salud mental: historia de la psicología clínica, psiquiatría y psicoanalisis en Argentina. Salomón Chichilnisky y Mario Crocco see htm Normal Admin 3 158 2005-06-20T23:32:00Z 2005-06-20T06:30:01Z 2006-09-25T02:52:00Z 1 38696 212834 Full Text Open Access Online State Journal Artículo completo de acceso libre en revista estatal en línea Electroneurobiología 2005; 13 (2), pp. 14-160, abril-julio 2005; URL http://electroneubio.secyt.gov.ar/Walusinski_phylogeny_yawning_kinesie.doc Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y Ministerio de Salud y Ambiente, República Argentina 1773 502 251028 11.5606

Gobierno de la ciudad de Buenos Aires

Hospital Neuropsiquiátrico "Dr. José Tiburcio Borda"

Laboratorio de Investigaciones Electroneurobiológicas

y Revista

Electroneurobiología

ISSN: ONLINE 1850-1826 - PRINT 0328-0446

Aventuras pampeanas en salud mental:

la dirección de la cura – y sus vueltas –

en la historia de la psicología clínica,

psiquiatría y psicoanálisis en la Argentina

por

Salomón Chichilnisky

Secretario General de Asistencia de Alienados e Higiene Mental de la Nación (1946-1947) y, conservando la jerarquía antedicha, Director de Alienados e Higiene Mental (1947-1949), Director de Hospitales Psiquiátricos (1949-1951), Director General del Servicio Nacional de Extensión Hospitalaria y Hospi­tal a Domicilio (1951-1954) y Director de Lucha Contra las Enfermedades Neurológicas y Mentales (1954-1955) en el Ministerio de Salud Pública de la Nación

Contacto / correspondence: vixit (1898-1971)

Parte primera: Viñetas

 

precedido de una Noticia preliminar por Mario Crocco

Electroneurobiología 2005; 13 (2), pp. 14-160; URL <http://electroneubio.secyt.gov.ar/index2.htm>

 

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Noticia preliminar, por Mario Crocco. La filantropía, lejos de agotarse en sus posibles usos como

·        medio de sujeción social,

·        fuente de discurso, instrumental para que sus agentes abarquen mayores campos de acción

·        generador de clientelismo político de los sectores con menores recursos,

·        estrategia de mantenimiento del poder para médicos y otros gremios ya consolidados, proveedores de bienestar real o imaginario,

·        estrategia de construcción de poder para psicoterapeutas y otros gremios emergentes, proveedores de salud real o imaginaria,

·        asistencialismo mercantilmente justificado,

·        criminalización mercantilmente justificada,

·        vía de acceso y de retención de privilegios corporativos y supuesta autoridad técnica en sociedades fuertemente estratificadas,

·        pacificación de la falsa conciencia con el repetido agradecimiento individual de los tutelados,

puede también ser vista como un fin en sí mismo. Esto es, la filantropía puede ser vista como el hallazgo de un sentido preexistente para la incoercible realidad del existir no puesto por uno mismo. Claro, para ello es necesario disminuir la paranoia y desactivar a los apóstoles decimonónicos de la sospecha no sólo respecto al grupo de pertenencia – del modo como es habitual llevarlo a cabo: confiando en los camaradas de ruta mientras mantenemos activa la prevención hacia quienes cada uno sindica como genuinos factores de la exclusión egoísta – sino asimismo respecto a la totalidad de lo real, relación esta que es más básica que la que mantenemos con amigos y adversarios individuales.

Confianza básica o desconfianza básica deciden, en efecto, entre ver los hechos de la filantropía como puro pretexto egoísta o como realidad óntica fundamental. Ambas, confianza básica y desconfianza básica, modulan nuestra percepción y, ofreciendo así a nuestra consideración diferentes objetos, generan diferentes actitudes hacia las mismas acciones filantrópicas dirigidas hacia enfermos, delincuentes de pequeña y de gran escala, mendigos, embriones y locos – sobre todo, ahora que mucha vida (excedentes demográficos) estorba al mercado global financiarizado a ultranza. ¿Asombrará pues la disputa sobre la madre Teresa de Calcuta? ¿Sobre erigir y sostener hospitales neuropsiquiátricos? ¿Sobre la constante preocupación de sus directores del siglo XIX por ampliarlos, leída como loco afán de crearse imperios o bien de brindar aire y luz a sus queridos locos hacinados? ¿Sobre escuchar a cada paciente como genuino encuentro interpersonal, o bien como disimulo en la coerción? ¿Sobre mantener a la gran mayoría de incapaces en la calle, o cambiarles allí algo para que nada cambie? ¿Sobre promover el socialismo con incentivos capitalistas? ¿Sobre filantropía que cosifica y caridad como opresión? ¿Sobre técnicas de propaganda y mercado y técnicas de persuasión? ¿Sobre prisiones-escuela y escuelas-prisión? Las opciones se parecen a las de un control sintonizador giratorio: si al girarlo nos excedemos hacia uno u otro lado, sintonizaremos distorsionadamente los datos.

