supra sensum, quod non causat
sensationem. Esto se ve claramente en el tacto, que, con estar compuesto
de cuatro calidades materiales y tener en sí cantidad y blandura o dureza, con
todo eso conoce la mano si una cosa está caliente o fría, dura o blanda, o si
es grande o pequeña. Y preguntado cómo el calor natural que está en la mano no
impide al tacto que no conozca el calor que está en la piedra, respondemos que
las calidades que sirven para la compostura del órgano no alteran al proprio
órgano, ni de ellas salen especies para conocerlas. También pertenece al ojo
conocer todas las figuras y cantidades de las cosas. Y vemos que el proprio ojo
tiene su propria figura y cantidad; y de los humores y túnicas que le componen,
unas tienen colores y otras son diáfanas y transparentes; todo lo cual no
estorba que por la vista no conozcamos las figuras y cantidades de todas las
cosas que se nos ponen delante. Y es la causa que los humores y túnicas, la
figura y cantidad, sirven a la compostura del ojo; y estas cosas no pueden
alterar la potencia visiva, y así no estorban ni impiden el conocimiento de las
figuras de fuera. Lo mesmo decimos del entendimiento: que su propio
instrumento, aunque es material y está conjunto con él, no lo puede entender,
porque de él no salen especies inteligibles que le puedan alterar; y es la causa
que intelligibile positum supra intellectum non causat
intellectionem. Y así queda libre para entender todas las cosas
materiales de fuera, sin haber quien se lo impida. La segunda razón en que se
fundó Aristóteles es más liviana que la pasada. Porque ni el entendimiento ni
otro accidente ninguno puede ser qualis, atento que
no puede ser, por sí, sujeto de ninguna calidad; y así poco importa que el
entendimiento tenga por órgano el celebro con el temperamento de las cuatro
calidades primeras para que por ello se llame qualis,
pues el cerebro es el del calor, frialdad, humidad y sequedad, y no el
entendimiento. A la tercera dificultad que ponen los peripatéticos, diciendo
que por hacer potencia orgánica al entendimiento se quita un principio que
había para probar la inmortalidad del ánima racional, decimos que otros
argumentos hay más firmes con que hacerlo, de los cuales trataremos en el
capítulo que se sigue.
Al segundo argumento se responde que no cualquiera diferencia de obras
arguye diversidad de potencias. Porque, como adelante probaremos, hace la
imaginativa tan extraños hechos, que si fuera esta máxima tan verdadera como
los filósofos vulgares piensan o tuviera la interpretación que ellos le dan,
habría en el celebro diez o doce potencias más. Pero, porque todas estas obras
convienen en una razón genérica, no arguyen más que una imaginativa, la cual se
parte después en muchas diferencias particulares por razón de las varias
acciones que hace. El componer las especies en presencia de los objetos, o en
su ausencia, no solamente no arguye variedad de potencias genéticas, como son
el sentido común y la imaginativa, pero ni aun particulares.
Al tercer argumento, se responde que la memoria no es más que una blandura
del celebro, dispuesta (con cierto género de humidad) para recebir y guardar lo
que la imaginativa percibe, en la mesma proporción que tiene el papel blanco y
liso con el que ha de escrebir. Porque, así como el escribano escribe en el
papel las cosas que quiere que no se olviden y después de escritas las torna a
leer, de la mesma manera se ha de entender que la imaginativa escribe en la
memoria las figuras de las cosas que conocieron los cinco sentidos y el
entendimiento y otras que ella mesma fabrica. Y cuando quiere acordarse de
ellas, dice Aristóteles que las torna a mirar y contemplar. De esta manera de
comparación usó Platón cuando dijo que, temiendo la poca memoria de la vejez,
se daba priesa a hacer otra de papel (que son los libros) para que no se le
perdiese su trabajo, y hubiese después quien se lo representase cuando lo
quisiese leer. Esto mesmo hace la imaginativa: escrebir en la memoria y tornar
a leer cuando se quiere acordar. El primero que atinó con esta sentencia fue
Aristóteles; y el segundo Galeno, el cual dijo de esta manera: pars enim animae quae imaginatur, quaecumque ea sit, haec eadem
recordari videtus.
Así parece claramente por qué las cosas que imaginamos con mucho cuidado
se fijan bien en la memoria, y lo que con liviana consideración tratamos, luego
se nos olvida. Y de la manera que el escribano cuando hace buena letra la
acierta a leer, así acontesce a la imaginativa, que si sella con fuerza, queda
la figura en el celebro bien señalada, y si no, apenas se puede conocer. Esto
mesmo acontesce también en las escrituras antiguas, que por quedar unas partes
enteras y otras gastadas con el tiempo, no se pueden bien leer si no es sacando
muchas partes y razones por discreción. Lo propio hace la imaginativa cuando en
la memoria se han perdido algunas figuras y quedan otras. De lo cual nació el
error de Aristóteles, pensando que la reminiscencia, por esta razón, era
potencia diferente de la memoria; aliende que dijo que los que tienen gran
reminiscencia son de mucho entendimiento, y también es falso, porque la
imaginativa (que es la que hace la reminiscencia) es contraria del
entendimiento. De manera que hacer memoria de las cosas y acordarse dellas
después de sabidas es obra imaginativa, como el escrebir y tornarlo a leer es
obra del escribano, y no del papel. Y, así, la memoria queda por potencia
pasiva y no activa, como lo liso y blanco del papel no es más que comodidad
para que otro pueda escrebir.
A la cuarta duda se responde que no hace al caso para el ingenio tener las
carnes duras ni blandas si el celebro no tiene también la mesma calidad, el
cual vemos muchas veces tener distinto temperamento de todas las demás partes
del cuerpo. Pero cuando concurriesen en la mesma blandura es mal indicio para
el entendimiento, y no menos para la imaginación; y si no, consideremos las
carnes de las mujeres y de los niños, y hallaremos que exceden en blandura a la
de los hombres; y con todo eso, los hombres en común tienen mejor ingenio que
las mujeres. Y es la razón natural que los humores que hacen las carnes blandas
son flema y sangre, por ser ambos húmidos, como ya lo dejamos notado; y destos
ha dicho Galeno que nacen los hombres simples y bobos; y por el contrario, los
humores que endurecen las carnes son cólera y melancolía, y destos nace la
prudencia y sabiduría que tienen los hombres.
