Gobierno de la ciudad de Buenos Aires
Hospital Neuropsiquiátrico
"Dr. José Tiburcio Borda"
Laboratorio de Investigaciones Electroneurobiológicas
y
Revista
Electroneurobiología
ISSN: ONLINE 1850-1826 - PRINT 0328-0446

Aventuras
pampeanas en salud mental:
la dirección de
la cura – y sus vueltas –
en la historia
de la psicología clínica,
psiquiatría y
psicoanálisis en la Argentina
por

Salomón Chichilnisky
Secretario General de
Asistencia de Alienados e Higiene Mental de la Nación (1946-1947) y, conservando
la jerarquía antedicha, Director de Alienados e Higiene Mental (1947-1949),
Director de Hospitales Psiquiátricos (1949-1951), Director General del Servicio
Nacional de Extensión Hospitalaria y Hospital a Domicilio (1951-1954) y
Director de Lucha Contra las Enfermedades Neurológicas y Mentales (1954-1955)
en el Ministerio de Salud Pública de la Nación
Contacto / correspondence: vixit (1898-1971)
Parte primera: Viñetas
precedido de una Noticia
preliminar por Mario Crocco
Electroneurobiología 2005; 13 (2), pp.
14-160; URL <http://electroneubio.secyt.gov.ar/index2.htm>
Copyright © Electroneurobiología, 2005. Este trabajo
es un artículo de acceso público; su copia exacta y redistribución por
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Noticia preliminar, por Mario Crocco. La filantropía, lejos de agotarse en sus posibles usos como
·
medio de sujeción social,
·
fuente de discurso, instrumental
para que sus agentes abarquen mayores campos de acción
·
generador de clientelismo político
de los sectores con menores recursos,
·
estrategia de mantenimiento del
poder para médicos y otros gremios ya consolidados, proveedores de bienestar
real o imaginario,
·
estrategia de construcción de
poder para psicoterapeutas y otros gremios emergentes, proveedores de salud
real o imaginaria,
·
asistencialismo mercantilmente
justificado,
·
criminalización mercantilmente
justificada,
·
vía de acceso y de retención de
privilegios corporativos y supuesta autoridad técnica en sociedades fuertemente
estratificadas,
·
pacificación de la falsa
conciencia con el repetido agradecimiento individual de los tutelados,
puede también ser vista como un fin en sí mismo. Esto es, la filantropía
puede ser vista como el hallazgo de un sentido preexistente para la incoercible
realidad del existir no puesto por uno mismo. Claro, para ello es necesario
disminuir la paranoia y desactivar a los apóstoles decimonónicos de la sospecha
no sólo respecto al grupo de pertenencia – del modo como es habitual llevarlo a
cabo: confiando en los camaradas de ruta mientras mantenemos activa la prevención
hacia quienes cada uno sindica como genuinos factores de la exclusión egoísta –
sino asimismo respecto a la totalidad de lo real, relación esta que es más
básica que la que mantenemos con amigos y adversarios individuales.
Confianza básica o desconfianza básica
deciden, en efecto, entre ver los hechos de la filantropía como puro pretexto
egoísta o como realidad óntica fundamental. Ambas, confianza básica y desconfianza
básica, modulan nuestra percepción y, ofreciendo así a nuestra consideración
diferentes objetos, generan diferentes actitudes hacia las mismas acciones filantrópicas
dirigidas hacia enfermos, delincuentes de pequeña y de gran escala, mendigos,
embriones y locos – sobre todo, ahora que mucha vida (excedentes demográficos) estorba al mercado global financiarizado a
ultranza. ¿Asombrará pues la disputa sobre la madre Teresa de Calcuta? ¿Sobre
erigir y sostener hospitales neuropsiquiátricos? ¿Sobre la constante preocupación
de sus directores del siglo XIX por ampliarlos, leída como loco afán de crearse imperios o bien de brindar aire y
luz a sus queridos locos hacinados?
¿Sobre escuchar a cada paciente como genuino encuentro interpersonal, o bien
como disimulo en la coerción? ¿Sobre mantener a la gran mayoría de incapaces en
la calle, o cambiarles allí algo para que nada cambie? ¿Sobre promover el
socialismo con incentivos capitalistas? ¿Sobre filantropía que cosifica y
caridad como opresión? ¿Sobre técnicas de propaganda y mercado y técnicas de
persuasión? ¿Sobre prisiones-escuela y escuelas-prisión? Las opciones se
parecen a las de un control sintonizador giratorio: si al girarlo nos excedemos
hacia uno u otro lado, sintonizaremos distorsionadamente los datos.
Este trabajo de Salomón Chichilnisky
proporciona un ejercicio de sintonía. ¿Puede la filantropía ser algo más que letra para conquistar poder, higienismo
fulminador, tipificación exclusoria, fiscalización sanitaria en procura de prebendas o rehenes, disciplinamiento interesado, invasión
sociocognitiva componente de la lucha de clases, ortogénesis contraceptiva, el negocio de proveer salud matapobres y "darwinismo
social" estratégico? ¿O agotar la vida propia por incapaces y delincuentes es siempre y por
necesidad perverso? ¿Sólo la identificación redime? ¿Mantener al otro en la
posición de Otro es inevitablemente retorcido y censurable? ¿Sólo por ansias de
dominación o por odio superficialmente convertido en lo contrario puede uno consumirse
fundando hospitales, dedicando su vida a sacar gente de la calle para
enjaularlos en nuestra forma de vida? ¿O habríamos en cambio de ajustarlos a
alguna forma de vida que aún no existe, fantaseada tal vez? ¿O ajustar es
siempre malo y no habría que ajustarlos a nada, dejando de encauzar el poco o
mucho desarrollo que los disminuídos mentales puedan alcanzar? En particular,
¿hay que esperar la revolución, antes que hacer filantropía ofreciendo al
tutelado una vida prerrevolucionaria? ¿Y qué hemos de hacer si como en tiempos
del higienismo social está todo por hacerse, si no hay ni hospitales ni presión
económica para denunciar al asistencialismo? ¿Acaso no asistiremos a nadie ni
fundaremos segregatorios para "personas especiales"? ¿Separar,
tipificar, clasificar es siempre avieso? Todo campo obligatorio para concentrar
educandos, desequilibrados, réprobos, ¿es un campo de concentración? Y si la
propaganda los convence, ¿deja de serlo? ¿Acaso la liberación consiste en el consenso?