Este trabajo de Salomón Chichilnisky proporciona un ejercicio de sintonía. ¿Puede la filantropía ser algo más que letra para conquistar poder, higienismo fulminador, tipificación exclusoria, fiscalización sanitaria en procura de prebendas o rehenes, disciplinamiento interesado, invasión sociocognitiva componente de la lucha de clases, ortogénesis contraceptiva, el negocio de proveer salud matapobres y "darwinismo social" estratégico? ¿O agotar la vida propia por incapaces y delincuentes es siempre y por necesidad perverso? ¿Sólo la identificación redime? ¿Mantener al otro en la posición de Otro es inevitablemente retorcido y censurable? ¿Sólo por ansias de dominación o por odio superficialmente convertido en lo contrario puede uno consumirse fundando hospitales, dedicando su vida a sacar gente de la calle para enjaularlos en nuestra forma de vida? ¿O habríamos en cambio de ajustarlos a alguna forma de vida que aún no existe, fantaseada tal vez? ¿O ajustar es siempre malo y no habría que ajustarlos a nada, dejando de encauzar el poco o mucho desarrollo que los disminuídos mentales puedan alcanzar? En particular, ¿hay que esperar la revolución, antes que hacer filantropía ofreciendo al tutelado una vida prerrevolucionaria? ¿Y qué hemos de hacer si como en tiempos del higienismo social está todo por hacerse, si no hay ni hospitales ni presión económica para denunciar al asistencialismo? ¿Acaso no asistiremos a nadie ni fundaremos segregatorios para "personas especiales"? ¿Separar, tipificar, clasificar es siempre avieso? Todo campo obligatorio para concentrar educandos, desequilibrados, réprobos, ¿es un campo de concentración? Y si la propaganda los convence, ¿deja de serlo? ¿Acaso la liberación consiste en el consenso? ¿Todo disciplinamiento es explotatorio? ¿Ser genuinamente bueno escapa a las posibilidades humanas? ¿Somos tan distintos de los adversarios como para que nuestra relación sólo consista en debilitarnos mutuamente? ¿Es intrínsecamente malvada la filantropía y hemos de eliminarla y substituirla por siempre por el derecho, o es este substituto intrínsecamente malvado y hemos de eliminarlo y substituirlo por la motivación del amor? Nada nuevo, bien se ve; Nómos versus Ágape; platonismo y exceso ritual, o benevolencia. Pero, ¿no somos irredimible basura? ¿Es realmente posible poner al Bien como fin último del obrar? ¿Fundar una solidaridad sin verso, una educación o reeducación sin arremetida del control social? ¿Qué afirmar?

La preferencia, entre imaginar ulterioridades o el valor propio del acto como motivación del obrar ajeno, depende de cuánta confianza le tengamos al agente: de cuánto valor le reconozcamos. La Patrística y el Che pasaron, sin socavar su praxis, por el examen último de los incentivos y del posible uso altruista del egoísmo. En cambio, el examen del posible uso egoísta del altruismo puede usarse como arma resignificatoria para socavar praxis y para ello el gran capital lo promueve, con frecuencia por medio de sus menos lúcidos adversarios. Aunque el iconoclasticismo o debunking es un medio de vida académico, capaz de proveer toda la vida sueldos y "becas de investigación" o, a menudo, becas por justificación de prejuicios compartidos, de modo que las sociedades de debunking mutuo ya podrían competir con las de admiración mutua en materia de asegurar un sueldito, las primeras aumentan la prevención y las segundas la bajan. Obran como un control giratorio en ciertas regiones cerebrales, como un módulo regulador o varita mágica que ipso facto transformara el lóbulo temporal de un manso vacuno en el de prestísima comadreja. Por eso, si me preguntan a mí, prefiero seguir confiando. No es que en todos los niveles institucionales no haya encontrado las psicopateadas más pérfidas, sino que se me viene en gana no darles el gusto.

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Este trabajo de Salomón Chichilnisky se compone de dos partes. En la primera, que forma este artículo, Chichilnisky intentó entramar algunas Viñetas reveladoras, entresacadas de la historia de la psicología clínica y asistencial y la neuropsiquiatría en la Argentina. En el siguiente artículo, "el Chichi" (como afectuosamente se le apodaba en el ambiente) narrará sus Aventuras como Director de Asistencia de Alienados de la Nación durante el peronismoél, que cuando Perón volvió al manicomio a inaugurar las ingentes mejoras que a pedido del propio Chichilnisky el Gobierno había provisto y, tras el acto, le descerrajó en público la pregunta, "Y ahora usted, doctor Chichilnisky, ¿cuándo se va a hacer peronista?", todavía retrucó con el famoso "Cuando usted venga a vivir acá, señor presidente". Los dos artículos son, pues, bien distintos y eso sólo ya justifica disociarlos.

Pero además Chichilnisky, por la enfermedad de la que falleció en 1971, no pudo terminar el libro. El manuscrito estaba ya casi en este estado en 1966 cuando Juan Domingo Perón lo prologó – pese al retruque – por medio de la carta que en la segunda parte reproducimos en facsímil. Chichilnisky agregó algunas notas (como la mención de la carta a Walter Jakob, la del fallecimiento de Lanfranco Ciampi y la de los desarrollos hasta 1967 en el Centro Ameghino) en la primavera de 1968, pero no pudo realizar las tareas faltantes para prensas. Parte del manuscrito circuló algo en el ambiente y hasta se proyectó publicarlo tras el deceso del autor, realizándose para ello algunos preliminares entre el 26 de diciembre de 1972 y el 24 de enero de 1973. No se llegó entonces a retirar, ni tampoco hemos querido retirar ahora, algunas repeticiones que quedaron al eslabonar las sucesivas Viñetas, pensadas, se ve, como publicaciones individuales. Pero el primer sector de esta primera parte, empleado mucho tiempo antes por Chichilnisky como apuntes de cátedra para sus cursos, había incorporado largas y nada disimuladas paráfrasis de un archiconocido libro, nada menos que de "La locura en la Argentina", obra de José Ingenieros publicada en 1919. Con su acostumbrada franqueza Chichilnisky consideró que no tenía nada que disimular – en el caso hubiera sido imposible, por otra parte – y al parecer sus paráfrasis tuvieron por lógica finalidad eludir eventuales cuestionamientos formales al apunte inicial, originados en los derechos de autor de Ingenieros, aún vigentes en aquel momento. El resultado, esta primera parte o artículo, es una obra no sólo agradable e interesante sino muy útil como material de enseñanza, donde Chichilnisky articuló aquellas paráfrasis suyas de Ingenieros con otras de varias obras historiográficas que también señala, a lo que sumó no pocos aportes propios debido a su conocimiento personal del ambiente y los protagonistas desde alrededor de 1930. Pero para las épocas anteriores no investigó las fuentes primarias, ni pretendió hacerlo. Eso establece un corte historiográfico ya dentro de esta primera parte, y un brillante contraste con el segundo artículo: las Viñetas bien difieren de sus Aventuras. Electroneurobiología se honra con esta publicación, para la que hemos agregado algunas imágenes, y agradece a Alberto Ramón Chichilnisky, de California; a la Dra. Graciela Chichilnisky, UNESCO Professor of Mathematics and Economics, Columbia University, de Nueva York; y a Tamara Chichilnisky de Di Tella, de Buenos Aires, haber permitido que este trabajo de su padre asuma el protagonismo que le compete en los presentes debates del campo psi en nuestra sociedad.