De manera que antes es mal indicio tener las carnes blandas que secas y
duras. Y, así, en los hombres que tienen igual temperamento por todo el cuerpo,
es cosa muy fácil colegir la manera de su ingenio por la blandura o dureza de
carnes; porque si son duras y ásperas, señalan o buen entendimiento o buena
imaginativa, y si blandas lo contrario, que es buena memoria y poco
entendimiento y menos imaginativas. Y para entender si corresponde el celebro,
es menester considerar los cabellos; los cuales siendo gruesos, negros, ásperos
y espesos es indicio de buena imaginativa o de buen entendimiento, y si
delicados y blandos es argumento de mucha memoria y no más. Pero el que
quisiere distinguir y conocer si es entendimiento o imaginativa cuando los
cabellos son de aquella manera, ha de considerar de qué forma sea el muchacho
acerca de la risa; porque esta pasión descubre mucho qué tal es la imaginativa.
Cuál sea la razón y causa de la risa han procurado muchos filósofos saber,
y ninguno ha dicho cosa que se pueda entender. Pero todos convienen en que la
sangre es un humor que provoca al hombre a reír; aunque nadie declara qué
calidades tiene este humor más que los otros, por donde hace al hombre risueño.
Desipientiae quae cum risu fiunt, securiores; quae vero
cum solicitudine periculosiores; como si dijera Hipócrates: «Cuando los
enfermos desatinan y delirando se ríen, tienen más seguridad que si están
solícitos y congojosos», porque lo primero se hace de sangre, que es un humor
benignísimo, y lo segundo de melancolía.
Pero restribando en la doctrina que vamos tratando, fácilmente se viene a
entender todo lo que en este caso se desea saber. La causa de la risa no es
otra, a mi parecer, más que una aprobación que hace la imaginativa viendo y
oyendo algún hecho o dicho que cuadra muy bien; y como esta potencia reside en
el celebro, en contentándole alguna cosa destas luego lo menea, y tras él los
músculos de todo el cuerpo. Y, así, muchas veces aprobamos los dichos agudos
inclinando la cabeza, pues cuando la imaginativa es muy buena, no se contenta
de cualquier dicho, si no es de aquellos que cuadran muy bien; y si tienen poca
correspondencia, y no más, antes recibe pena que alegría. De aquí nace que los
hombres de grande imaginativa por maravilla los vemos reír; y lo que más es
digno de notar es que los muy graciosos, decidores y apodadores, jamás se ríen
de las gracias y donaires que ellos proprios dicen, ni de los que oyen a otros;
porque tienen tan delicada imaginativa, que aun sus propios donaires no les
hacen la correspondencia que ellos querrían. A esto se añade que la gracia,
fuera de tener buena proporción y propósito, ha de ser nueva y nunca oída ni
vista. Y esto no es propriedad de sola la imaginativa, sino también de las
otras potencias que gobiernan al hombre; y, así, vemos que el estómago, a dos
veces que usa de un mesmo alimento, luego le aborrece; la vista, una mesma
figura y color; el oído, una mesma consonancia por buena que sea, y el
entendimiento, una mesma contemplación. De aquí nace también que el donoso no
se ría de la gracia que dice, porque antes que la eche por la boca sabe ya lo
que ha de decir.
De donde concluyo que los muy risueños, todos son faltos de imaginativa;
y, así, cualquier gracia y donaire, por fría que sea, les corresponde muy bien.
Y por tener la sangre mucha humidad (de la cual dijimos que echaba a perder la
imaginativa), por tanto los muy sanguinos son muy risueños. Esto tiene la
humidad, que por ser blanda y suave quita las fuerzas al calor y le hace que no
queme tanto, y así se halla mejor con la sequedad, porque le aguza sus obras;
aliende que donde hay mucha humidad es indicio que el calor es remiso, pues no
la puede resolver ni gastar. Y con calor tan flojo no puede obrar la
imaginativa. De aquí se infiere también que los hombres de grande entendimiento
son muy risueños por ser faltos de imaginativa; como se lee de aquel gran
Demócrito, y de otros muchos que yo he visto y notado. Luego por la risa
conoceremos si es entendimiento o imaginativa la que tienen los hombres o
muchachos de carnes duras y ásperas, y de cabellos negros y espesos, duros y
ásperos. De manera que Aristóteles no anduvo bien en esta doctrina.
Al quinto argumento, se responde que hay dos géneros de humidad en el
celebro: una que nace del aire (cuando este elemento predominó en la mixtión) y
otra del agua con que se masaron los demás elementos. Si el celebro estuviese
blando con la primera humidad, será la memoria muy buena: fácil para recebir y
poderosa para retener las figuras mucho tiempo. Porque la humidad del aire es
muy aceitosa y llena de pringue, en la cual se traban las especies con gran
tenacidad, como se ve en las pinturas que están dibujadas al olio, que puestas
al sol y al agua ningún daño reciben; y si derramamos aceite sobre alguna
escritura, jamás se borra, antes la gastada y que no se puede leer, con el
aceite se hace legible, dándole resplandor y transparencia. Pero si la blandura
del celebro nace de la segunda humidad, corre el argumento muy bien; porque si
recibe con facilidad, con la mesma presteza se torna a borrar la figura por no
tener pringor la humidad del agua en que se traben las especies. Conócense
estas dos humidades en los cabellos: la que proviene del aire los pone
mugrosos, llenos de aceite y manteca; y el agua, húmidos y muy llanos.
Al sexto argumento se responde que las figuras de las cosas no se imprimen
en el celebro como la figura del sello en la cera, sino haciendo penetración
para quedar asidas, o de la manera que se traban los pájaros en la liga, y las
moscas en la miel. Porque estas figuras son incorpóreas, y no se pueden mezclar
ni corromper las unas a las otras.
A la séptima dificultad, se responde que las figuras masan y ablandan la
sustancia del celebro como se enternece la cera trayéndola entre los dedos.
Aliende que los espíritus vitales tienen virtud de ablandar y humedecer los
miembros duros y secos, como lo hace el calor de fuera con el hierro; y que los
espíritus vitales suban al celebro cuando se toma de memoria, ya lo dejamos
probado atrás. Y no todo ejercicio corporal ni espiritual deseca, antes dicen
los médicos que el moderado engorda.