¿Todo disciplinamiento es explotatorio? ¿Ser genuinamente bueno escapa a las
posibilidades humanas? ¿Somos tan distintos de los adversarios como para que
nuestra relación sólo consista en debilitarnos mutuamente? ¿Es intrínsecamente
malvada la filantropía y hemos de eliminarla y substituirla por siempre por el
derecho, o es este substituto intrínsecamente malvado y hemos de eliminarlo y
substituirlo por la motivación del amor? Nada nuevo, bien se ve; Nómos versus Ágape; platonismo y exceso ritual, o benevolencia. Pero, ¿no somos
irredimible basura? ¿Es realmente posible poner al Bien como fin último del
obrar? ¿Fundar una solidaridad sin verso,
una educación o reeducación sin arremetida del control social? ¿Qué afirmar?
La preferencia, entre imaginar ulterioridades
o el valor propio del acto como motivación del obrar ajeno, depende de cuánta confianza
le tengamos al agente: de cuánto valor le reconozcamos. La Patrística y el Che pasaron, sin socavar su praxis, por
el examen último de los incentivos y del posible uso altruista del egoísmo. En
cambio, el examen del posible uso egoísta del altruismo puede usarse como arma
resignificatoria para socavar praxis y para ello el gran capital lo promueve,
con frecuencia por medio de sus menos lúcidos adversarios. Aunque el
iconoclasticismo o debunking es un
medio de vida académico, capaz de proveer toda la vida sueldos y "becas de
investigación" o, a menudo, becas por justificación de prejuicios compartidos,
de modo que las sociedades de debunking
mutuo ya podrían competir con las de admiración mutua en materia de asegurar un
sueldito, las primeras aumentan la prevención y las segundas la bajan. Obran como
un control giratorio en ciertas regiones cerebrales, como un módulo regulador o
varita mágica que ipso facto transformara
el lóbulo temporal de un manso vacuno en el de prestísima comadreja. Por eso,
si me preguntan a mí, prefiero seguir confiando. No es que en todos los niveles
institucionales no haya encontrado las psicopateadas más pérfidas, sino que se
me viene en gana no darles el gusto.
____
Este trabajo de Salomón Chichilnisky se compone de dos partes. En la primera, que
forma este artículo, Chichilnisky intentó entramar algunas Viñetas reveladoras, entresacadas de la historia de la psicología
clínica y asistencial y la neuropsiquiatría en la Argentina. En el siguiente
artículo, "el Chichi" (como afectuosamente se le apodaba en el
ambiente) narrará sus Aventuras como
Director de Asistencia de Alienados de la Nación durante el peronismo – él, que cuando Perón
volvió al manicomio a inaugurar las ingentes mejoras que a pedido del propio
Chichilnisky el Gobierno había provisto y, tras el acto, le descerrajó en
público la pregunta, "Y ahora usted, doctor Chichilnisky, ¿cuándo se
va a hacer peronista?", todavía retrucó con el famoso "Cuando usted
venga a vivir acá, señor presidente". Los dos artículos son, pues, bien
distintos y eso sólo ya justifica disociarlos.
Pero además Chichilnisky, por la
enfermedad de la que falleció en 1971, no pudo terminar el libro. El manuscrito
estaba ya casi en este estado en 1966 cuando Juan Domingo Perón lo prologó – pese
al retruque – por medio de la carta que en la segunda parte reproducimos en
facsímil. Chichilnisky agregó algunas notas (como la mención de la carta a Walter
Jakob, la del fallecimiento de Lanfranco Ciampi y la de los desarrollos hasta
1967 en el Centro Ameghino) en la primavera de 1968, pero no pudo realizar las tareas faltantes
para prensas. Parte del manuscrito circuló algo en el ambiente y hasta se
proyectó publicarlo tras el deceso del autor, realizándose para ello algunos
preliminares entre el 26 de diciembre de 1972 y el 24 de enero de 1973. No se
llegó entonces a retirar, ni tampoco hemos querido retirar ahora, algunas repeticiones
que quedaron al eslabonar las sucesivas Viñetas,
pensadas, se ve, como publicaciones individuales. Pero el primer sector de esta
primera parte, empleado mucho
tiempo antes por Chichilnisky como apuntes de cátedra para sus cursos, había incorporado largas y
nada disimuladas paráfrasis de un archiconocido libro, nada menos que de "La locura en la Argentina", obra de José Ingenieros
publicada en 1919. Con su acostumbrada franqueza Chichilnisky consideró que no
tenía nada que disimular – en el caso hubiera sido imposible, por otra parte –
y al parecer sus paráfrasis tuvieron por lógica finalidad eludir eventuales
cuestionamientos formales al apunte inicial, originados en los derechos de autor
de Ingenieros, aún vigentes en aquel momento. El resultado, esta primera parte
o artículo, es una obra no sólo agradable e interesante sino muy útil como material
de enseñanza, donde Chichilnisky articuló aquellas paráfrasis suyas de Ingenieros
con otras de varias obras historiográficas que también señala, a lo que sumó no
pocos aportes propios debido a su conocimiento personal del ambiente y los protagonistas
desde alrededor de 1930. Pero para las épocas anteriores no investigó las
fuentes primarias, ni pretendió hacerlo. Eso establece un corte historiográfico
ya dentro de esta primera parte, y un brillante contraste con el segundo
artículo: las Viñetas bien difieren de sus Aventuras. Electroneurobiología se honra con esta publicación,
para la que hemos agregado algunas imágenes, y agradece a Alberto Ramón
Chichilnisky, de California; a la Dra. Graciela Chichilnisky, UNESCO Professor of Mathematics and
Economics, Columbia University, de Nueva York; y a Tamara Chichilnisky de
Di Tella, de Buenos Aires, haber permitido que este trabajo de su padre asuma
el protagonismo que le compete en los presentes debates del campo psi en
nuestra sociedad.