 

 

 

Aventuras pampeanas en salud mental:

la dirección de la cura – y sus vueltas –

en la historia de la psicología clínica,

psiquiatría y psicoanálisis en la Argentina

 

por   Salomón Chichilnisky

 

Parte primera: Viñetas

 

·        Noticia preliminar, por Mario Crocco

·        Viñeta 1. La primera contribución psiquiátrica comunicada en el país

o       Noticia general: el Dr. Diego Alcorta

o       Personalidad de Martín Diego Alcorta

o       Evaluación de su tesis

o       Texto completo de la tesis de Diego Alcorta (1827)

·        Viñeta 2. Instituciones de asilo y terapéutica clínica

o       Casa de Dementes — Asilo de San Buenaventura — Hospicio de las Mercedes

o       El Asilo de Alienadas en Lomas de Zamora

o       La colonia de Luján

o       El Hospital-Colonia "Melchor Romero"

o       La Clínica Psiquiátrica de Córdoba

·        Viñeta 3: Buenaventura (Ventura) Pedro Bosch

·        Viñeta 4: José Tiburcio Borda

·        Viñeta 5: Arturo Ameghino

·        Viñeta 6: Christofredo Jakob. Su actuación en nuestro país

·        Viñeta 7: Braulio Aurelio Moyano

·        Viñeta 8: Luis Esteves Balado

·        Viñeta 9: Lanfranco Ciampi

·        Viñeta 10: Algunos directores del actual Hospital Nacional José T. Borda

o       José Teodoro Baca

o       José Maria de Uriarte

o       Lucio Meléndez

o       Domingo Cabred

o       Alfredo Scarano

o       Gonzalo Bosch

 

 

 

 

Viñeta 1. La primera contribución psiquiátrica comunicada en el país

1.1. Noticia general: el Dr. Diego Alcorta

Don Martín Diego Alcorta nació en Buenos Aires el 11 de noviembre de 1801. Cursó estudios primarios en la escuela de Francisco Argerich y fue luego becado en el Colegio de la Unión del Sur, que desde 1817 reemplazaba al Colegio San Carlos. Allí juntamente se matriculó su condiscípulo y amigo de la infancia Manuel Belgrano, sobrino del general-doctor. Tuvieron por profesores al poeta Juan Crisóstomo Lafinur, célebre autor del Canto elegíaco a Belgrano, que dictaba filosofía y despertó el interés de Alcorta en la materia, y a Avelino Díaz, que enseñaba matemáticas elementales y le aconsejó que cursara medicina.

La personalidad de Diego Alcorta se formó bajo la inspiración y "esquema estructurante" ideológico del nuevo espíritu científico difundido en la época de Rivadavia. Debemos pues enfocarla desde el doble punto de vista médico-psiquiátrico y filosófico.

Cosme Mariano Argerich (1758-1820), o Cosme Argerich padre, uno de los fundadores de la Escuela de Medicina en el año 1802, dictaba –entre otras materias – Nosografía (taxonomía de las enfermedades y medicina legal) y Clínica médica. Solía dar clases teórico-prácticas a los alumnos de su curso en el Hospital General de Hombres emplazado frente a la Iglesia de San Pedro Telmo, en la actual calle Humberto 1º; y se detenía en particular en el Cua­dro de Dementes de dicho hospital.

Cosme Mariano Argerich  (1758-1820)         

 

Diego Alcorta había tenido inclinación desde los primeros años hacia el estudio de la fisiología y la patología mental. Ello determinó que el recordable día 20 de febrero de 1820 se inscribiera en la Fa­cultad de Medicina, concurriendo con asiduidad al Cuadro de Dementes, donde indagaba disimuladamente – husmeaba, por así decir – las clases que con tanta maestría brindaba Cosme Argerich.

Argerich falleció a los pocos meses de haber ingresado Alcorta. Dos años después su hijo Cosme Francisco, que había nacido en España en 1784 y fallecería en Montevideo en 1842, médico a la sazón de entradas (médico de los pacientes ya entrados o internados, médico interno) en el Cuadro de De­mentes del Hospital General de Hombres, fue nombrado profesor de Medicina legal ("Nosografía") del Departamento de Medi­cina de la Universidad de Buenos Aires. El nombre de facultad era aún privativo del conjunto de los catedráticos en alguno de tales departamentos.

El hijo de Argerich, partidario de la revolución riva­daviana y como veremos empapado en las doctrinas psicológicas de los ideólogos, continuadores de Cabanis, Condillac y de Tracy y de los enciclopedistas (Voltaire, Rousseau), mostraba preferente atención hacia su dilecto amigo y discí­pulo, Diego Alcorta, diecisiete años menor. El 16 de octubre de 1823, Alcorta fue nombrado prac­ticante menor adscripto al Cuadro de Dementes del Hos­pital General de Hombres, con un modesto salario; un año más tarde pasó a ser practicante mayor. Tras finalizar sus estudios médicos con altas calificaciones – fue el segundo promedio de su promoción – se graduó de doctor ante la Facultad de Cirugía y Medicina el 15 de agosto de 1827, con una tesis basada en la observación de seis pacientes psiquiátricos internados en el Hospital General de Hombres.