Al octavo argumento, se responde que hay dos géneros de melancolía. Una
natural, que es la hez de la sangre, cuyo temperamento es frialdad y sequedad
con muy gruesa sustancia, ésta no vale nada para el ingenio, antes hace los
hombres necios, torpes y risueños porque carecen de imaginativa. Y la que se
llama atra bilis o cólera adusta, de la cual dijo Aristóteles que hace
los hombres sapientísimos, cuyo temperamento es vario como el del vinagre: unas
veces hace efectos de calor, fomentando la tierra, y otras enfría; pero siempre
es seco y de sustancia muy delicada. Cicerón confiesa que era tardo de ingenio
porque no era melancólico adusto; y dice la verdad, porque si lo fuera no
tuviera tanta elocuencia, porque los melancólicos adustos carecen de memoria, a
la cual pertenece el hablar con mucho aparato. Tiene otra calidad que ayuda
mucho al entendimiento, que es ser espléndida como azabache, con el cual
resplandor da luz allá dentro en el celebro para que se vean bien las figuras.
Y esto es lo que sintió Heráclito cuando dijo: splendor
siccus animus sapientissimus. El cual resplandor no tiene la melancolía
natural, antes su negro es mortecino. Y que el ánima racional haya menester,
dentro en el celebro, luz para ver las figuras y especies adelante lo
probaremos.
Al noveno argumento, se responde que la prudencia y destreza de ánimo, que
dice Galeno, pertenece a la imaginativa, con la cual se conoce lo que está por
venir. Y, así, dijo Cicerón: memoria praeteritorum,
futurorum prudentia, como si dijera «la memoria es de lo pasado y la
prudencia de lo que está por venir».
La destreza de ánimo es lo que llamamos en castellano agudeza in
agilibus, y por otro nombre solercia, astucia, cavilos y engaños;
y, así, dijo Cicerón: prudentia est calliditas quae
ratione quadam potest delectum habere bonorum et malorum. De este género
de prudencia y maña carecen los hombres de grande entendimiento por ser faltos
de imaginativa; y así lo vemos por experiencia en los grandes letrados de
aquellas letras que pertenecen al entendimiento, que, sacados de allí, no valen
nada para dar y tomar en las trapazas del mundo.
Este género de prudencia muy bien dijo Galeno que nacía de la cólera.
Porque, contando Hipócrates a Damageto, su amigo, la manera cómo halló a
Demócrito cuando le fue a visitar y curar, escribe que estaba en el campo,
debajo de un plátano, en piernas y sin zapatos, recostado sobre una piedra, con
un libro en la mano y rodeado de brutos animales muertos y despedazados. De lo
cual admirado Hipócrates, le preguntó de qué servían aquellos animales así, a
lo cual le respondió que andaba a buscar qué humor hacía al hombre desatinado,
astuto, mañoso, doblado y caviloso, y había hallado (haciendo anatomía de aquellas
bestias fieras) que la cólera era la causa de una propriedad tan mala; y que,
para vengarse de los hombres astutos, quisiera hacer en ellos lo que había
hecho en la zorra, en la serpiente y en la mona. Esta manera de prudencia no
solamente es odiosa a los hombres, pero della dice san Pablo: prudentia carnis inimica est Deo. Y da la razón Platón
diciendo: scientia quae est remota a iustitia calliditas
potius quam sapientia est appellanda; como si dijera: «no es razón que
una ciencia que está apartada de la justicia se llame sabiduría, sino astucia o
malicia». De la cual usa siempre el demonio para hacer mal a los hombres: ista sapientia non est de sursum descendens, sed terrena,
animalis et diabolica; como si dijera Santiago: «esta sabiduría no
desciende de lo alto, antes es terrena, inhumana y diabólica».
Otro género hay de sabiduría con rectitud y simplicidad, con la cual
conocen los hombres lo bueno y reprueban lo malo. El cual, dice Galeno, que
pertenece al entendimiento, porque en esta potencia no cabe malicia, doblez, ni
astucia, ni sabe cómo se puede hacer mal: todo es rectitud, justicia, llaneza y
claridad. El hombre que alcanza esta manera de ingenio se halla recto y simple;
y, así, quiriendo Demóstenes captar la benevolencia a los jueces en una oración
que hizo contra Esquino, los llamó rectos y simples, atento a la simplicidad de
su oficio, del cual dijo Cicerón: simplex est officium
atque una bonorum omnium causa. Para este género de sabiduría es
acomodado instrumento la frialdad y sequedad de la melancolía; pero ha de estar
compuesta de partes muy sutiles y delicadas.
A la última duda, se responde que cuando el hombre se pone a contemplar
alguna verdad que quiere saber y luego no la alcanza es porque le falta al
celebro el temperamento conveniente para ello; pero estando un rato en la
contemplación, luego acude a la cabeza el calor natural (que son los espíritus
vitales y sangre arterial) y sube el temperamento del celebro hasta llegar al
punto que es menester. Verdad es que la mucha especulación a unos hace daño y a
otros provecho; porque si al celebro le falta poco para llegar al punto del
calor conveniente, es menester estar poco contemplando; y si pasa de allí,
luego se desbarata el entendimiento con la mucha presencia de los espíritus
vitales, y así no atina a la verdad. Por donde vemos muchos hombres que de
repente dicen muy bien, y de pensado no valen nada. Otros tienen tan bajo el
entendimiento (o por mucha frialdad, o sequedad) que es menester que esté mucho
tiempo el calor en la cabeza para subir el temperamento a los grados que le
faltan; y, así, de pensado dicen mejor que de repente.
Donde se muestra que
aunque el ánima racional ha menester el temperamento de las cuatro calidades
primeras, así para estar en el cuerpo como para discurrir y raciocinar, que no
por eso se infiere que es corruptible y mortal
Por cosa
averiguada tuvo Platón que el ánima racional era sustancia incorpórea,
espiritual, no sujeta a corrupción ni a mortalidad como la de los brutos
animales; la cual, salida del cuerpo, tiene otra vida mejor y más descansada,
pero entiéndese (dice Platón) habiendo vivido el hombre conforme a razón,
porque si no, más le valiera al ánima quedarse para siempre en el cuerpo, que
padecer los tormentos con que Dios castiga a los malos.