Aventuras pampeanas en salud mental:
la dirección de la cura – y sus vueltas –
en la historia de la psicología clínica,
psiquiatría y psicoanálisis en la
Argentina
por Salomón Chichilnisky
Parte primera: Viñetas
·
Noticia preliminar, por Mario Crocco
·
Viñeta 1. La
primera contribución psiquiátrica comunicada en el país
o Noticia
general: el Dr. Diego Alcorta
o Personalidad
de Martín Diego Alcorta
o Evaluación
de su tesis
o Texto
completo de la tesis de Diego Alcorta (1827)
·
Viñeta 2. Instituciones de asilo y terapéutica
clínica
o Casa de
Dementes — Asilo de San Buenaventura — Hospicio de las Mercedes
o El Asilo
de Alienadas en Lomas de Zamora
o La
colonia de Luján
o El
Hospital-Colonia "Melchor Romero"
o
La
Clínica Psiquiátrica de Córdoba
·
Viñeta
3: Buenaventura (Ventura) Pedro Bosch
·
Viñeta 4: José Tiburcio Borda
·
Viñeta 5: Arturo Ameghino
·
Viñeta 6: Christofredo Jakob. Su actuación en
nuestro país
·
Viñeta
7: Braulio Aurelio
Moyano
·
Viñeta 8: Luis Esteves Balado
·
Viñeta 9: Lanfranco Ciampi
·
Viñeta 10: Algunos directores del actual Hospital
Nacional José T. Borda
o José
Teodoro Baca
o José
Maria de Uriarte
o Lucio
Meléndez
o Domingo
Cabred
o Alfredo
Scarano
o Gonzalo
Bosch

Viñeta 1. La primera contribución
psiquiátrica comunicada en el país
1.1. Noticia
general: el Dr. Diego Alcorta
Don Martín Diego Alcorta nació en Buenos
Aires el 11 de noviembre de 1801. Cursó estudios primarios en la escuela de
Francisco Argerich y fue luego becado en el Colegio de la Unión del Sur, que desde
1817 reemplazaba al Colegio San Carlos. Allí juntamente se matriculó su condiscípulo
y amigo de la infancia Manuel Belgrano, sobrino del general-doctor. Tuvieron por
profesores al poeta Juan Crisóstomo Lafinur, célebre autor del Canto elegíaco a Belgrano, que dictaba
filosofía y despertó el interés de Alcorta en la materia, y a Avelino Díaz, que
enseñaba matemáticas elementales y le aconsejó que cursara medicina.

La personalidad de Diego Alcorta se formó
bajo la inspiración y "esquema estructurante" ideológico del nuevo
espíritu científico difundido en la época de Rivadavia. Debemos pues enfocarla
desde el doble punto de vista médico-psiquiátrico y filosófico.
Cosme Mariano Argerich (1758-1820), o Cosme
Argerich padre, uno de los fundadores de la Escuela de Medicina en el año 1802,
dictaba –entre otras materias – Nosografía (taxonomía de las enfermedades y medicina
legal) y Clínica médica. Solía dar clases teórico-prácticas a los alumnos de su
curso en el Hospital General de Hombres emplazado frente a la Iglesia de San
Pedro Telmo, en la actual calle Humberto 1º; y se detenía en particular en el
Cuadro de Dementes de dicho hospital.

Cosme
Mariano Argerich (1758-1820)
Diego Alcorta había tenido inclinación
desde los primeros años hacia el estudio de la fisiología y la patología
mental. Ello determinó que el recordable día 20 de febrero de 1820 se inscribiera
en la Facultad de Medicina, concurriendo con asiduidad al Cuadro de Dementes,
donde indagaba disimuladamente – husmeaba,
por así decir – las clases que con tanta maestría brindaba Cosme Argerich.
Argerich falleció a los pocos meses de
haber ingresado Alcorta. Dos años después su hijo Cosme Francisco, que había nacido
en España en 1784 y fallecería en Montevideo en 1842, médico a la sazón de
entradas (médico de los pacientes ya entrados o internados, médico interno) en
el Cuadro de Dementes del Hospital General de Hombres, fue nombrado profesor
de Medicina legal ("Nosografía") del Departamento de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. El nombre
de facultad era aún privativo del
conjunto de los catedráticos en alguno de tales departamentos.
El hijo de Argerich, partidario de la
revolución rivadaviana y como veremos empapado en las doctrinas psicológicas
de los ideólogos, continuadores de
Cabanis, Condillac y de Tracy y de los enciclopedistas (Voltaire, Rousseau),
mostraba preferente atención hacia su dilecto amigo y discípulo, Diego Alcorta,
diecisiete años menor. El 16 de octubre de 1823, Alcorta fue nombrado practicante
menor adscripto al Cuadro de Dementes del Hospital General de Hombres, con un
modesto salario; un año más tarde pasó a ser practicante mayor. Tras finalizar
sus estudios médicos con altas calificaciones – fue el segundo promedio de su
promoción – se graduó de doctor ante
la Facultad de Cirugía y Medicina el 15 de agosto de 1827, con una tesis basada
en la observación de seis pacientes psiquiátricos internados en el Hospital
General de Hombres.