Desde el comienzo de clases de 1822 (cinco de febrero), teniendo al doctor D. Francisco de Paula Rivero como profesor de Clínica Médica y Alienados en el Cuadro de Dementes del Hospital General de Hombres, Alcorta empezó a formar un trío inseparable con sus condiscípulos Martín García y Mariano Martínez, éste betlemita. A sugerencia de Alcorta, Martín García luego escribiría su tesis uni­versitaria sobre el tema Epilepsia, su naturaleza y cura­ción, cuyo texto no se conoce. Y al igual que Alcorta, fue "médico de entradas" (médico interno) del Cuadro de Dementes, puesto que retuvo – con fama clínica poco cabal, recomendándose en una sátira sus cuidados como buen camino para lograr un suicidio discreto – hasta la caída de la Federación en 1852.

Apariencia de los Barbones o Padres "Bethlemitas", según Guillermo Furlong.

A su vez el betlemita Mariano Martínez, que había quedado de hecho privado de actuar en la dirección y administra­ción de los hospitales a consecuencia del decreto regla­mentario de los frailes betlemitas, resolvió ingresar en la Facultad de Medicina, siguió el curso, se recibió en el mis­mo año que Alcorta —1827— y escribió su tesis sobre Operación cesárea, que Ingenieros (La locura en la Argentina III.I) indica conservado en la Biblioteca de la Facultad de Medicina (Nº 22.510).

Apenas egresado, Alcorta fue designado "médico de entradas" del ya mencionado Cuadro de Dementes; como llevaba varios años de actuación entre alienados, daba clase sobre enfermedades mentales. Tuvo muchos discípulos. Entre ellos se destacó el joven Gui­llermo Rawson, que a tres años de la muerte de Alcorta publicó su célebre tesis sobre La herencia en general y la herencia patológica en particular.

Guillermo Rawson en su madurez

Los problemas filosóficos, debatidos en la Universidad con motivo del nuevo espíritu científico que cundía desde el advenimiento del gobierno de Rivadavia, lo tenían a Alcorta absorto desde estudiante y tomaron aun más vuelo al verse libre Alcorta de sus obligaciones de pregrado. De improviso, a menos de un año de terminar la carrera médica, asumieron la conducción de su vida profesional. La cuestión de empirismo y racionalismo fue el detonante. El principio de que la experien­cia y la observación son los únicos caminos de la verdad, aun en desmedro de la palmaria deducción, reinaba entonces en el ambiente universitario (José Ingenieros: ob. cit.) Incómodo por las pugnas que ello creaba y enredado en otros vericuetos de la red ideológica, el profesor titular de Ideología en la Universidad de Buenos Aíres, don Juan Manuel Fernández de Agüero, que ya había sido suspendido y luego repuesto en sus funciones, presentó su renuncia a la cátedra que de tiempo atrás venía desempeñando.

Juan Manuel Fernández de Agüero (1772- 1840)     

 

Habiendo el gobierno de Manuel Dorrego llamado a un concurso para proveerla y establecido cuatro jurados (dos filósofos, Agrelo y Aguirre, y dos médicos, J. A. Fernández y C. Argerich), por unanimidad de votos la obtuvo Diego Alcorta en el año 1828, es decir a los 27 años de edad. Alcanzó así el considerable sueldo de mil pesos anuales y la lógica opción de abandonar el alienismo y, en general, la práctica profesional de la medicina.

Aunque no existía una Facultad específica dedicada a la filosofía, es sorprendente, "casi inconcebible en esa época, aun en Europa" (Ingenieros), que a un médico se le confiara una cátedra de filosofía; tanto más, cuanto que no tenía grado académico en ninguna otra ciencia además de la ciencia médica, como ser matemática, psicología, etc. Si bien es cierto que Alcorta poseía mayor tecnicismo médico que su predecesor, no era esto lo que iba en juego. Es aún de creencia bastante general que el profesor de filosofía debe ser un hábil dialéctico que explica lo inexplicable, que suele discurrir con excesiva sutileza en cualquier asunto; vale decir, en sinonimia positivista, que entra en el terreno de la metafísica. Tal vez esta concepción haya tenido papel en el asunto.

Pero apartándose de los problemas que por entonces constituían la me­tafísica, Alcorta dictó su curso de Filosofía y Retórica sobre la base de conceptos psicológicos, que parecían estar pasando a tornarse funda­mentales en esas disciplinas: "con más de Cabanis que de Tracy", apunta Ingenieros. En correspondencia imprimió a la psicología una ca­racterística marcadamente filosófica, donde brindó im­portancia casi exclusiva al estudio de los órganos de los sentidos. Ingenieros especifica que "sus lecciones eran tan impías y heréticas como las que habían obligado a renunciar a su antecesor Fernández de Agüero; revelan, evidentemente, mayor tecnicismo médico, pero menos vuelo filosófico, faltándoles el estilo incisivo y punzante con que el otro las expresaba".

Este antecesor, el mencionado sacerdote y filósofo español Juan Manuel Fernández de Agüe­ro, había enseñado la materia de acuerdo con la "ideología". Esta doctrina había sido inicialmente profesada por una es­cuela de filósofos, psicólogos y fisiólogos mayormente franceses de fi­nes del siglo XVIII y comienzos del XIX, continuadores de los enciclopedistas. Su afirmación esencial y, a la vez, la menos explicitada en tal doctrina, era que el alma consiste en lo que "contiene" y solamente en ello, esto es en el conjunto de sus ideas.