Esta conclusión es tan ilustre y católica, que si él la alcanzó con la
felicidad de su ingenio, con justo título tiene por renombre el divino
Platón. Pero aunque es tal cual parece, jamás le cupo a Galeno en su
entendimiento, antes la tuvo siempre por sospechosa, viendo delirar al hombre
cuerdo por calentársele el celebro, y volver en su juicio aplicándole medicinas
frías. Y, así, dijo que se holgara que fuera vivo Platón para preguntarle cómo
era posible ser el ánima racional inmortal alterándose tan fácilmente con el
calor, frialdad, humidad y sequedad; mayormente viendo que se va del cuerpo por
una gran calentura, o sangrando al hombre copiosamente, o bebiendo cicuta, y
por otras alteraciones corporales que suelen quitar la vida; y si ella fuera
incorpórea y espiritual, como dice Platón, no le hiciera el calor (siendo
calidad material) perder sus potencias, ni le desbaratara sus obras.
Estas razones confundieron a Galeno y le hicieron desear que algún
platónico se las absolviese; y creo que en su vida no le halló, pero después de
muerto la experiencia le mostró lo que su entendimiento no pudo alcanzar. Y,
así, es cierto que la certidumbre infalible de ser nuestra ánima inmortal no se
toma de las razones humanas, ni menos hay argumentos que prueben ser corruptible.
Porque a las unas y a los otros se puede responder con facilidad: sola nuestra
fe divina nos hace ciertos y firmes que dura para siempre jamás. Pero no tuvo
razón Galeno de embarazarse con tan livianos argumentos, porque las obras que
se han de hacer mediante algún instrumento no se colige bien en filosofía
natural haber falta en el agente principal por no salir acertadas. El pintor
que dibuja bien, teniendo el pincel cual conviene a su arte, no tiene culpa
cuando, con el malo, hace las figuras borradas y de mala delineación; ni es
buen argumento pensar que el escribano tenía alguna lesión en la mano, cuando
por falta de pluma bien cortada le fue forzoso escrebir con un palo.
Considerando Galeno las obras maravillosas que hay en el universo y la
sabiduría y providencia con que están hechas y ordenadas, coligió que había
Dios en el mundo, aunque no le veíamos con los ojos corporales; del cual dijo
estas palabras: Deus nec factus est aliquando, cum
perenniter ingenitus sit ac sempiternus. Y en otra parte dice que la
fábrica y compostura del cuerpo humano no la hacía el ánima racional ni el
calor natural, sino Dios o alguna inteligencia muy sabia. De donde se puede
formar un argumento contra Galeno y deshacer su mala consecuencia. Y es de esta
manera: «tú sospechas ser el ánima racional corruptible porque si el celebro
está bien templado acierta muy bien a discurrir y filosofar, y si se calienta o
enfría más de lo que conviene, delira y dice mil disparates. Eso mesmo se
infiere considerando las obras que tú dices ser de Dios; porque si hace un
hombre en lugares templados donde el calor no excede a la frialdad, ni la
humidad a la sequedad, le saca muy ingenioso y discreto, y si es la región
destemplada, todos los saca estultos y necios». (Y así dice el mesmo Galeno que
en Escitia por maravilla acierta a salir un hombre sabio, y en Atenas todos
nacen filósofos). Pues sospechar que Dios es corruptible porque con unas
calidades hace bien estas obras, y con las contrarias salen erradas, no lo
puede confesar Galeno, pues ha dicho que Dios es sempiterno.
Platón va por otro camino más acertado, diciendo que, aunque Dios es
eterno, omnipotente y de infinita sabiduría, que se ha como agente natural en
sus obras y que se sujeta a la disposición de las cuatro calidades primeras, de
tal manera que para engendrar un hombre sapientísimo y semejante a él, tuvo
necesidad de buscar un lugar, el más templado que había en todo el mundo, donde
el calor del aire no excediese a la frialdad, ni la humidad a la sequedad. Y,
así, dijo: Deus vero, quasi belli ac sapientiae studiosus,
locum qui viros ipsi, simillimos producturus esset, electum in primis
incolendum praebuit. Y si Dios quisiera hacer un hombre sapientísimo en
Escitia o en otra región destemplada, y no usara de su omnipotencia, saliera
por fuerza necio por la contrariedad de las calidades primeras; pero no
infiriera Platón, como hizo Galeno, que Dios era alterable y corruptible porque
el calor y la frialdad le impiden sus obras. Eso mesmo se ha de colegir cuando
el ánima racional, por estar en un celebro inflamado, no puede usar de
discreción y prudencia; y no pensar que por eso es mortal y corruptible. El
salir del cuerpo y no poder sufrir la gran calentura ni las demás alteraciones
que suelen matar los hombres, sólo arguye que es acto y forma sustancial del
cuerpo humano, y que para estar en él requiere ciertas disposiciones materiales
acomodadas al ser que tiene de ánima, y que los instrumentos con que ha de
obrar estén bien compuestos, bien unidos y con el temperamento que sus obras
han menester; todo lo cual faltando, por fuerza las ha de errar y ausentarse
del cuerpo.
El error de Galeno está en querer averiguar por principios de filosofía
natural sí el ánima racional, faltando del cuerpo, muere luego o no, siendo
cuestión que pertenece a otra ciencia superior y de más ciertos principios, en
la cual probaremos que no es buen argumento el suyo, ni que se infiere bien ser
el ánima del hombre corruptible por estar en el cuerpo quieta con unas
calidades y ausentarse de él por las contrarias. Lo cual no es dificultoso
probarse. Porque otras sustancias espirituales de mayor perfección que el ánima
racional eligen lugares alterados con calidades materiales en los cuales parece
que habitan a su contento, y si suceden otras disposiciones contrarias, luego
se van por no poderlas sufrir. Y, así, es cierto que hay disposiciones en el
cuerpo humano las cuales apetece el demonio con tanta agonía, que por gozar
dellas se entra en el hombre donde están, y así queda endemoniado; pero
corrompidas y alteradas con medicinas contrarias y hecha evacuación de los
humores negros, podridos y hediondos, naturalmente se torna a salir. Véese esto
claramente por experiencia: que en siendo una casa grande, oscura, sucia,
hedionda, triste y sin moradores que la habiten, luego acuden duendes a ella; y
si la limpian y abren ventanas para que le entre el sol y claridad, luego se
van, especialmente si la habitan muchas gentes y hay en ella regocijos y
pasatiempos y tocan muchos instrumentos de música.