Desde el comienzo de clases de 1822
(cinco de febrero), teniendo al doctor D. Francisco de Paula Rivero como
profesor de Clínica Médica y Alienados en el Cuadro de Dementes del Hospital
General de Hombres, Alcorta empezó a formar un trío inseparable con sus
condiscípulos Martín García y Mariano Martínez, éste betlemita. A sugerencia de
Alcorta, Martín García luego escribiría su tesis universitaria sobre el tema Epilepsia, su naturaleza y curación,
cuyo texto no se conoce. Y al igual que Alcorta, fue "médico de entradas"
(médico interno) del Cuadro de Dementes, puesto que retuvo – con fama clínica
poco cabal, recomendándose en una sátira sus cuidados como buen camino para
lograr un suicidio discreto – hasta la caída de la Federación en 1852.

Apariencia de los Barbones o Padres
"Bethlemitas", según Guillermo Furlong.
A su vez el betlemita Mariano Martínez,
que había quedado de hecho privado de actuar en la dirección y administración
de los hospitales a consecuencia del decreto reglamentario de los frailes
betlemitas, resolvió ingresar en la Facultad de Medicina, siguió el curso, se
recibió en el mismo año que Alcorta —1827— y escribió su tesis sobre Operación cesárea, que Ingenieros (La locura en la Argentina III.I) indica conservado
en la Biblioteca de la Facultad de Medicina (Nº 22.510).
Apenas egresado, Alcorta fue designado "médico
de entradas" del ya mencionado Cuadro de Dementes; como llevaba varios
años de actuación entre alienados, daba clase sobre enfermedades mentales. Tuvo
muchos discípulos. Entre ellos se destacó el joven Guillermo Rawson, que a
tres años de la muerte de Alcorta publicó su célebre tesis sobre La herencia en general y la herencia
patológica en particular.

Guillermo
Rawson en su madurez
Los problemas filosóficos, debatidos en
la Universidad con motivo del nuevo espíritu científico que cundía desde el
advenimiento del gobierno de Rivadavia, lo tenían a Alcorta absorto desde
estudiante y tomaron aun más vuelo al verse libre Alcorta de sus obligaciones
de pregrado. De improviso, a menos de un año de terminar la carrera médica,
asumieron la conducción de su vida profesional. La cuestión de empirismo y
racionalismo fue el detonante. El principio de que la experiencia y la
observación son los únicos caminos de la verdad, aun en desmedro de la palmaria
deducción, reinaba entonces en el ambiente universitario (José Ingenieros: ob. cit.) Incómodo por las pugnas que
ello creaba y enredado en otros vericuetos de la red ideológica, el profesor titular de Ideología en la Universidad
de Buenos Aíres, don Juan Manuel Fernández de Agüero, que ya había sido suspendido
y luego repuesto en sus funciones, presentó su renuncia a la cátedra que de
tiempo atrás venía desempeñando.

Juan Manuel Fernández de
Agüero (1772- 1840)
Habiendo el gobierno de Manuel Dorrego
llamado a un concurso para proveerla y establecido cuatro jurados (dos
filósofos, Agrelo y Aguirre, y dos médicos, J. A. Fernández y C. Argerich), por
unanimidad de votos la obtuvo Diego Alcorta en el año 1828, es decir a los 27
años de edad. Alcanzó así el considerable sueldo de mil pesos anuales y la
lógica opción de abandonar el alienismo y, en general, la práctica profesional
de la medicina.
Aunque no existía una Facultad específica
dedicada a la filosofía, es sorprendente, "casi inconcebible en esa época,
aun en Europa" (Ingenieros), que a un médico se le confiara una cátedra de
filosofía; tanto más, cuanto que no tenía grado académico en ninguna otra
ciencia además de la ciencia médica, como ser matemática, psicología, etc. Si
bien es cierto que Alcorta poseía mayor tecnicismo médico que su predecesor, no
era esto lo que iba en juego. Es aún de creencia bastante general que el profesor
de filosofía debe ser un hábil dialéctico que explica lo inexplicable, que
suele discurrir con excesiva sutileza en cualquier asunto; vale decir, en sinonimia
positivista, que entra en el terreno de la metafísica. Tal vez esta concepción
haya tenido papel en el asunto.
Pero apartándose de los problemas que por
entonces constituían la metafísica, Alcorta dictó su curso de Filosofía y Retórica
sobre la base de conceptos psicológicos, que parecían estar pasando a tornarse fundamentales
en esas disciplinas: "con más de Cabanis que de Tracy", apunta
Ingenieros. En correspondencia imprimió a la psicología una característica marcadamente
filosófica, donde brindó importancia casi exclusiva al estudio de los órganos
de los sentidos. Ingenieros especifica que "sus lecciones eran tan impías y heréticas como las que habían
obligado a renunciar a su antecesor Fernández de Agüero; revelan, evidentemente,
mayor tecnicismo médico, pero menos vuelo filosófico, faltándoles el estilo
incisivo y punzante con que el otro las expresaba".
Este antecesor, el mencionado sacerdote y
filósofo español Juan Manuel Fernández de Agüero, había enseñado la materia de
acuerdo con la "ideología". Esta doctrina había sido inicialmente profesada
por una escuela de filósofos, psicólogos y fisiólogos mayormente franceses de
fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, continuadores de los enciclopedistas.
Su afirmación esencial y, a la vez, la menos explicitada en tal doctrina, era
que el alma consiste en lo que "contiene" y solamente en ello, esto
es en el conjunto de sus ideas.
La aceptación académica de tan grave
afirmación es visible en que la palabra ideología,
estudio de las ideas, se suponía significar lo mismo que psicología, estudio del psiquismo; y en que si bien la cátedra era
de "Psicología general" (que en esa situación era llamada "Ideología") lo que
enseñaba era ante todo ideología, esto es las doctrinas de los ideólogos,
basadas sobre todo en aquella capital afirmación que igualaba el psiquismo a la
suma de sus contenidos. Fernández de Agüero era además autor
de poesías místicas con algunos elementos románticos, pero su obra de real
mérito fue sin duda la titulada Principios
de Ideología elemental, abstractiva y oratoria adaptados a la instrucción de los jóvenes en un curso bienal de
Lógica, Metafísica y Retórica, muy en boga en su tiempo.