La aceptación académica de tan grave afirmación es visible en que la palabra ideología, estudio de las ideas, se suponía significar lo mismo que psicología, estudio del psiquismo; y en que si bien la cátedra era de "Psicología general" (que en esa situación era llamada "Ideología") lo que enseñaba era ante todo ideología, esto es las doctrinas de los ideólogos, basadas sobre todo en aquella capital afirmación que igualaba el psiquismo a la suma de sus contenidos. Fernández de Agüe­ro era además autor de poe­sías místicas con algunos elementos románticos, pero su obra de real mérito fue sin duda la titulada Principios de Ideología elemental, abstractiva y oratoria adaptados a la instrucción de los jóvenes en un curso bienal de Lógica, Metafísica y Retórica, muy en boga en su tiempo.

Influido nuestro médico-psicólogo-filósofo, no sólo por los alienistas (médicos de alienados, o psiquiatras) franceses Pinel y Esquirol, sino también por Cosme Argerich hijo, su maestro, jurado y amigo, compartía con éste sus inquietudes filosóficas. Ambos conocían a la perfección a los auto­res o mejor dicho las obras donde vertían sus principios y conclusiones. Podríamos sostener feha­cientemente que eran partisanos de las doctrinas psicoló­gicas de los ideólogos: valga la redundancia, su red ideológica era la Ideología. Entre otros, Condillac y Cabanis les eran muy familiares. Esteban Bonnet de Condillac (1715-1780), filósofo fran­cés amigo de Voltaire, de Rousseau y de Diderot, era reconocido en su país como jefe de la escuela sensua­lista para la cual no existe otra fuente de conocimiento que la sensación. Condillac por tanto sostenía que todas las ideas penetran en el espíritu por la vía de los sentidos y de tal modo estos son el origen de todos nuestros estados de consciencia. Era de común asenso que el cerebro genera tales sensaciones y, como para los ideólogos las ideas – que unicamente pueden ser generadas por las sensaciones – constituyen toda el alma, argumentaban así que el cerebro genera al alma.

Pierre Caba­nis (1757-1808), médico considerado uno de los precurso­res del positivismo, se interesó en las relaciones entre los procesos fisiológicos y los psicológicos; afirmaba que el cerebro secreta el pensamiento en modo "similar a como el hígado secreta la bilis" y ponía de relieve la influencia en la moral humana de los agentes físicos. Otro tanto diríamos de Antonio Luis Claudio Destutt de Tracy (1754-1836) discípulo y ferviente admirador de Condillac y de su obra monumental, Elementos de Ideología. Todos ellos eran funcionalistas: miraban a la inteligencia como la función de un órgano, con lo que supieron despertar vivo interés en los círculos intelectuales de la época.

Pero el autor preferido de Alcorta y Argerich hijo, diríamos "su maestro", era sin duda alguna el famoso filósofo inglés Juan Locke, algo anterior (1632-1704), cuya principal obra, donde está contenida su famosa teoría del conocimiento, se titula Ensayo so­bre el entendimiento humano. El principio fundamental a cuyo desarrollo dedica el filósofo inglés su extensa obra parte también del conocimiento humano y se puede reducir a los siguientes términos: la fuente de todas nuestras ideas es la experiencia: en ésta se halla el fundamento de todos nuestros conocimientos. Unas décadas después esto serviría de fundamento a los ideólogos en su argumentación citada, destinada a probar que el cerebro genera al alma.

Buenos Aires. "Recova Vieja y Pirámide". Acuarela de Pellegrini de 1829

Salvo los autores mencionados, Condillac, Cabanis, de Tracy y Locke, que constituían los textos de consulta, la erudición filosófica de los dos médicos, Alcorta y Argerich hijo, era en general un tanto limitada. Baste decir que de los filósofos antiguos Alcorta tenía un con­ocimiento sólo vago o relativo. "No era propiamente erudito, y de los filósofos antiguos sabía muy poco", apunta Ingenieros. Suplía su falta de información con la obra de De Gerando llamada His­toria de la Filosofía, célebre por aquellos tiempos, cuyo autor sostenía principios de ubicación in­termedia entre el psicologismo y el eclecticismo, con cierta claridad acerca de las implicaciones prácticas de las posturas filosóficas que abrazaban.

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1.2. Personalidad de Martín Diego Alcorta

Diego Alcorta había sido el quinto hijo de un matrimonio humil­de. Fueron sus padres el guipuzcoano Juan Bautista Alcorta y María Elena Ramírez, de pobreza rayana en la miseria. A no dudar no hubiera podido cursar estudios en la Escuela de Medicina de no ser por personas que, en atención al ingenio y viveza que denotara desde muy joven, le brinda­ron generoso apoyo (José Ingenieros, III.IV) Hallándose en el caso de recibir el grado de doctor y careciendo de recursos para subvenir a los gastos que exigía el acceso a esta función universitaria, apeló a la conciencia de sus méritos y a la generosidad de los en­cargados de dirigir la enseñanza superior, mediante la si­guiente súplica que dirigió al rector de la Universidad, doctor Valentin Gómez:

"El que suscribe, alumno de la Universidad, ante V. S. con el debido respeto se presenta y dice: Que habiendo dado todas las funciones preliminares al recibiendo del gra­do de doctor en las facultades de cirugía y medicina, se halla en la imposibilidad de hacerlo por no tener dinero necesario para el depósito. Pobre y huérfano de padre y madre, como consta por los documentos que acompaña, no ha podido hacer llegar al término su carrera sino a virtud de privaciones y sacrificios. Sobre su conducta moral y escolar, se refiere a los informes que el señor rector pueda haber de los catedráticos. Por tanto, a V. S. pide se sirva concederle el grado de doctor gratis, si es gracia."

En consideración a "sus cualidades preferentes" obtu­vo la gracia que solicitaba con tanta sinceridad como sen­cillez.