Cuánto ofenda al demonio el armonía y buena proporción, muéstrase
claramente por lo que dice el texto divino: que tomando David su arpa y
tocándola, luego huía el demonio y salía del cuerpo de Saúl. Y aunque esto
tiene su espíritu, yo tengo entendido que naturalmente molestaba la música al
demonio y que no la podía sufrir. El pueblo de Israel sabía ya por experiencia
que el demonio era enemigo de música, y por tenerlo así entendido dijeron los
criados de Saúl de esta manera: ecce spiritus Dei malus
exagitat te: jubeat Dominus noster rex, et servi tui, qui coram te sunt,
quaerent hominem scientem psallere cithara, ut quando arripuerit te spiritus
Domini malus, psallat manu sua et levius feras. De la manera que hay
palabras y comparaciones que hacen temblar al demonio, y por no oírlas deja el
lugar que tenía elegido para su habitación. Y, así cuenta Josefo que Salomón
dejó escritos ciertos modos de conjurar, con los cuales no solamente echaba de
presente al demonio, pero jamás osaba volver al cuerpo de donde una vez fue lanzado.
También el mesmo Salomón mostró una raíz de tan abominable olor para el
demonio, que aplicándola a las narices del demonio, lo echaba luego fuera. Es
tan sucio el demonio, tan triste y enemigo de cosas limpias, alegres y claras,
que entrando Jesucristo en la región de los Geraseos, cuenta san Mateo que le
ocurrieron ciertos demonios metidos en dos cuerpos muertos que habían sacado de
los sepulcros, dando voces y diciendo: «Jesús, hijo de David, ¿qué tema tienes
con nosotros en haber venido antes de tiempo a atormentarnos? Rogámoste que si
nos has de echar de este lugar donde estamos, que nos dejes entrar en aquella
manada de puercos que allí está». Por la cual razón los llama la divina
Escritura sucios espíritus. Por donde se entiende claramente que no sólo
el ánima racional pide disposiciones en el cuerpo para poderlo informar y ser
principio de todas sus obras, pero aun para estar en él, como en lugar
acomodado a su naturaleza, las ha menester: pues los demonios, siendo de
sustancia más perfecta, aborrecen unas calidades corporales y con las
contrarias se huelgan y reciben contento. De manera que no es buen argumento el
de Galeno: «Vase el ánima racional del cuerpo por una gran calentura, luego es
corruptible»; pues lo hace el demonio (de la manera que hemos dicho), y no es
mortal.
Pero lo que en este propósito más se ha de notar es que el demonio no
solamente apetece lugares alterados con calidades corporales para estar en
ellos a su contento, pero aun cuando quiere obrar alguna cosa que le importa
mucho, se aprovecha de las calidades corporales que ayudan para aquel fin.
Porque si yo preguntase ahora en qué se pudo fundar el demonio cuando,
queriendo engañar a Eva, se metió antes en la serpiente ponzoñosa que en el
caballo, en el oso, en el lobo y en otros muchos animales que no eran de tan
espantable figura, yo no sé qué se me podría responder. Bien sé que Galeno no
admite los dichos y sentencias de Moisés ni de Cristo nuestro redentor, porque
ambos, dice, que hablan sin demostración, pero de algún católico he deseado
siempre saber la solución de esta duda, y ninguno me la ha dado.
Ello es cierto, como ya lo dejamos probado, que la cólera quemada y
retostada es un humor que enseña al ánima racional de qué manera se han de
hacer los embustes y engaños. Y, entre los brutos animales, ninguno hay que
tanto participe de este humor como la serpiente; y, así, más que todos dice la
divina Escritura que es astuto y mañoso. El ánima racional, puesto caso que es
la más ínfima de todas las inteligencias, pero tiene la mesma naturaleza que el
demonio y los ángeles. Y de la manera que ella se aprovecha de esta cólera
ponzoñosa para ser el hombre astuto y mañoso, así el demonio, metido en el
cuerpo de aquella bestia fiera, se hizo más ingenioso y doblado. Esta manera de
filosofar no espantará mucho a los filósofos naturales, porque tiene alguna
aparencia de poder ser así. Pero lo que más les ha de acabar el juicio es que
quiriendo Dios desengañar al mundo y enseñarle llanamente la verdad (que es la
contraria obra que hizo el demonio) vino en figura de paloma, y no de águila ni
de pavón ni de otras aves que tienen más hermosa figura. Y sabida la causa es
que la paloma participa mucho del humor que inclina a rectitud, a llaneza, a
verdad y simplicidad, y carece de la cólera, que es el instrumento de la
astucia y malicia.
Ninguna cosa destas admite Galeno, ni los filósofos naturales. Porque no
pueden entender cómo el ánima racional y el demonio, siendo sustancias
espirituales, se puedan alterar de calidades materiales como es el calor,
frialdad, humidad y sequedad: porque si el fuego introduce calor en el leño, es
por tener ambos cuerpo y cantidad en que sujetarse, lo cual falta en las
sustancias espirituales. Y admitido por cosa imposible que las calidades
corporales pudiesen alterar la sustancia espiritual, ¿qué ojos tiene el
demonio, ni el ánima racional, para ver los colores y figuras de las cosas, ni
qué olfato para percibir los olores, ni qué oído para la música, ni qué tacto
para ofenderse del mucho calor, para todo lo cual son menester órganos
corporales? Y si, apartada el ánima racional, del cuerpo, se ofende y tiene
dolor y tristeza, no es posible dejar de alterarse su naturaleza y venirse a
corromper. Estas dificultades y argumentos embarazaron a Galeno y a los filósofos
de nuestros tiempos, pero a mí no me concluyen.
Porque, cuando Aristóteles dijo que la mayor propriedad que la sustancia
tenía era ser sujeto de los accidentes, no la coartó a la corporal ni
espiritual, porque la propiedad del género igualmente la participan las
especies; y, así, dijo que los accidentes del cuerpo pasan a la sustancia del
ánima racional, y los del ánima al cuerpo, en el cual principio se fundó para
escrebir todo lo que dijo de fisionomía. Mayormente, que los accidentes con que
se alteran las potencias todos son espirituales, sin cuerpo, sin cantidad ni
materia; y, así, se multiplican en un momento por el medio y pasan por una
vidriera sin romperla, y dos accidentes contrarios pueden estar en un mesmo
sujeto con toda la intensión que pueden tener; por las cuales propriedades los
llamó el mesmo Galeno indivisibles, y los filósofos vulgares, intensionales.