Influido nuestro
médico-psicólogo-filósofo, no sólo por los alienistas
(médicos de alienados, o psiquiatras) franceses Pinel y Esquirol, sino también
por Cosme Argerich hijo, su maestro, jurado y amigo, compartía con éste sus
inquietudes filosóficas. Ambos conocían a la perfección a los autores o mejor
dicho las obras donde vertían sus principios y conclusiones. Podríamos sostener
fehacientemente que eran partisanos de las doctrinas psicológicas de los
ideólogos: valga la redundancia, su red ideológica era la Ideología. Entre
otros, Condillac y Cabanis les eran muy familiares. Esteban Bonnet de Condillac
(1715-1780), filósofo francés amigo de Voltaire, de Rousseau y de Diderot, era
reconocido en su país como jefe de la escuela sensualista para la cual no
existe otra fuente de conocimiento que la sensación. Condillac por tanto sostenía
que todas las ideas penetran en el espíritu por la vía de los sentidos y de tal
modo estos son el origen de todos nuestros estados de consciencia. Era de común
asenso que el cerebro genera tales sensaciones y, como para los ideólogos las
ideas – que unicamente pueden ser generadas por las sensaciones – constituyen
toda el alma, argumentaban así que el cerebro genera al alma.
Pierre Cabanis (1757-1808), médico considerado
uno de los precursores del positivismo, se interesó en las relaciones entre los
procesos fisiológicos y los psicológicos; afirmaba que el cerebro secreta el pensamiento
en modo "similar a como el hígado secreta la bilis" y ponía de relieve
la influencia en la moral humana de los agentes físicos. Otro tanto diríamos de
Antonio Luis Claudio Destutt de Tracy (1754-1836) discípulo y ferviente admirador
de Condillac y de su obra monumental, Elementos
de Ideología. Todos ellos eran funcionalistas: miraban a la inteligencia
como la función de un órgano, con lo que supieron despertar vivo interés en los
círculos intelectuales de la época.
Pero el autor preferido de Alcorta y
Argerich hijo, diríamos "su maestro", era sin duda alguna el famoso filósofo
inglés Juan Locke, algo anterior (1632-1704), cuya principal obra, donde está
contenida su famosa teoría del conocimiento, se titula Ensayo sobre el entendimiento humano. El principio fundamental a
cuyo desarrollo dedica el filósofo inglés su extensa obra parte también del
conocimiento humano y se puede reducir a los siguientes términos: la fuente de
todas nuestras ideas es la experiencia: en ésta se halla el fundamento de todos
nuestros conocimientos. Unas décadas después esto serviría de fundamento a los
ideólogos en su argumentación citada, destinada a probar que el cerebro genera
al alma.

Buenos
Aires. "Recova Vieja y Pirámide". Acuarela de Pellegrini de
1829
Salvo los autores mencionados, Condillac,
Cabanis, de Tracy y Locke, que constituían los textos de consulta, la erudición
filosófica de los dos médicos, Alcorta y Argerich hijo, era en general un tanto
limitada. Baste decir que de los filósofos antiguos Alcorta tenía un conocimiento
sólo vago o relativo. "No era propiamente erudito, y de los filósofos antiguos
sabía muy poco", apunta Ingenieros. Suplía su falta de información con la
obra de De Gerando llamada Historia de
la Filosofía, célebre por aquellos tiempos, cuyo autor sostenía principios
de ubicación intermedia entre el psicologismo y el eclecticismo, con cierta
claridad acerca de las implicaciones prácticas de las posturas filosóficas que
abrazaban.
.
1.2. Personalidad
de Martín Diego Alcorta
Diego Alcorta había sido el quinto hijo
de un matrimonio humilde. Fueron sus padres el guipuzcoano Juan Bautista
Alcorta y María Elena Ramírez, de pobreza rayana en la miseria. A no dudar no
hubiera podido cursar estudios en la Escuela de Medicina de no ser por personas
que, en atención al ingenio y viveza que denotara desde muy joven, le brindaron
generoso apoyo (José Ingenieros, III.IV) Hallándose en el caso de recibir el
grado de doctor y careciendo de recursos para subvenir a los gastos que exigía
el acceso a esta función universitaria, apeló a la conciencia de sus méritos y
a la generosidad de los encargados de dirigir la enseñanza superior, mediante
la siguiente súplica que dirigió al rector de la Universidad, doctor Valentin
Gómez:
"El que suscribe, alumno de la
Universidad, ante V. S. con el debido respeto se presenta y dice: Que habiendo
dado todas las funciones preliminares al recibiendo del grado de doctor en las
facultades de cirugía y medicina, se halla en la imposibilidad de hacerlo por
no tener dinero necesario para el depósito. Pobre y huérfano de padre y madre,
como consta por los documentos que acompaña, no ha podido hacer llegar al término
su carrera sino a virtud de privaciones y sacrificios. Sobre su conducta moral
y escolar, se refiere a los informes que el señor rector pueda haber de los
catedráticos. Por tanto, a V. S. pide se sirva concederle el grado de doctor gratis,
si es gracia."
En consideración a "sus cualidades
preferentes" obtuvo la gracia que solicitaba con tanta sinceridad como
sencillez.
Era Alcorta hombre digno y dado a hacer
favores, sin discriminación. Su profesión de médico lo tenía a merced de sus
amigos. Y toda vez que podía ser útil, lo hacía desinteresadamente. Su
desprendimiento puede medirse por el siguiente billete, con que contestaba a
una persona de su conocimiento a quien había asistido y le pedía la cuenta de
sus honorarios:
"Mi amigo: he encontrado en mi casa
una cartita de Vd. que me apresuro a contestar, asegurándole que si hay algo
que pueda formar una idea favorable de mí mismo, es el de creerme útil a mis
amigos: No me quite Vd. esta ilusión ni la oportunidad de ejercitarla; pues en
ello recibe un placer su amigo, Alcorta."