Era Alcorta hombre digno y dado a hacer favores, sin dis­criminación. Su profesión de médico lo tenía a merced de sus amigos. Y toda vez que podía ser útil, lo hacía desinteresadamente. Su desprendimiento puede medirse por el siguiente bi­llete, con que contestaba a una persona de su conocimiento a quien había asistido y le pedía la cuenta de sus hono­rarios:

"Mi amigo: he encontrado en mi casa una cartita de Vd. que me apresuro a contestar, asegurándole que si hay algo que pueda formar una idea favorable de mí mismo, es el de creerme útil a mis amigos: No me quite Vd. esta ilusión ni la oportunidad de ejercitarla; pues en ello re­cibe un placer su amigo, Alcorta."

A tal gesto de generosidad le sigue este otro que no le va en zaga y pinta de cuerpo entero su modestia: habiendo concebido unos estudiantes que terminaron de cursar con Alcorta la idea de costearle un retrato, le pidieron que posara ante el artista que lo iba a ejecutar. La respuesta de Alcorta fue textualmente la siguiente;

"Mis queridos discípulos: Me conocéis lo bastante pa­ra saber la resistencia que oponen a lo que exigís de mí la conciencia de mi poco mérito y mi genial adversión a dar publicidad a efectos que son de carácter privado.

"Sin embargo, creo en esta ocasión deber sobrepo­nerme a mis inclinaciones en favor de vuestra resolución, que juzgo tanto más sincera y generosa cuanto que ya nada tenéis que esperar de mí en ningún sentido.

"La razón que determina es el saber que todo hombre de buen sentido debe considerar la prenda de cariño que me ofrecéis, como una señal de la fuerza en vosotros de los sentimientos que os honran, y que en las relaciones domésticas o en un orden mas elevado serán el germen de virtudes distinguidas.

"Vuestra gratitud sólo es para mí la más halagüeña compensación de mis tareas, pero no una prueba de mi mérito: porque el corazón inocente de la juventud y de la juventud porteña no puede dejar de aficionarse a una persona que ha tratado diariamente por dos años consecutivos y a quien no tiene motivo de aborrecer. Pero cuan­do este testimonio es tan fuerte en vosotros que os lleva a hacer un sacrificio y demostrarle de un modo singular, mostráis una bella disposición de alma que no debo con­trariar con una mezquina resistencia.

"Haced, pues, como gustéis, y estad seguros que la certeza de vuestro amor respetuoso es el mayor bien que posee mi corazón, y forma las principales delicias de la vida de vuestro amigo y maestro. Diciembre 23 de 1835."

Algunos de sus estudiantes más afeccionados fueron Vicente Fidel López, el que lo reemplazaría en 1837 en la clase de Filosofía y Retórica; Pastor Obligado, quien aun más tarde como primer gobernador constitucional del estado de Buenos Aires (1854-1857)  obligaría al anterior al exilio; Florencio Balcarce, Luis Dorrego, Félix Frías, el malogrado (al decir de J. A. Wilde) doctor José Gafarot que llegara a catedrático de materia médica, Juan María Gutiérrez considerado por Marcelino Menéndez y Pelayo el literato y crítico americano más completo a fuer de matemático, historiador, etnólogo, educador y político, Manuel y Fermín de Irigoyen (padre éste de don Bernardo), Julián Larrea y el novelista, periodista y poeta romántico José Mármol que, como Wilde, fue luego integrante de la Logia “Consuelo del Infortunio". (Esta y otras logias masónicas, continuadoras de los jacobinos afrancesados de épocas de la Independencia que respondían a Orientes británicos, desempeñaron un papel primario en el alienismo decimonónico y en la importación de las doctrinas enciclopedistas y de los ideólogos acerca del alma y su conexión con el cuerpo). De Alcorta escribió su alumno Juan Bautista Alberdi: "¡Qué enseñanza aquella de Don Diego! ¡Qué sentido práctico¡ ¡Qué sensatez para mantenerse en el terreno de lo inteligible y de lo útil! ¡Y qué fuerza de influjo para darle a nuestras mentes la forma en que él concebía lo que enseñaba!"

 

Vicente Fidel López 

Vicente Fidel López, Pastor Obligado (1818-1870)

 Juan María Gutiérrez

Juan María Gutiérrez (1809-1878) como joven poeta y rector universitario

 Juan Bautista Alberdi

José Mármol y Juan Bautista Alberdi (1810-1884); abajo, este en un sello postal de 1936.

A fines del año 1827, contando a la sazón veintiséis años de edad, ya recibido de médico, lo sorprendió una grave enfermedad al pecho (¿infarto cardíaco? ¿pericarditis reumática?) estando en casa de su predilecto amigo de la adolescencia y compañero de estudios, el doctor Manuel Belgrano, sobrino del gene­ral. Allí fue asistido con esmero y curó, al parecer sin de­jarle otra secuela que el matrimonio. En efecto, esa circunstancia hizo que Alcorta penetra­ra en el afecto de la familia de Belgrano y en muy pocos meses contrajera enlace, en la Catedral, con una de sus hermanas, María Josefa, el 15 de abril de 1828.

En el año 1832, electo representante del partido de San Isidro, formó parte de la Legislatura de Bue­nos Aires y elaboró con Mateo Vidal y Justo García Valdés un proyecto de Constitución liberal y favorable a los lazos con Europa. Oponiéndose a la re-elección de Rosas, renunció en 1834.

Sólo ocho años después, al atardecer del 7 de enero de 1842, a consecuencia de un segundo infarto cardíaco, Martín Diego Alcorta fa­lleció en los brazos de Cosme Argerich (hijo; este también fallecería ese mismo año, pero en Montevideo) y de su propio discípulo, el doctor don Guillermo Rawson. José Mármol en Amalia escribiría, "... Cada joven de nuestros amigos, cada hombre de la generación a que pertenecemos y que ha sido educado en la Universidad de Buenos Aires, es un compromiso vivo, palpitante, elocuente, del doctor Alcorta... Somos sus ideas en acción … Desde la cátedra, él ha encendido en nuestro corazón el entusiasmo por todo lo que es grande, por el bien, por la libertad, por la justicia. Nuestros amigos, que están hoy con Lavalle, que han arrojado el guante blanco para tomar la espada, son el doctor Alcorta, Frías es el doctor Alcorta en el ejército, Gutiérrez, Irigoyen, son el doctor Alcorta en la prensa de Montevideo.”