Y, siendo de esta manera, bien se pueden proporcionar con la sustancia
espiritual.
Yo no puedo dejar de entender que el ánima racional apartada del cuerpo, y
también el demonio tenga potencia visiva, olfativa, auditiva y tactiva; lo cual
me parece que es fácil de probar. Porque si es verdad que las potencias se
conocen por las acciones, cierto es que el demonio tenía potencia olfativa,
pues olía aquella raíz que Salomón mandaba aplicar a las narices de los
endemoniados; y que tenía potencia auditiva, pues oía la música que David daba
a Saúl. Pues decir que estas calidades las percibía el demonio con el
entendimiento, no se puede afirmar en la doctrina de los filósofos vulgares,
porque esta potencia es espiritual y los objetos de los cinco sentidos son
materiales. Y, así, es menester buscar otras potencias, en el ánima racional y
en el demonio, con quien se pueden proporcionar.
Todas estas dudas soltara bien el ánima del rico avariento de quien cuenta
san Lucas que estando en el infierno alzó los ojos y vio a Lázaro que estaba en
el seno de Abrahán, y dando voces dijo así: Pater Abraham,
miserere mei: mitte Lazarum ut intingat extremum digiti sui in aquam ut
refrigeret linguam meam, quia crucior in hac flamma; como si dijera:
«Padre Abrahán, tené misericordia de mí y envíame a Lázaro, para que moje la
extremidad de su dedo en agua y me refresque la lengua, porque estoy
atormentado en esta llama». De la doctrina pasada y de lo que dice esta letra
se colige que el fuego que abrasa las ánimas en el infierno es material como el
que acá tenemos, y que ofendía al rico avariento y a las otras ánimas (por
divina disposición) con el calor, y que si Lázaro se llevara un jarro de agua
fría, que sintiera gran recreación metiéndose en ella. Y está la razón muy
clara; porque si no pudo sufrir estar en el cuerpo por el mucho calor de la
calentura, y cuando bebía agua fría sentía el ánima gran recreación, ¿por qué no
entenderemos lo mesmo estando unida con las llamas del fuego infernal? El alzar
los ojos el rico avariento, y la lengua sedienta, y el dedo
de Lázaro, todos son nombres de las potencias del ánima para poderse la
Escritura explicar: los que no van por este camino, ni se fundan en filosofía
natural dicen mil disparates.
Ello es cierto falta de entendimiento pensar que el demonio, o el ánima
racional apartada del cuerpo, no podrá conocer los objetos de los cinco
sentidos aunque carezca de instrumentos corporales, porque por la mesma razón
les probaré que el ánima racional apartada del cuerpo no puede entender,
imaginar, ni hacer actos de memoria. Porque si, estando en el cuerpo, no puede
ver quebrados los ojos, también no puede raciocinar ni acordarse si el celebro
está inflamado. Pues decir que el ánima racional apartada del cuerpo no puede
raciocinar por no tener celebro es desatino muy grande, el cual se prueba en la
misma historia de Abrahán: Fili, recordare quia recepisti
bona in vita tua, et Lazarus similiter mala; nunc autem hic consolatur, tu vero
cruciaris; et in his omnibus inter nos et vos chaos magnus firmatus est, ut hi
qui volunt hinc transire ad vos non possint, nec inde huc transire. Et ait:
rogo ergo te, Pater, ut mittias eum in domum patris mei habeo enim quinque
fratres, ut testetur illis, ne et ipsi veniant in hunc locum tormentorum.
De donde concluyo que, así como estas dos ánimas razonaron entre sí, y se
acordó el rico avariento que tenía cinco hermanos en casa de su padre, y
Abrahán le trujo a la memoria la buena vida que en el mundo había tenido y los
trabajos de Lázaro, sin ser menester el celebro, de la mesma manera pueden las
ánimas ver sin ojos corporales, y oír sin oídos, gustar sin lengua, oler sin
narices y tocar sin nervios ni carne; y muy mejor sin comparación. Lo mesmo se
entiende del demonio, por tener la mesma naturaleza que el ánima racional. Y si
no, pongamos por caso que el ánima del rico avariento alcanzara de Abrahán que
el ánima de Lázaro viniera al mundo a predicar a sus hermanos y persuadirles
que fuesen buenos, para que no viniesen a aquel lugar de tormentos donde él
estaba. Pregunto yo ahora: ¿cómo el ánima de Lázaro acertara a venir a la
ciudad y a la casa de, y si los encontrara en la calle, en compañía de otros, si
los conociera por su rostros y los supiera diferenciar de los que venían con
ellos, y si estos hermanos del rico avariento le preguntaran quién era, y quién
le enviaba, si tuviera alguna potencia para oír sus palabras? Lo mesmo se puede
inquirir del demonio cuando andaba tras Cristo nuestro redentor oyéndole
predicar y viendo los milagros que hacía. Y en aquella disputa que ambos
tuvieron en el desierto ¿con qué oídos percebía el demonio las palabras y
respuestas que Cristo le daba?
Pero tampoco se infiere que si el ánima racional tiene dolor y tristeza,
por alterarse su naturaleza con calidades contrarias, que es corruptible ni
mortal. Porque las cenizas, con estar compuestas de cuatro elementos y de acto
y potencia, no hay agente natural en el mundo que las pueda corromper ni
quitarles las calidades que convienen a su naturaleza. El temperamento natural
de las cenizas, todos sabemos que es frío y seco; pero, aunque las echemos en
el fuego, jamás perderán la frialdad que tienen radical, y aunque estén cien mil
años en el agua es imposible, sacadas de ella, quedar con humidad propria y
natural. Y con esto, no se puede dejar de confesar que con el fuego reciben
calor y con el agua humidad; pero estas dos calidades son, en las cenizas,
superficiales y duran poco en el sujeto, porque apartadas del fuego se tornan
luego frías, y quitadas del agua no les dura una hora la humidad.
Pero una duda se ofrece en aquel coloquio y disputa que tuvo el rico
avariento con Abrahán; y es cómo supo más delicadas razones el ánima de Abrahán
que la del rico avariento, habiendo dicho atrás que todas las ánimas racionales
(salidas del cuerpo) son de igual perfección y saber. A la cual se puede
responder de una de dos maneras.