A tal gesto de generosidad le sigue este
otro que no le va en zaga y pinta de cuerpo entero su modestia: habiendo concebido
unos estudiantes que terminaron de cursar con Alcorta la idea de costearle un
retrato, le pidieron que posara ante el artista que lo iba a ejecutar. La
respuesta de Alcorta fue textualmente la siguiente;
"Mis queridos discípulos: Me
conocéis lo bastante para saber la resistencia que oponen a lo que exigís de
mí la conciencia de mi poco mérito y mi genial adversión a dar publicidad a efectos
que son de carácter privado.
"Sin embargo, creo en esta ocasión
deber sobreponerme a mis inclinaciones en favor de vuestra resolución, que
juzgo tanto más sincera y generosa cuanto que ya nada tenéis que esperar de mí
en ningún sentido.
"La razón que determina es el saber
que todo hombre de buen sentido debe considerar la prenda de cariño que me ofrecéis,
como una señal de la fuerza en vosotros de los sentimientos que os honran, y
que en las relaciones domésticas o en un orden mas elevado serán el germen de
virtudes distinguidas.
"Vuestra gratitud sólo es para mí la
más halagüeña compensación de mis tareas, pero no una prueba de mi mérito: porque
el corazón inocente de la juventud y de la juventud porteña no puede dejar de
aficionarse a una persona que ha tratado diariamente por dos años consecutivos y
a quien no tiene motivo de aborrecer. Pero cuando este testimonio es tan
fuerte en vosotros que os lleva a hacer un sacrificio y demostrarle de un modo
singular, mostráis una bella disposición de alma que no debo contrariar con
una mezquina resistencia.
"Haced, pues, como gustéis, y estad
seguros que la certeza de vuestro amor respetuoso es el mayor bien que posee mi
corazón, y forma las principales delicias de la vida de vuestro amigo y
maestro. Diciembre 23 de 1835."
Algunos de sus estudiantes más
afeccionados fueron Vicente Fidel López, el que lo reemplazaría en 1837 en la
clase de Filosofía y Retórica; Pastor Obligado, quien aun más tarde como primer
gobernador constitucional del estado de Buenos Aires (1854-1857) obligaría al anterior al exilio; Florencio
Balcarce, Luis Dorrego, Félix Frías, el malogrado (al decir de J. A. Wilde)
doctor José Gafarot que llegara a catedrático de materia médica, Juan María
Gutiérrez considerado por Marcelino Menéndez y Pelayo el literato y crítico
americano más completo a fuer de matemático, historiador, etnólogo, educador y
político, Manuel y Fermín de Irigoyen (padre éste de don Bernardo), Julián
Larrea y el novelista, periodista y poeta romántico José Mármol que, como
Wilde, fue luego integrante de la Logia “Consuelo del Infortunio". (Esta y
otras logias masónicas, continuadoras de los jacobinos afrancesados de épocas de la Independencia que respondían
a Orientes británicos, desempeñaron un papel primario en el alienismo decimonónico
y en la importación de las doctrinas enciclopedistas y de los ideólogos acerca
del alma y su conexión con el cuerpo). De Alcorta escribió su alumno Juan Bautista
Alberdi: "¡Qué enseñanza aquella de Don Diego! ¡Qué sentido práctico¡ ¡Qué
sensatez para mantenerse en el terreno de lo inteligible y de lo útil! ¡Y qué
fuerza de influjo para darle a nuestras mentes la forma en que él concebía lo
que enseñaba!"

Vicente Fidel
López, Pastor Obligado (1818-1870)

Juan María Gutiérrez (1809-1878) como joven poeta y rector
universitario


José
Mármol y Juan Bautista Alberdi (1810-1884);
abajo, este en un sello postal de 1936.
A fines del año 1827, contando a la sazón
veintiséis años de edad, ya recibido de médico, lo sorprendió una grave enfermedad
al pecho (¿infarto cardíaco? ¿pericarditis reumática?) estando en casa de su
predilecto amigo de la adolescencia y compañero de estudios, el doctor Manuel
Belgrano, sobrino del general. Allí fue asistido con esmero y curó, al parecer
sin dejarle otra secuela que el matrimonio. En efecto, esa circunstancia hizo
que Alcorta penetrara en el afecto de la familia de Belgrano y en muy pocos
meses contrajera enlace, en la Catedral, con una de sus hermanas, María Josefa,
el 15 de abril de 1828.
En el año 1832, electo representante del
partido de San Isidro, formó parte de la Legislatura de Buenos Aires y elaboró
con Mateo Vidal y Justo García Valdés un proyecto de Constitución liberal y
favorable a los lazos con Europa. Oponiéndose a la re-elección de Rosas,
renunció en 1834.
Sólo ocho años después, al atardecer del
7 de enero de 1842, a consecuencia de un segundo infarto cardíaco, Martín Diego
Alcorta falleció en los brazos de Cosme Argerich (hijo; este también
fallecería ese mismo año, pero en Montevideo) y de su propio discípulo, el doctor
don Guillermo Rawson. José Mármol en Amalia
escribiría, "... Cada joven de nuestros amigos, cada hombre de la
generación a que pertenecemos y que ha sido educado en la Universidad de Buenos
Aires, es un compromiso vivo, palpitante, elocuente, del doctor Alcorta...
Somos sus ideas en acción … Desde la cátedra, él ha encendido en nuestro
corazón el entusiasmo por todo lo que es grande, por el bien, por la libertad,
por la justicia. Nuestros amigos, que están hoy con Lavalle, que han arrojado
el guante blanco para tomar la espada, son el doctor Alcorta, Frías es el
doctor Alcorta en el ejército, Gutiérrez, Irigoyen, son el doctor Alcorta en la
prensa de Montevideo.”