Para la neuropsiquiatría es de lamentar que las circunstancias lo apartaran de su vocación inicial, frustrándose una vocación en ciernes que hubiera beneficiado la asistencia de los alie­nados en Buenos Aires. Dicho beneficio, es de imaginar, hubiera estado condicionado por las insuficiencias terapéuticas propias de todas las propuestas clínicas de la época. La opción de Alcorta en materia de alienismo, como enseguida veremos, fue de brindar prioridad a las propuestas de Esquirol contra las de Pinel, y señaló un camino que ahora, mirando atrás, no estamos seguros de que haya sido mejor que el otro. Esto se apreciará mejor si ensayamos una descripción y evaluación de su tesis.

1.3. Evaluación de su tesis

Las ideas de Pinel y de Esquirol, gravitaron en Alcorta y de­terminaron la elección del tema La manía aguda para su tesis de doctorado. Manía era el nombre que por entonces se le daba a la locura de todo tipo, o psicosis en general. El 24 de agosto de 1792 en el Hospital de Bicêtre, Felipe Pinel (1745-1826), un médico hipocrático (entendía por curación la re-equilibración natural de los elementos corporales) y simpatizante de la revolución de 1789, había desaherrojado a los locos. Con esta praxis los elevó a la simple categoría de enfermos y desde esa memorable fecha propuso como divisa hospitalaria la trilogía de caridad, ciencia y jurisdicción. Para eso contaba con que los maniáticos no padecen de ninguna lesión cerebral que los haga incurables y, lejos de buscar dicha lesión, preconizaba el tratamiento psicológico o "moral" ajustado a la biografía del enfermo.

Igualmente en el Hospital de la Salpétrière, donde actuó el monárquico Juan Esteban Domínico Esquirol (1772-1840) – quien practicaba autopsias en busca de una sede lesional anatómica de la enfermedad mental – y a inicia­tiva de éste, se produjo un cambio radical en el tratamiento de las enfermedades mentales. Tan radical, que un siglo y diez años después de la tesis de Alcorta (1937) otra tesis sobre las líneas abiertas por el francés Esquirol fue defendida en la misma universidad de Buenos Aires por un lúcido inmigrante alemán, Eduardo Krapf, alumno de Wundt, Bumke y Nonne apadrinado aquí por Gonzalo Bosch, como mencionaremos luego.

Estimar que la contribución de Alcorta tuvo escaso valor técnico fue el juicio clásico. Aunque Alcorta fue antirrosista, es posible que su actividad académica durante el gobierno de Rosas, difamado como un intervalo de oscurantista barbarie, indujera a las generaciones antirrosistas ulteriores a efectuar una lectura apresurada. Dijo Ingenieros (La locura en la Argentina III.IV) que no podemos sostener que el trabajo de Alcorta sea original ni profundo; si bien es cierto que tiene visos de sagacidad y discernimiento, se halla totalmente inspirado en los dos sabios citados. Afirmaba Ingenieros (V.I) que Alcorta "tenía ya, ciertamente, noticia de Pinel; más tarde [cursiva añadida] alcanzó a tenerla de Esquirol, eminente alienista francés cuya fama culminó en París mientras Alcorta era estudiante en Buenos Aires. Su 'Curso de ideología', según las versiones exhumadas por Gutiérrez y Groussac, se inspiraba en Condillac y Cabanis". Tal inspiración podía parecer verosímil, porque Pinel y Esquirol por entonces reinaban en la psiquia­tría de Francia y sus ideas se propalaban por todo el mundo psi­quiátrico (F. Garzón Maceda, La medicina en Córdoba), aunque la apreciación del primero, políticamente revolucionario y propulsor de terapéuticas expectantes y moderadas, a la sazón se hallaba en franca declinación y la del segundo, monárquico y propulsor de terapéuticas más agresivas e intervencionistas, en raudo ascenso: bien dice Ingenieros que "culminó" por entonces. Paul Groussac, en enjundioso estudio (Estudios Históricos, vol. I), afirma textualmente: "La tesis de Alcorta, como él mismo lo advierte modestamente, es un resumen de las doctrinas entonces populares de Pinel y de Esquirol, quienes, partiendo del concepto filosófico del mecanismo men­tal y apoyándolo en las numerosas observaciones que los servicios de Bicêtre y de la Salpétriére les suministra­ban, se preocuparon ante todo de reformar, en un sentido humanitario, el tratamiento bárbaro de los asilos. Con todo, se muestran ya en las páginas del joven argentino las cualidades de exactitud y precisión en el estilo que resal­tan en las obras de Pinel y son el reflejo de Condillac, el gran maestro de la prosa científica". Refuerza las insinuaciones de Groussac el comentario que de la tesis de Alcorta hace el erudito escritor Nar­ciso Binayan: "...No resulta ser sino una modesta glosa de Pinel, circunstancia que Groussac la hace entender, si bien en forma benévola y velada'. (N. Binayan, "Notas sobre Diego Alcorta", Verbum, marzo y mayo de 1920, Nº 53).