La primera es que la ciencia y saber que el ánima alcanzó estando en el
cuerpo no la pierde cuando el hombre se muere, antes la perfecciona después,
desengañándose de algunos errores. El ánima de Abrahán partió de esta vida
sapientísima y llena de muchas revelaciones y secretos que Dios le comunicó por
ser su amigo. Pero la del rico avariento por fuerza había de salir insipiente,
lo uno por el pecado, que cría ignorancia en el hombre, y lo otro porque las
riquezas hacen contrario efecto de la pobreza: ésta da ingenio al hombre como
adelante probaremos, y la prosperidad se lo quita.
Otra respuesta hay siguiendo nuestra doctrina, y es que la materia en que
estas dos ánimas disputaban era teología escolástica, porque saber si estando
en el infierno había lugar de misericordia, y si Lázaro podía pasar dende el
limbo al infierno, y si convenía enviar al mundo algún muerto que diese noticia
a los vivos de los tormentos que en él pasaban los condenados, todos son puntos
escolásticos, cuya decisión pertenece al entendimiento como adelante probaré. Y
entre las calidades primeras ninguna hay que tanto desbarate a esta potencia
como el calor demasiado, del cual estaba bien atormentado el rico avariento.
Pero el ánima de Abrahán moraba en un lugar templadísimo, donde tenía gran
consuelo y recreación, y así no era mucho que raciocinase mejor. Por donde
concluyo que el ánima racional y el demonio se aprovechan para sus obras de las
calidades materiales, y que con unas se ofenden y con las contrarias reciben
contento, y que por esta razón apetecen estar en unos lugares y huyen de otros,
sin ser corruptibles.
Donde se da a cada
diferencia de ingenio la ciencia que le responde en particular y se le quita la
que es repugnante y contraria
Todas las
artes, dice Cicerón, están constituidas debajo de ciertos principios universales,
los cuales aprendidos con estudio y trabajo, en fin se vienen a alcanzar; pero
el arte de poesía es en esto tan particular, que si Dios o Naturaleza no hacen
al hombre poeta, poco aprovecha enseñarle con preceptos y reglas cómo ha de
metrificar. Y, así, dice: Caeterarum rerum studia, et
doctrina et praeceptis et arte constant; poeta natura ipsa valet et mentis
viribus excitatur, et quasi divino quadam spiritu afflatur. Pero en esto
no tiene razón Cicerón; porque realmente no hay ciencia ni arte inventada en la
república que, si el hombre se pone a estudiarla faltándole el ingenio, salga
con ella aunque trabaje en sus preceptos y reglas toda la vida; y si acierta
con la que pedía su habilidad natural, en dos días vemos que se halla enseñado.
Lo mesmo pasa en la poesía sin diferencia ninguna: que, si el que tiene
naturaleza acomodada para ella se da a componer versos, los hace con gran
perfección, y si no, para siempre es mal poeta.
Siendo esto así, ya me parece que es tiempo saber, por arte, qué diferencia
de ciencia a qué diferencia de ingenio le responde en particular, para que cada
uno entienda con distinción (sabida ya su naturaleza) para qué arte tiene
disposición natural.
Las artes y ciencias que se alcanzan con la memoria son las siguientes:
gramática, latín y cualquier otra lengua; la teórica de la jusrispericia;
teología positiva; cosmografía y aritmética.
Las que pertenecen al entendimiento son: teología escolástica; la teórica
de la medicina; la dialéctica; la filosofía natural y moral; la práctica de la
jusrispericia que llaman abogacía.
De la buena imaginativa nacen todas las artes y ciencias que consisten en
figura, correspondencia, armonía y proporción. Estas son: poesía, elocuencia,
música, saber predicar, la práctica de la medicina, matemáticas, astrología,
gobernar una república, el arte militar; pintar, trazar, escrebir, leer, ser un
hombre gracioso, apodador, polido, agudo in agilibus,
y todos los ingenios y maquinamientos que fingen los artífices; y también una
gracia de la cual se admira el vulgo, que es dictar a cuatro escribientes
juntos materias diversas, y salir todas muy bien ordenadas.
De todo esto no podemos hacer evidente demostración, ni probar cada cosa
por sí, porque sería nunca acabar. Pero echando la cuenta en tres o cuatro
ciencias, en las demás correrá la mesma razón.
En el catálogo de las ciencias que dijimos pertenecer a la memoria,
pusimos la lengua latina y las demás que hablan todas las naciones del mundo.
Lo cual ningún hombre sabio puede negar; porque las lenguas fue una invención
que los hombres buscaron para poder entre sí comunicarse y explicar los unos a
los otros sus conceptos, sin haber en ello más misterio ni principios naturales
de haberse juntado los primeros inventores, y a buen pláceme, como dice Aristóteles,
fingir los vocablos y dar a cada uno su significación. Resultó de allí tanto
número dellos y tantas maneras de hablar tan sin cuenta ni razón, que, si no es
tiniendo el hombre buena memoria, con ninguna otra potencia es imposible
poderse comprender.
Cuán impertinente sea la imaginativa, y el entendimiento, para aprender
lenguas y maneras de hablar, pruébalo claramente la niñez, que, con ser la edad
en la cual el hombre está más falto de estas dos potencias, con todo eso dice
Aristóteles que los niños aprenden mejor cualquiera lengua que los hombres
mayores, aunque son más racionales. Y sin que lo diga nadie, nos lo muestra
claramente la experiencia, pues vemos que si a Castilla viene a vivir un
vizcaíno de treinta o cuarenta años, jamás aprende el romance, y si es
muchacho, en dos o tres años parece nacido en Toledo. Lo mesmo acontece en la
lengua latina y en todas las demás del mundo, porque todos los lenguajes tienen
la mesma razón. Luego, si en la edad que más reina la memoria y menos hay de
entendimiento y de imaginación, se aprenden mejor las lenguas que cuando hay
falta de memoria y sobra de entendimiento, cierto es que con la memoria se
adquieren y no con otra potencia ninguna.
Las lenguas, dice Aristóteles que no se pueden sacar por razón, ni consisten
en discurso ni raciocinio; y así es necesario oír a otro el vocablo y la
significación que tiene, y guardarlo en la memoria. Y con esto prueba que si el
hombre nace sordo, necesariamente ha de ser mudo, por no poder oír a otro el
articulación de los nombres ni la significación que los inventores les dieron.