Para la neuropsiquiatría es de lamentar que
las circunstancias lo apartaran de su vocación inicial, frustrándose una
vocación en ciernes que hubiera beneficiado la asistencia de los alienados en
Buenos Aires. Dicho beneficio, es de imaginar, hubiera estado condicionado por
las insuficiencias terapéuticas
propias de todas las propuestas clínicas de la época. La opción de Alcorta en materia de alienismo, como enseguida veremos, fue de
brindar prioridad a las propuestas de Esquirol contra las de Pinel, y señaló un camino que ahora, mirando
atrás, no estamos seguros de que haya sido mejor que el otro. Esto se apreciará mejor si ensayamos una descripción y evaluación de
su tesis.
1.3. Evaluación
de su tesis
Las ideas de Pinel y de Esquirol,
gravitaron en Alcorta y determinaron la elección del tema La manía aguda para su tesis de doctorado. Manía era el nombre que por entonces se le daba a la locura de todo
tipo, o psicosis en general. El 24 de agosto de 1792 en el Hospital de Bicêtre,
Felipe Pinel (1745-1826), un médico hipocrático (entendía por curación la
re-equilibración natural de los elementos corporales) y simpatizante de la
revolución de 1789, había desaherrojado a los locos. Con esta praxis los elevó
a la simple categoría de enfermos y desde esa memorable fecha propuso como divisa
hospitalaria la trilogía de caridad, ciencia y jurisdicción. Para eso contaba
con que los maniáticos no padecen de
ninguna lesión cerebral que los haga incurables y, lejos de buscar dicha
lesión, preconizaba el tratamiento psicológico o "moral" ajustado a
la biografía del enfermo.
Igualmente en el Hospital de la
Salpétrière, donde actuó el monárquico Juan Esteban Domínico Esquirol
(1772-1840) – quien practicaba autopsias en busca de una sede lesional anatómica
de la enfermedad mental – y a iniciativa de éste, se produjo un cambio radical
en el tratamiento de las enfermedades mentales. Tan radical, que un siglo y
diez años después de la tesis de Alcorta (1937) otra tesis sobre las líneas
abiertas por el francés Esquirol fue defendida en la misma universidad de
Buenos Aires por un lúcido inmigrante alemán, Eduardo Krapf, alumno de Wundt,
Bumke y Nonne apadrinado aquí por Gonzalo Bosch, como mencionaremos luego.
Estimar que la contribución de Alcorta tuvo escaso valor técnico fue el juicio clásico. Aunque Alcorta fue
antirrosista, es posible que su actividad académica durante el gobierno de Rosas,
difamado como un intervalo de oscurantista barbarie, indujera a las
generaciones antirrosistas ulteriores a efectuar una lectura apresurada. Dijo
Ingenieros (La locura en la Argentina
III.IV) que no podemos sostener que el trabajo de Alcorta sea original ni profundo;
si bien es cierto que tiene visos de sagacidad y discernimiento, se halla totalmente
inspirado en los dos sabios citados. Afirmaba Ingenieros (V.I) que Alcorta "tenía
ya, ciertamente, noticia de Pinel; más
tarde [cursiva añadida] alcanzó a tenerla de Esquirol, eminente alienista
francés cuya fama culminó en París mientras Alcorta era estudiante en Buenos
Aires. Su 'Curso de ideología', según las versiones exhumadas por Gutiérrez y
Groussac, se inspiraba en Condillac y Cabanis". Tal inspiración podía
parecer verosímil, porque Pinel y Esquirol por entonces reinaban en la psiquiatría
de Francia y sus ideas se propalaban por todo el mundo psiquiátrico (F. Garzón
Maceda, La medicina en Córdoba), aunque
la apreciación del primero, políticamente revolucionario y propulsor de
terapéuticas expectantes y moderadas, a la sazón se hallaba en franca
declinación y la del segundo, monárquico y propulsor de terapéuticas más
agresivas e intervencionistas, en raudo ascenso: bien dice Ingenieros que
"culminó" por entonces. Paul Groussac, en enjundioso estudio (Estudios Históricos, vol.
I), afirma textualmente: "La tesis de Alcorta, como él mismo lo advierte
modestamente, es un resumen de las doctrinas entonces populares de Pinel y de
Esquirol, quienes, partiendo del concepto filosófico del mecanismo mental y apoyándolo en las numerosas observaciones que
los servicios de Bicêtre y de la Salpétriére les suministraban, se preocuparon
ante todo de reformar, en un sentido humanitario, el tratamiento bárbaro de los
asilos. Con todo, se muestran ya en las páginas del joven argentino las
cualidades de exactitud y precisión en el estilo que resaltan en las obras de
Pinel y son el reflejo de Condillac, el gran maestro de la prosa
científica". Refuerza las insinuaciones de Groussac el comentario que de
la tesis de Alcorta hace el erudito escritor Narciso Binayan: "...No
resulta ser sino una modesta glosa de Pinel, circunstancia que Groussac la hace
entender, si bien en forma benévola y velada'. (N. Binayan, "Notas sobre
Diego Alcorta", Verbum, marzo y
mayo de 1920, Nº 53).
Tal vez quepa destacar que al definir la
inteligencia como la función de un órgano el funcionalista Alcorta no sólo
repetía a sus mentores funcionalistas franceses del sigo XVIII sino que destacaba
una opinión que desde 1890 haría célebre Guillermo James [William James. N. del
E.]. Asimismo Alcorta, al esperar de la anatomía y patología que aclaren el mecanismo
de dicha función orgánica, anticipaba expectativas que en la segunda mitad del
siglo XIX serían defendidas por Virchow y grandes psiquiatras germanos. Pero a
Esquirol en realidad Alcorta no lo menciona para nada en su tesis, aunque – por
lo que luego diremos – sabemos a la perfección que lo conocía muy bien. A Pinel
lo menciona, empleando la elaborada cortesía de su época, para ejercer una fina
crítica que en realidad es una estocada a fondo contra su sistema médico, asunto
de la tesis. En terapéutica Alcorta se revela antipineliano, por más que en su
modo de ver el mundo los dos tuvieran coincidencias.