Tal vez quepa destacar que al definir la inteligencia como la función de un órgano el funcionalista Alcorta no sólo repetía a sus mentores funcionalistas franceses del sigo XVIII sino que destacaba una opinión que desde 1890 haría célebre Guillermo James [William James. N. del E.]. Asimismo Alcorta, al esperar de la anatomía y patología que aclaren el mecanismo de dicha función orgánica, anticipaba expectativas que en la segunda mitad del siglo XIX serían defendidas por Virchow y grandes psiquiatras germanos. Pero a Esquirol en realidad Alcorta no lo menciona para nada en su tesis, aunque – por lo que luego diremos – sabemos a la perfección que lo conocía muy bien. A Pinel lo menciona, empleando la elaborada cortesía de su época, para ejercer una fina crítica que en realidad es una estocada a fondo contra su sistema médico, asunto de la tesis. En terapéutica Alcorta se revela antipineliano, por más que en su modo de ver el mundo los dos tuvieran coincidencias.

Alcorta sitúa, contra Pinel, la etiología de la manía (locura) en un cuadro irritativo, una gastroenteritis que según Francisco Broussais (1772-1838) sería la patología panoriginante, y por ende indica medios curativos activos (dieta de reducción alimenticia) y hasta agresivos (aislamiento en la oscuridad, sangrías, cáusticos y sanguijuelas en ano y vagina de los alienados, como lo planteaba Esquirol) en contraste con el prolongado tratamiento psicológico ("moral") que planteaba Pinel. Amplía Alcorta con esto la medicalización de la enfermedad mental, como lo  pretendía Esquirol. Por lo demás, excepto para algún cuadro gravemente florido en el début de la enajenación, Pinel nunca habló de manía aguda ("locura aguda"). No hubiera podido hacerlo, porque le hubiera resultado inadmisible referir ese concepto al estado de alienación: en su sistema, un episodio agudo siempre es mortal y nunca podría instituirse como enfermedad crónica, como lo es la manía. El caso se parecería al de escribir en nuestros días "locura mortal" no obstante pensar que, en sí misma, la enfermedad mental no es la causa inmediata y determinante del óbito, el que a lo mejor sólo llega recién luego de una larga evolución. El contraste moderno, entre manifestaciones patológicas de evolución aguda pero no mortal y crónicas, se debe ante todo al innombrado Esquirol, pero se abrió paso lentamente. Recién después de 1870, o posiblemente debiéramos decir desde 1890, se advirtió generalmente en él un concepto de gran valor para la clínica. Adelantándose a su época Alcorta lo emplea como central en 1827; por tanto tampoco es verdad que a Esquirol lo haya conocido más tarde.

Alcorta no lo nombra a Esquirol, acaso porque este es un monárquico, pero lo traduce varias veces palabra por palabra, como al referirse a la marcha de la enfermedad y, luego, a las pasiones "como causas, como síntomas y como medios curativos de la manía" que es el título de la tesis de Esquirol.

Para no extendernos más en ello diremos sólo que la tesis de Diego Alcorta sobre La manía aguda es el primer trabajo académico de índole psiquiátrica concebido por un argentino y comunicado en el país y su singular mérito y valor reside, desde este punto de vista, en su papel histórico. Aunque Alcorta abandonó la psiquiatría o alienismo, la tesis, así como la enseñanza universitaria explicitando sus perspectivas sobre alma y cuerpo en el marco filosófico, tuvieron como consecuencia que esas ideas psiquiátricas fueran divulgadas y debatidas y hasta hallaran seguidores en la segunda mitad del siglo. Habiendo preferido a Esquirol contra Pinel, la opción tomada por Alcorta contribuyó a la búsqueda de mecanismos cerebrales y a mantener la consideración local de esa búsqueda como cuestión pendiente. De igual forma favoreció un intervencionismo terapéutico del que, en retrospectiva, hemos de decir por lo menos que era prematuro. Es por ese papel histórico que reproducimos aquí el manuscrito original de la tesis de Martín Diego  Alcorta.

Véase: Paul Groussac: Estudios históricos. I. Narciso Binayan, "Notas sobre Diego Alcorta", Verbum, marzo y mayo de 1920, N. 53. José Ingenieros: La locura en la Argentina III.IV. José Babini: Las ciencias en la historia argentina, pág. 71. Juan María Gutiérrez: Origen y desarrollo de la enseñanza pública superior.

 

1.4. Texto completo de la tesis de Diego Alcorta (1827)

Añádese, para la presente edición en Electroneurobiología, la copia facsimilar del Reglamento para su defensa y la carátula de la publicación oficial que integra, que es el primer tomo de la famosa compilación producida por Pedro de Angelis (1836-1841, tres tomos más uno de índice):

 

DISERTACIÓN

SOBRE

LA MANÍA AGUDA

Presentada pr el qe suscribe pa recibirse del grado de Doctor en la Facultad de Medicina

Universidad de Buenos Aires, junio 26/827

La inteligencia con qe está dotado el hombre ha sido spre un punto del mor interés pa el filósofo: primer atributo de la especie humana, no ha podido menos qe atraerse la atención del hombre pensador, pa rastrear su mecanismo y darse cuenta de sus fenómenos variados. En la imposibilidad de hacerlo pr no tener datos ciertos de donde sacar consecuencias justas, hombres, pr otra parte célebres, se han extraviado, y sin sujetarse á los pocos conocimients sólidos qe poseían, han dado de mano á las inquisicions ulteriores, y las han supuesto como efecto de una causa qe obra de un modo distinto de todo lo qe es material. Los médicos modernos, libres de las trabas qe les ponía una tal suposicn, miran á la inteligenca como la función de un órgano; ayudados de las luces de la anatomía y patología, ellos procuran saber su mecanismo; se hacen ensayos pr todas partes, y quizá no está lejos la época en qe nuevas luces adquiridas á este respecto hagan tomar á la medna un grado de certidumbre en las enfermedads mentales de qe hasta ahora carece notablemte.

Si la fisiología no ha podido hasta ahora descubrir el mecanismo de la inteligencia, la patología no ha sido más feliz con respecto á la causa próxima de las alteraciones mentales; po como el espíritu del hombre no puede soportar pr mucho tiempo la incertidumbre sin buscar medios,