De ser las lenguas un plácito y antojo de los hombres, y no más, se
infiere claramente que en todas se pueden enseñar las ciencias, y en cualquiera
se dice y declara lo que la otra quiso sentir. Y, así, ninguno de los graves
autores fue a buscar lengua extranjera para dar a entender sus conceptos; antes
los griegos escribieron en griego, los romanos en latín, los hebreos en
hebraico, y los moros en arábigo; y así hago yo en mi español, por saber mejor
esta lengua que otra ninguna. Los romanos, como señores del mundo, viendo que
era necesario haber una lengua común con que todas las naciones se pudiesen
comunicar, y ellos oír y entender a los que venían a pedir justicia y cosas
tocantes a su gobernación, mandaron que hubiese escuela, en todos los lugares
de su imperio, en la cual se enseñase la lengua latina; y así ha durado hasta
el día de hoy.
La teología escolástica es cierto que pertenece al entendimiento, supuesto
que las obras de esta potencia son distinguir, inferir, raciocinar, juzgar y
eligir; porque ninguna cosa se hace en esta facultad que no sea dudar por
inconvenientes, responder con distinción, y contra la respuesta inferir lo que
en buena consecuencia se colige, y tornar a responder hasta que se sosiegue el
entendimiento.
Pero la mayor probación que en este punto se puede hacer es dar a entender
con cuánta dificultad se junta la lengua latina con la teología escolástica, y
cómo, de ordinario, no acontesce ser uno juntamente gran latino y profundo
escolástico. Del cual efecto admirados algunos curiosos que han dado ya en
ello, procuraron buscar la razón y causa de donde podía nacer; y hallaron por
su cuenta que como la teología escolástica está escrita en lengua llana y común
y los grandes latinos tienen hecho el oído al sabroso y elegante estilo de
Cicerón, no se pueden acomodar a ella. Bien les estuviera a los latinos ser
ésta la causa; porque forzando el oído con el uso, tuviera remedio su
enfermedad. Pero hablando de veras, antes es dolor de cabeza, que mal de oído.
Los que son grandes latinos tienen forzosamente gran memoria, porque de
otra manera no se pudieran señalar tanto en una lengua que no era suya. Y
porque grande y feliz memoria es como contraria del grande y subido
entendimiento en un sujeto, remítele y bájale de punto; y de aquí nace que el
que no tiene tan cabal y subido entendimiento (que es la potencia a quien
pertenece el distinguir, inferir, raciocinar, juzgar y elegir) no alcanza
subido caudal de teología escolástica. El que no se concluyere con esta razón
lea a santo Tomás, Escoto, Durando y Cayetano, que son la prima de esta
facultad; y hallará grandes delicadezas en sus obras, dichas y escritas en muy
llano y común latín. Y no fue otra la causa sino que estos graves autores
tuvieron dende niños muy flaca memoria para aventajarse en la lengua latina;
pero venidos a la dialéctica, metafísica y teología escolástica, alcanzaron
todo lo que vemos por tener grande entendimiento.
De un teólogo escolástico sabré yo decir (y otros muchos que le conocieron
y trataron) que, con ser la prima en esta facultad, no solamente no decía
elegancias ni cláusulas rodadas al tono de Cicerón, pero leyendo en la cátedra
le notaban sus discípulos de muy poco y común latín. Y, así, le aconsejaron -como
hombres que ignoraban esta doctrina- que secretamente hurtase algunos ratos al
estudio de la teología escolástica y los emplease en leer a Cicerón. El cual,
conociendo que era consejo de buenos amigos, no solamente lo procuró remediar
en escondido, pero públicamente, en acabando de leer la materia De Trinitate o cómo el Verbo divino pudo encarnar,
entraba a oír una lección de latín. Y fue cosa digna de notar que, en mucho
tiempo que lo hizo así, no solamente no aprendió nada de nuevo, pero el latín
común que antes sabía casi lo vino a perder, por donde le fue forzado leer en
romance.
Preguntando Pío IV qué teólogos se habían señalado más en el Concilio
tridentino, le dijeron que un singular teólogo español, cuya resolución,
argumentos, respuestas y distinciones eran dignas de admiración. Y deseando el
Papa ver y conocer un hombre tan señalado, le envió a mandar que se viniese por
Roma y le diese cuenta de lo que en el Concilio había pasado. Al cual, puesto
en Roma, le hizo muchos favores; entre los cuales le mandó cubrir, y tomándolo
por la mano, lo llevó paseando hasta el castillo de Santángelo, y con muy
elegante latín le dio cuenta de ciertas obras que en él hacía para fortificarle
más, pidiéndole en algunas trazas su parecer. Y respondióle tan embarazadamente
por no saber latín, que el embajador de España (que a la sazón era Don Luis de
Requesens, Comendador mayor de Castilla) salió a favorecerle con su latín y
distraer al Papa a otra materia diferente. En fin, dijo el Papa a los de su
Cámara que no era posible saber tanta teología, como decían, un hombre que
entendía tan poco latín. Y si como le probó en esta lengua, que es obra de la
memoria, y en trazar y edificar, que pertenece a la buena imaginativa, le
tentara en cosas tocantes al entendimiento, le dijera divinas consideraciones.
En el catálogo de las ciencias que pertenecen a la imaginativa pusimos al
principio la poesía, y no acaso ni con falta de consideración, sino para dar a
entender cuán lejos están del entendimiento los que tienen mucha vena para
metrificar. Y, así, hallaremos que la mesma dificultad que la lengua latina
tiene en juntarse con la teología escolástica, ésta se halla (y mucho mayor sin
comparación) entre esta facultad y el arte de metrificar. Y es tan contraria
del entendimiento, que por la mesma razón que alguno se señalare notablemente
en ella, se puede despedir de todas las ciencias que pertenecen a esta
potencia; y también de la lengua latina por la contrariedad que la buena
imaginativa tiene con la mucha memoria.
La razón de lo primero no la alcanzó Aristóteles. Pero confirma mi sentencia con una experiencia, diciendo: Marcus, civis Syracusanus, poeta erat praestantior dum mente alionaretur, como si dijera: «Marco siracusano era mejor poeta cuando salía fuera de juicio». Y es la causa que la diferencia de imaginativa a quien pertenece la poesía, es la que pide tres grados de calor; y esta calidad, tan intensa, hemos dicho atrás que echa a perder totalmente el entendimiento. Y así lo notó el mesmo Aristóteles; porque, templándose el Marco siracusano, dice que te