Alcorta sitúa, contra Pinel, la etiología
de la manía (locura) en un cuadro
irritativo, una gastroenteritis que según Francisco Broussais (1772-1838) sería
la patología panoriginante, y por ende indica medios curativos activos (dieta
de reducción alimenticia) y hasta agresivos (aislamiento en la oscuridad,
sangrías, cáusticos y sanguijuelas en ano y vagina de los alienados, como lo
planteaba Esquirol) en contraste con el prolongado tratamiento psicológico
("moral") que planteaba Pinel. Amplía Alcorta con esto la
medicalización de la enfermedad mental, como lo
pretendía Esquirol. Por lo demás, excepto para algún cuadro gravemente
florido en el début de la enajenación,
Pinel nunca habló de manía aguda
("locura aguda"). No hubiera podido hacerlo, porque le hubiera resultado
inadmisible referir ese concepto al estado
de alienación: en su sistema, un episodio agudo siempre es mortal y nunca
podría instituirse como enfermedad crónica, como lo es la manía. El caso se
parecería al de escribir en nuestros días "locura mortal" no obstante
pensar que, en sí misma, la enfermedad mental no es la causa inmediata y determinante
del óbito, el que a lo mejor sólo llega recién luego de una larga evolución. El
contraste moderno, entre manifestaciones patológicas de evolución aguda pero no mortal y crónicas, se debe ante todo al innombrado
Esquirol, pero se abrió paso lentamente. Recién después de 1870, o posiblemente
debiéramos decir desde 1890, se advirtió generalmente en él un concepto de gran
valor para la clínica. Adelantándose a su época Alcorta lo emplea como central
en 1827; por tanto tampoco es verdad que a Esquirol lo haya conocido más tarde.
Alcorta no lo nombra a Esquirol, acaso
porque este es un monárquico, pero lo traduce varias veces palabra por palabra,
como al referirse a la marcha de la enfermedad y, luego, a las pasiones "como
causas, como síntomas y como medios curativos de la manía" que es el
título de la tesis de Esquirol.
Para no extendernos más en ello diremos
sólo que la tesis de Diego Alcorta sobre La
manía aguda es el primer trabajo académico de índole psiquiátrica concebido
por un argentino y comunicado en el país y su singular mérito y valor reside,
desde este punto de vista, en su papel histórico. Aunque Alcorta abandonó la
psiquiatría o alienismo, la tesis, así como la enseñanza universitaria
explicitando sus perspectivas sobre alma y cuerpo en el marco filosófico,
tuvieron como consecuencia que esas ideas psiquiátricas fueran divulgadas y debatidas
y hasta hallaran seguidores en la segunda mitad del siglo. Habiendo preferido a
Esquirol contra Pinel, la opción tomada por Alcorta contribuyó a la búsqueda de
mecanismos cerebrales y a mantener la consideración local de esa búsqueda como
cuestión pendiente. De igual forma favoreció un intervencionismo terapéutico
del que, en retrospectiva, hemos de decir por lo menos que era prematuro. Es
por ese papel histórico que reproducimos aquí el manuscrito original de la tesis
de Martín Diego Alcorta.
Véase: Paul Groussac: Estudios históricos. I. Narciso
Binayan, "Notas sobre Diego Alcorta", Verbum, marzo y mayo de 1920,
N. 53. José Ingenieros: La locura en la Argentina III.IV. José Babini: Las
ciencias en la historia argentina, pág. 71. Juan María Gutiérrez: Origen y
desarrollo de la enseñanza pública superior.
1.4. Texto
completo de la tesis de Diego Alcorta (1827)
Añádese, para la presente edición en Electroneurobiología, la copia facsimilar del Reglamento para su
defensa y la carátula de la publicación oficial que integra, que es el primer
tomo de la famosa compilación producida por Pedro de Angelis (1836-1841, tres
tomos más uno de índice):






DISERTACIÓN
SOBRE
LA MANÍA AGUDA
Presentada pr el qe
suscribe pa recibirse del grado de Doctor en la Facultad de Medicina
Universidad de Buenos Aires, junio 26/827
La inteligencia con qe está dotado el hombre ha sido spre
un punto del mor interés pa el filósofo: primer atributo
de la especie humana, no ha podido menos qe atraerse la atención del
hombre pensador, pa rastrear su mecanismo y darse cuenta de sus fenómenos
variados. En la imposibilidad de hacerlo pr no tener datos ciertos
de donde sacar consecuencias justas, hombres, pr otra parte
célebres, se han extraviado, y sin sujetarse á los pocos conocimients
sólidos qe poseían, han dado de mano á las inquisicions
ulteriores, y las han supuesto como efecto de una causa qe obra de
un modo distinto de todo lo qe es material. Los médicos modernos,
libres de las trabas qe les ponía una tal suposicn, miran
á la inteligenca como la función de un órgano; ayudados de las luces
de la anatomía y patología, ellos procuran saber su mecanismo; se hacen ensayos
pr todas partes, y quizá no está lejos la época en qe
nuevas luces adquiridas á este respecto hagan tomar á la medna un
grado de certidumbre en las enfermedads mentales de qe
hasta ahora carece notablemte.
Si la fisiología no ha podido hasta ahora descubrir el mecanismo de la inteligencia, la patología no ha sido más feliz con respecto á la causa próxima de las alteraciones mentales; po como el espíritu del hombre no puede soportar pr mucho tiempo la incertidumbre sin buscar medios,